Donald Trump ha vuelto a intervenir en la guerra abierta contra Irán con una lógica que mezcla presión geopolítica y retórica de fuerza. El presidente estadounidense ha instado a los países árabes del Golfo a implicarse militarmente en la ofensiva iniciada por Washington e Israel para garantizar la apertura del estrecho de Ormuz. El mensaje deja al descubierto una estrategia que busca internacionalizar el conflicto mientras se presentan los ataques como una operación necesaria para la estabilidad regional.
La guerra en Oriente Próximo sigue ampliando su perímetro político. Donald Trump ha pedido abiertamente a los países árabes del Golfo que se sumen a la ofensiva militar contra Irán. La razón que esgrime el presidente estadounidense es aparentemente técnica. Si el estrecho de Ormuz permanece cerrado, argumenta, quienes más dependen del petróleo que circula por esa ruta deberían implicarse directamente en el conflicto.
La explicación es sencilla. También profundamente cínica.
Estados Unidos ha participado activamente en los ataques contra Irán junto a Israel y, al mismo tiempo, Trump pretende trasladar el coste político y militar de esa escalada a otros países de la región. En su intervención televisiva en una cadena israelí, el mandatario fue claro al responder a la pregunta de si los países árabes deben entrar en la guerra. La respuesta fue afirmativa.
Para Trump la campaña militar “avanza maravillosamente”. La frase resume con precisión el tono de su discurso sobre la guerra. El conflicto se describe como una operación estratégica exitosa mientras el número de víctimas y la inestabilidad regional apenas aparecen en el relato oficial.
La lógica de la escalada
La presión estadounidense sobre las monarquías del Golfo no es casual. El estrecho de Ormuz es una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo pasa por ese corredor marítimo entre Irán y Omán. Su bloqueo tiene consecuencias inmediatas sobre el mercado energético y sobre la economía global.
Trump utiliza ese argumento para justificar una implicación militar más amplia de los países árabes. Pero el planteamiento tiene un problema evidente. La guerra que ahora amenaza con extenderse es el resultado directo de la ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra territorio iraní. La estrategia consiste en abrir el conflicto y después exigir a otros que lo gestionen.
El presidente estadounidense también aprovechó la entrevista para reafirmar su alineamiento total con el Gobierno israelí. Trump rechazó las informaciones que apuntaban a tensiones entre Washington y Tel Aviv y defendió que la relación bilateral atraviesa uno de sus mejores momentos. La sintonía política con Benjamin Netanyahu es absoluta. Trump llegó incluso a intervenir en la política interna israelí al pedir apoyo para el primer ministro de cara a las próximas elecciones legislativas. Según el presidente estadounidense, Israel no existiría sin Netanyahu al frente del gobierno.
No es una simple declaración diplomática. Es una toma de posición explícita en un escenario político marcado además por los procesos judiciales que afectan al dirigente israelí.
La entrevista incluyó también descalificaciones personales hacia otras figuras institucionales israelíes. Trump atacó directamente al presidente del país, Isaac Herzog, al que calificó como un dirigente débil e inútil. Ese tipo de declaraciones forman parte del estilo político del mandatario estadounidense. Un estilo que combina presión internacional, mensajes de fuerza y ataques personales con una narrativa en la que los conflictos armados aparecen como demostraciones de liderazgo. El problema es que esa retórica no se desarrolla en el vacío.
Cada declaración sobre la guerra tiene consecuencias en un escenario ya extremadamente volátil. Oriente Próximo vive una escalada militar que amenaza con desbordar las fronteras del conflicto original. El llamamiento de Trump a que otros países se sumen a la ofensiva apunta precisamente en esa dirección. La ampliación de la guerra deja de ser un riesgo y empieza a parecer una estrategia.