Trump pone al mundo en riesgo de hambruna

Si la guerra de Trump contra Irán se prolongara hasta el próximo mes de junio, cerca de 50 millones de personas se verán arrastradas en una situación de inseguridad alimentaria aguda

19 de Marzo de 2026
Actualizado el 20 de marzo
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Trump guerra hambre
Donald Trump en una cadena de comida rápida en Texas | Foto: The White House

La humanidad afronta una de sus horas más oscuras tras el estallido del conflicto bélico iniciado por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero. Lo que comenzó como una ofensiva militar estratégica ha derivado en una crisis de proporciones sistémicas debido a la respuesta de Irán, que ha ejecutado el bloqueo del estrecho de Ormuz. Esta maniobra no solo representa un desafío geopolítico de primer orden, sino que ha estrangulado las arterias vitales del suministro humanitario global, situando al mundo ante la perspectiva de un récord histórico de hambre. La interconexión de los mercados energéticos y las rutas de auxilio significa que un proyectil disparado en Oriente Medio tiene el poder de vaciar un plato de comida en el África subsahariana o en las regiones más remotas de Asia.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha emitido una advertencia que hiela la sangre: si las hostilidades se prolongan hasta el próximo mes de junio, 45 millones de personas adicionales podrían sumirse en una situación de inseguridad alimentaria aguda. Este incremento elevaría la cifra total de seres humanos en riesgo extremo por encima de los 318 millones, un umbral nunca antes alcanzado en la historia moderna. El análisis de la agencia de la ONU con sede en Roma sugiere que estamos ante la mayor perturbación de la ayuda humanitaria desde la pandemia de COVID-19, con la diferencia de que, en esta ocasión, la parálisis no responde a un patógeno invisible, sino a una voluntad política de confrontación armada que utiliza la infraestructura logística como moneda de cambio y presión.

La asfixia del estrecho de Ormuz ha generado un efecto dominó que encarece y retrasa las entregas de suministros vitales. Los costes de transporte del PMA ya han experimentado un aumento del 18%, impulsados por la escalada en los precios del petróleo. En un sistema de ayuda que opera con presupuestos ya de por sí limitados, cada dólar extra destinado a combustible es un dólar que se detrae de la compra de cereales o legumbres. Esta realidad financiera obliga a decisiones éticamente devastadoras, como la reducción de raciones en lugares con crisis crónicas. Actualmente, la agencia solo tiene capacidad para asistir a uno de cada cuatro niños con desnutrición aguda en Afganistán, mientras que en Sudán las familias ven cómo su sustento mínimo se desvanece por la inaccesibilidad de los corredores logísticos.

El panorama geopolítico actual se describe como el de un mundo enfrentado al mayor número de conflictos violentos desde la Segunda Guerra Mundial. Un cuarto de la población del planeta vive hoy en zonas de guerra, y la crisis en Oriente Medio actúa como una cámara de resonancia que amplifica la fragilidad de todos estos territorios. La Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS) ha señalado que la perturbación del espacio aéreo y de las rutas comerciales no solo afecta a la ayuda humanitaria, sino que presiona al alza los precios de los productos básicos en el mercado civil, sometiendo a una tensión insoportable a sistemas de salud que ya se encontraban al borde del colapso tras años de inestabilidad y pandemia.

La distribución del impacto de esta crisis refleja una geografía del dolor profundamente desigual. En África occidental y central, se estima que el hambre aguda podría aumentar un 21%, afectando a más de 10 millones de personas. Sin embargo, es en Asia donde el porcentaje de incremento es más alarmante, situándose en un 24%. Incluso en regiones geográficamente alejadas del epicentro del conflicto, como América del Sur y el Caribe, el encarecimiento de las importaciones y la logística podría empujar a 2,2 millones de personas adicionales a la precariedad alimentaria. La interdependencia global, que en tiempos de paz facilita la prosperidad, se transforma en tiempos de guerra en una cadena de transmisión de miseria que ignora fronteras y distancias.

La comunidad internacional observa con impotencia cómo las cadenas de suministro se encuentran al borde del colapso, en una repetición agravada de los peores días de 2020. Pero a diferencia de los puentes aéreos de urgencia establecidos durante el COVID-19, la resolución de esta crisis no depende de una vacuna, sino de la desescalada de una violencia que se nutre del control de pasos estratégicos y recursos energéticos. Como ha advertido el liderazgo del PMA, la perspectiva de un récord histórico de hambre no es una posibilidad remota, sino una realidad inminente si el conflicto prosigue su curso actual, convirtiendo el derecho básico a la alimentación en la mayor víctima colateral de la nueva arquitectura de confrontación global en 2026.

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