Trump lleva a Estados Unidos a una recesión del 25%

La crisis del crudo provocada por la Guerra de Trump contra Irán añade un lastre adicional al empleo y al gasto, configurando un escenario de "estanflación" larvada que Goldman Sachs ya traduce en el 25% de recesión

19 de Marzo de 2026
Actualizado a la 13:23h
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Trump recesión Guerra Irán
Trump sigue recibiendo ataúdes de estadounidenses muertos en la Guerra de Irán | Foto: The White House

La economía estadounidense atraviesa su momento más crítico desde la gran crisis financiera, enfrentándose a un debilitamiento sistémico que amenaza con desmantelar el relato de prosperidad de la administración republicana. Durante años, el dinamismo del consumo interno y una agresiva agenda de desregulación actuaron como salvaguardias eficaces frente a la volatilidad del carácter presidencial; sin embargo, ese margen de seguridad se ha evaporado. Los últimos indicadores revelan una inflación persistente que ha forzado a la Reserva Federal a paralizar cualquier recorte de tipos, mientras el fantasma del estancamiento asoma en un mercado laboral que, por primera vez en el ciclo, da señales de agotamiento. El crecimiento salarial se ha enfriado y los tipos hipotecarios escalan posiciones, asfixiando la capacidad de maniobra de las familias en un año electoral decisivo.

La arquitectura de esta fragilidad no es solo interna, sino profundamente geopolítica. El estallido del conflicto con Irán y el consiguiente cierre del estrecho de Ormuz han inyectado un veneno de incertidumbre en las cadenas de suministro globales. Con el crudo superando la barrera psicológica de los 100 dólares por barril, el modelo económico de Donald Trump se enfrenta a una "combinación desagradable", en palabras de los analistas de Citi, donde el alza de precios energéticos actúa como un impuesto regresivo sobre el consumo. Gregory Daco, economista jefe de EY-Parthenon, advierte que los mecanismos de protección habituales son ahora "más reducidos de lo normal", dejando a la mayor potencia del mundo expuesta de forma desproporcionada a choques externos que antes lograba amortizar con solvencia.

Desde el Despacho Oval, la narrativa oficial intenta minimizar el impacto, calificando la situación de "perturbación temporal" bajo la denominada Operación Furia Épica. No obstante, el optimismo de la Casa Blanca choca frontalmente con el sentimiento de Wall Street y de la calle. Los gestores de fondos globales, según datos de Bank of America, han comenzado a descontar un giro político hacia los demócratas en las elecciones de mitad de mandato, impulsados por la percepción de que la gestión de la inflación ha escapado al control del Ejecutivo. La desaprobación ciudadana en materia de precios alcanza márgenes abrumadores, evidenciando que los votantes no compran la idea de que la seguridad nacional deba prevalecer sobre su estabilidad financiera a cualquier coste.

La Reserva Federal y la trampa del petróleo

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, se encuentra atrapado en una encrucijada técnica y política. Aunque Estados Unidos goza de una ventaja comparativa al ser un exportador neto de energía, la transmisión del precio del petróleo a la inflación subyacente es inevitable. Powell ha reconocido que los aranceles generalizados impuestos por Trump ya estaban ejerciendo una presión alcista sobre los precios antes de la crisis iraní. Ahora, la crisis del crudo añade un lastre adicional al empleo y al gasto, configurando un escenario de "estanflación" larvada que nadie se atreve a diagnosticar abiertamente pero que Goldman Sachs ya traduce en una probabilidad del 25% de recesión para el próximo año.

La tesis de la Casa Blanca, defendida por Kevin Hassett, sostiene que la guerra solo afectará mínimamente a la economía si los fundamentos se mantienen robustos. Argumentan que los recortes de impuestos y la inversión masiva en la industria manufacturera proporcionan un colchón suficiente. Sin embargo, el Departamento de Comercio ya ha revisado a la baja las estimaciones del PIB para el cuarto trimestre, reflejando una fatiga real en las exportaciones y en el gasto minorista ajustado a la inflación. La realidad es que, a diferencia de crisis energéticas anteriores, la economía actual está más interconectada y es más sensible a las expectativas de tipos de interés, lo que convierte cualquier subida del petróleo en un multiplicador del riesgo financiero.

El cierre de Ormuz no es solo un problema de logística; es un estrangulamiento de la confianza global. A pesar de los esfuerzos por liberar reservas mundiales o crear seguros contra riesgos políticos para buques cisterna, la magnitud de la interrupción es sistémica. La "consistencia y el progreso" que Chuck Coughlin identifica como pilares de una economía fuerte brillan por su ausencia en una administración que parece navegar por impulsos. Mientras el presidente asegura que los precios bajarán "muy rápido" tras el conflicto, los mercados operan bajo la premisa de que el daño estructural ya está hecho. El crecimiento lento parece ser la nueva frontera, y la pregunta que resuena en los círculos de inversión no es si habrá un impacto, sino qué tan profundo será el agujero que la geopolítica del conflicto dejará en el legado económico del trumpismo.

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