Trump reinstaura la guerra de religión

Trump, Nigeria y la reconfiguración militar de la “guerra contra el terrorismo” en África

26 de Diciembre de 2025
Actualizado a las 17:20h
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Trump en la Casa Blanca
Donald Trump en un discurso en la Casa Blanca | Foto: The White House / Daniel Torok

El anuncio del presidente Donald Trump de un ataque “poderoso y mortal” contra campamentos del Estado Islámico (EI) en el noroeste de Nigeria no es solo un episodio más de la lucha global contra el yihadismo. Es, sobre todo, una señal política cuidadosamente calibrada que conecta seguridad internacional, religión, geopolítica africana y política interna estadounidense.

En un mensaje publicado en Truth Social, Trump presentó los bombardeos como una represalia directa por el asesinato de “cristianos inocentes”, un encuadre moral que refuerza su narrativa de confrontación civilizatoria. El lenguaje (“se desató el infierno”) recuerda deliberadamente a sus discursos más duros durante su primer mandato y apunta tanto a sus bases evangélicas como a adversarios externos.

Desde el punto de vista operativo, el ataque fue significativo. Según confirmó el Comando de África de Estados Unidos (Africom), una decena de misiles Tomahawk fueron lanzados desde un buque de la Armada estadounidense desplegado en el Golfo de Guinea, alcanzando campamentos de milicias afiliadas al EI en el estado de Sokoto, cerca de la frontera con Níger. Nigeria confirmó que se trató de una operación aérea conjunta, basada en inteligencia compartida y planificación coordinada.

Pero el trasfondo estratégico es más profundo. África occidental se ha convertido en uno de los principales escenarios de expansión del yihadismo global. Mientras la atención internacional se concentra en Ucrania, Oriente Medio o el Indo-Pacífico, grupos como Boko Haram y su escisión, el Estado Islámico de la Provincia de África Occidental (ISWAP), han consolidado su capacidad operativa desde 2016, aprovechando debilidades estatales, pobreza estructural y conflictos comunitarios.

Nigeria encarna esa fractura. El país más poblado de África está dividido por una línea religiosa y política: mayoría musulmana en el norte, predominantemente cristiana en el sur. Esa división ha sido explotada por organizaciones extremistas que buscan imponer un Estado islámico y que recurren sistemáticamente a la violencia sectaria. Según datos de la organización Intersociety, en los primeros 220 días de 2025 más de 7.000 cristianos habrían sido asesinados y otros 7.800 secuestrados, cifras difíciles de verificar de forma independiente pero que alimentan una percepción de emergencia humanitaria y religiosa.

Trump ha hecho de esa narrativa un eje central. En noviembre pasado denunció una supuesta “masacre de cristianos” en Nigeria (sin aportar pruebas concluyentes), designó al país como nación de “especial preocupación” por violaciones a la libertad religiosa y dejó abierta la puerta a una intervención militar. El ataque de Navidad parece materializar esa advertencia.

Para la Casa Blanca, el mensaje es doble. Hacia fuera, reafirma que Estados Unidos sigue dispuesto a usar fuerza militar directa en África, incluso tras años de repliegue relativo. Hacia dentro, refuerza la imagen de Trump como defensor del cristianismo y líder implacable frente al “terrorismo islámico radical”, una formulación que conecta con su electorado más fiel.

Nigeria, por su parte, ha optado por respaldar públicamente la operación. El Ministerio de Asuntos Exteriores subrayó que la cooperación con Estados Unidos se ajusta al derecho internacional, respeta la soberanía nacional y busca fortalecer la seguridad regional. Para Abuya, el apoyo militar estadounidense sigue siendo crucial ante unas fuerzas armadas sobrecargadas y una amenaza insurgente que no ha sido derrotada en más de una década.

Sin embargo, los precedentes invitan a la cautela. Los ataques aéreos de precisión pueden debilitar temporalmente a los grupos yihadistas, pero rara vez resuelven las causas estructurales del conflicto. Además, la internacionalización del combate corre el riesgo de reforzar la propaganda extremista y de profundizar tensiones locales.

El bombardeo en Nigeria no anuncia necesariamente una nueva gran campaña militar estadounidense en África. Pero sí confirma algo esencial: bajo Trump, la lucha contra el terrorismo vuelve a articularse en términos absolutos, morales y religiosos, con escaso espacio para la ambigüedad diplomática. En ese marco, África deja de ser un teatro secundario para convertirse, una vez más, en escenario de una guerra global que combina misiles de crucero, narrativas identitarias y cálculo político.

La pregunta abierta no es si habrá “más por venir”, como prometió el secretario de Guerra Pete Hegseth, sino si esta estrategia logrará algo más duradero que una victoria simbólica en una noche de Navidad.

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