Donald Trump ha conseguido algo extraordinario incluso para los estándares de la política internacional contemporánea, convertir un alto el fuego en otra forma de guerra.
Mientras Washington y Teherán mantenían oficialmente vigente la tregua pactada en abril, el Ejército estadounidense lanzó este lunes nuevos ataques sobre objetivos iraníes en el sur del país. La explicación oficial habla de “defensa propia”. La realidad vuelve a parecer bastante más simple. Trump sigue utilizando la fuerza militar como herramienta principal de negociación internacional.
Cada ataque “preventivo”, cada amenaza y cada demostración militar terminan deteriorando precisamente aquello que Estados Unidos dice querer proteger, la estabilidad regional.
La doctrina Trump: negociar desde el bombardeo
La lógica política de Trump resulta ya perfectamente reconocible. Primero amenaza, después escala militarmente y más tarde habla de negociación. Finalmente presenta cualquier desescalada parcial como una victoria personal.
El problema es que esa forma de actuar convierte la diplomacia en una extensión de la coerción militar y reduce los márgenes reales para construir acuerdos duraderos.
Ahora Washington asegura que los ataques buscaban impedir amenazas contra tropas estadounidenses y neutralizar embarcaciones iraníes que supuestamente intentaban colocar minas. Pero incluso dentro de esa explicación oficial aparece la contradicción central ¿qué significa exactamente un alto el fuego si una de las partes continúa bombardeando territorio del otro país?
La administración Trump parece haber normalizado una política exterior donde la excepción militar permanente sustituye al derecho internacional. y Oriente Próximo, atrapado en la política del espectáculo.
Hay además algo especialmente peligroso en la forma en que Trump maneja estas crisis. Su política exterior funciona muchas veces como un espectáculo de fuerza pensado también para consumo interno. Cada operación militar se comunica como una demostración de liderazgo, cada amenaza presidencial se transforma en mensaje electoral y cada escalada se presenta como prueba de autoridad frente a enemigos externos.
El problema es que Oriente Próximo no es un plató de televisión ni una campaña permanente. Es una región atravesada por guerras, tensiones sectarias, intereses energéticos y equilibrios extremadamente frágiles donde cualquier error puede desencadenar consecuencias imprevisibles a escala global. Pero Trump sigue actuando como si la estabilidad internacional pudiera administrarse igual que una negociación inmobiliaria.
Y después propaganda.
Mientras tanto, el mundo vuelve a acostumbrarse peligrosamente a algo que jamás debería parecer normal: que una superpotencia bombardee otro país mientras sigue hablando oficialmente de paz.