Donald Trump ha vuelto a ofrecer al mundo su particular idea de la fortaleza. “Vamos a golpearles muy fuerte”, anunció antes de una nueva oleada de ataques estadounidenses contra Irán. Horas después, el Mando Central confirmó bombardeos contra instalaciones militares, sistemas de defensa costera, bases de misiles y capacidades navales en varios puntos del país. Era la tercera noche consecutiva de ofensiva.
En el lenguaje de Trump, la guerra siempre parece sencilla. Hay quienes golpean y quienes deben aceptar que no pueden hacer “una maldita cosa” para impedirlo. No existen familias bajo las alarmas, hospitales que se preparan para recibir heridos ni países vecinos que temen convertirse en el siguiente escenario. Solo hay fuerza, castigo y una cámara encendida ante la que demostrar quién manda.
La guerra entendida como demostración de virilidad termina siempre convertida en sufrimiento ajeno. La Casa Blanca sostiene que los ataques pretenden proteger el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz y degradar la capacidad iraní para actuar contra buques y objetivos estadounidenses. Irán ha respondido con misiles y drones contra instalaciones vinculadas a Estados Unidos en varios países del Golfo y ha reivindicado ataques contra embarcaciones. La escalada ya afecta al transporte marítimo, ha disparado el precio del petróleo y aumenta el riesgo de que otros Estados queden arrastrados a un conflicto que cada noche amplía su geografía.
Nada de ello convierte al régimen iraní en una víctima inocente. Teherán reprime libertades, sostiene redes armadas en la región y utiliza también la fuerza como instrumento de poder. Sus ataques contra objetivos civiles o comerciales merecen una condena inequívoca. Pero reconocer la naturaleza autoritaria del régimen iraní no obliga a aceptar que bombardear un país sea una política exterior.
Trump afirma que Irán quiere negociar. También presume de haberlo atacado como nadie lo había hecho antes. Ambas frases resumen la contradicción de una diplomacia basada en obligar al adversario a sentarse a la mesa después de destruir parte de la habitación.
Los acuerdos no nacen de la confianza cuando una de las partes anuncia públicamente que el otro lado está “loco”, que no puede hacer nada y que recibirá un golpe todavía mayor al día siguiente. Esa retórica puede entusiasmar a quienes confunden la política internacional con una película de acción. Difícilmente construye las condiciones necesarias para una paz duradera.
El alto el fuego provisional alcanzado semanas atrás debía abrir un espacio para reducir la violencia. Su derrumbe demuestra la fragilidad de cualquier acuerdo que dependa del temperamento de dirigentes más interesados en escenificar victorias que en asumir compromisos. La reanudación de las hostilidades ha vuelto a situar el estrecho de Ormuz, uno de los principales corredores energéticos del mundo, en el centro de una crisis militar y económica de consecuencias imprevisibles.
Trump insiste en que Estados Unidos está imponiendo un alto coste a Irán. La frase omite la pregunta esencial. Quién pagará realmente ese coste.
No serán únicamente los generales iraníes ni los responsables de la Guardia Revolucionaria. Lo pagarán los civiles que viven cerca de los objetivos militares, los marineros atrapados en una ruta convertida en campo de batalla, las poblaciones de Kuwait, Baréin y otros países expuestos a las represalias, y millones de familias que soportarán el efecto económico de una nueva crisis energética.
También lo pagarán quienes llevan años reclamando cambios dentro de Irán. Los bombardeos extranjeros rara vez fortalecen a las sociedades civiles. Ofrecen a los regímenes autoritarios un enemigo exterior, permiten justificar más represión y convierten cualquier disidencia interna en sospecha de traición.
La historia reciente está llena de guerras que comenzaron con promesas de precisión, rapidez y control. Irak debía ser una operación breve. Afganistán iba a reconstruirse bajo nuevas instituciones. Libia sería liberada de una dictadura y encaminada hacia la estabilidad. Las bombas siempre llegan acompañadas de una explicación limpia. El desastre posterior nunca cabe en el comunicado militar.
Estados Unidos tiene derecho a proteger a sus ciudadanos y a responder ante agresiones. Pero la defensa deja de ser defensa cuando se convierte en una secuencia indefinida de ataques, bloqueos y amenazas formuladas desde el Despacho Oval como si el derecho internacional fuera una molestia administrativa.
La grandeza de una potencia no se mide por la facilidad con la que puede destruir objetivos a miles de kilómetros. Se mide por su capacidad para impedir que la fuerza sustituya definitivamente a la política.
Trump parece decidido a demostrar exactamente lo contrario. Cada ataque refuerza su personaje de hombre imprevisible y dispuesto a llegar más lejos que nadie. El problema es que la imprevisibilidad puede ser útil en una negociación comercial. En una región armada, fracturada y atravesada por décadas de conflictos, puede convertirse en una invitación al abismo.
La tercera noche de bombardeos no acerca la paz. Solo confirma que la guerra ha recuperado el mando. Y cuando la guerra dirige la política, nadie controla durante demasiado tiempo el lugar donde caerá la siguiente bomba.
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