Donald Trump ha vuelto a ofrecer una de esas escenas que explican buena parte de la política internacional contemporánea. Apenas unas horas después de amenazar con nuevos ataques contra Irán y de plantear incluso la posibilidad de controlar infraestructuras energéticas estratégicas del país, el presidente de Estados Unidos comparecía para anunciar la suspensión de los bombardeos y presentar un supuesto acuerdo de paz que, según reconocían las propias autoridades iraníes, todavía no existe formalmente.
La secuencia resulta completamente vertiginosa. Primero llegan las a menazas. Después aparecen los movimientos militares. Más tarde se anuncian represalias. Finalmente surge el propio Trump para proclamarse mediador imprescindible de una crisis cuya escalada él mismo ha contribuido a alimentar. La lógica es siempre parecida. Crear tensión para presentarse después como quien la resuelve.
La política exterior estadounidense ha conocido numerosos episodios de intervencionismo, presiones y demostraciones de fuerza a lo largo de su historia. Sin embargo, la singularidad de Trump reside en haber convertido la diplomacia en un espectáculo permanente donde la comunicación parece importar más que los propios hechos.
Las declaraciones realizadas desde la Casa Blanca ilustran perfectamente esa dinámica. El acuerdo es descrito como sólido, definitivo y prácticamente cerrado. Sin embargo, desde Teherán se responde con prudencia, recordando que las negociaciones siguen abiertas y que las instituciones competentes aún no han adoptado ninguna decisión definitiva.
La diferencia entre ambas posiciones refleja dos formas muy distintas de entender la política. Por un lado aparece la necesidad de exhibir victorias inmediatas ante la opinión pública. Por otro, la complejidad real de unos procesos diplomáticos que rara vez se resuelven mediante anuncios grandilocuentes.
Resulta especialmente preocupante la naturalidad con la que Trump continúa hablando de territorios, infraestructuras estratégicas y mercados energéticos como si fueran piezas de una negociación empresarial. Sus recientes referencias a asumir el control de sectores petroleros extranjeros recuerdan una visión de las relaciones internacionales más cercana a la lógica imperial que al respeto por la soberanía de los Estados.
Esa concepción del poder no constituye una anécdota retórica, forma parte de una manera de entender el papel de Estados Unidos en el mundo. Una visión donde los intereses geopolíticos propios se presentan como una legitimación suficiente para intervenir, presionar o condicionar el destino de otros países.
El problema es que las consecuencias de estas estrategias rara vez las pagan quienes las diseñan. Las guerras, los bloqueos económicos, las sanciones y las tensiones militares terminan afectando sobre todo a las poblaciones civiles. Son los ciudadanos quienes soportan el deterioro económico, la incertidumbre y los riesgos derivados de conflictos que suelen decidirse muy lejos de sus vidas cotidianas.
La propia evolución de la crisis con Irán ilustra esa realidad. Durante semanas se ha asistido a una peligrosa escalada militar en una de las regiones más sensibles del planeta. Cada movimiento ha incrementado el riesgo de una confrontación de alcance mucho mayor. Cada amenaza ha contribuido a elevar la tensión internacional. Cada declaración ha generado incertidumbre en los mercados energéticos y preocupación entre los aliados regionales.
Ahora Trump presenta la suspensión de los ataques como una demostración de liderazgo.
Sin embargo, conviene formular una pregunta elemental. ¿Cuántas de esas tensiones habrían existido sin la estrategia de confrontación permanente impulsada desde Washington? La respuesta resulta incómoda para quienes siguen presentando al presidente estadounidense como un hombre fuerte capaz de garantizar la estabilidad mundial.
La fortaleza política no consiste en llevar una situación al borde del precipicio para después retroceder unos pasos. La verdadera capacidad de liderazgo se mide por la habilidad para evitar que las crisis alcancen ese punto. La comunidad internacional necesita diplomacia, cooperación y respeto al derecho internacional. Necesita instituciones capaces de prevenir conflictos, no dirigentes que conviertan cada crisis en una oportunidad para reforzar su protagonismo personal.
Porque la paz duradera nunca se construye sobre la amenaza constante. Y la estabilidad internacional difícilmente puede depender de los impulsos cambiantes de un dirigente que, en cuestión de horas, puede pasar del lenguaje de la guerra al discurso de la reconciliación sin ofrecer demasiadas explicaciones sobre lo ocurrido entre ambos extremos.