Donald Trump ha vuelto a demostrar que entiende la política exterior como una sucesión de anuncios, amenazas y rectificaciones. Un día proclama que Estados Unidos cobrará un peaje del 20 % a las mercancías que crucen el estrecho de Ormuz para compensar el coste de garantizar su seguridad. Al día siguiente retira la medida y la sustituye por futuros acuerdos comerciales e inversiones de los países del Golfo en territorio estadounidense. La rapidez del giro resulta casi tan significativa como el propio cambio de posición.
El estrecho de Ormuz no es una infraestructura privada ni una autopista cuya gestión pueda adjudicarse al mejor postor. Es uno de los corredores marítimos más estratégicos del planeta. Por él transita una parte esencial del comercio mundial de petróleo y gas, de cuya estabilidad depende buena parte de la economía internacional. Convertir ese espacio en objeto de una negociación económica unilateral suponía introducir un elemento de incertidumbre adicional en una región ya sometida a una enorme tensión geopolítica.
La rectificación evita ese escenario, pero deja al descubierto un problema más profundo. La política exterior de la principal potencia mundial parece depender cada vez más del estado de ánimo de su presidente que de una estrategia coherente.
Trump presenta el cambio como el resultado de "conversaciones muy productivas" con los líderes de Oriente Próximo y promete inversiones "masivas" para Estados Unidos. No ha detallado compromisos concretos ni cifras verificables. Lo que sí ha quedado claro es que una medida presentada apenas unas horas antes como imprescindible para proteger la navegación internacional podía desaparecer sin mayores explicaciones.
Los mercados financieros pueden adaptarse a decisiones difíciles. Lo que resulta mucho más complicado es convivir con la imprevisibilidad permanente. Empresas, navieras, aseguradoras o gobiernos necesitan reglas estables para planificar inversiones, calcular riesgos o garantizar el suministro energético. Cuando las grandes decisiones internacionales cambian de dirección en cuestión de horas, la incertidumbre deja de ser una excepción para convertirse en la norma.
Trump acostumbra a presentar estas maniobras como demostraciones de fortaleza negociadora. Sin embargo, una negociación eficaz exige credibilidad. Y la credibilidad se construye precisamente sobre la previsibilidad de los compromisos adoptados. Si cualquier anuncio puede ser sustituido al día siguiente por otro completamente distinto, el verdadero mensaje que reciben los aliados y los adversarios es que ninguna posición resulta definitiva.
Además, durante décadas, Estados Unidos defendió la libertad de navegación como uno de los principios básicos del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La idea de gravar económicamente el paso por una vía marítima internacional chocaba con esa tradición y provocó reservas inmediatas en el sector marítimo y entre distintos actores internacionales. La rectificación corrige parcialmente ese planteamiento, aunque mantiene el bloqueo a los buques vinculados con Irán dentro de la escalada militar abierta entre ambos países.
El problema de la presidencia de Trump ya no reside únicamente en el contenido de algunas de sus decisiones. Reside en una forma de ejercer el poder que convierte la política internacional en una sucesión de golpes de efecto. Cada declaración altera mercados, modifica estrategias diplomáticas y alimenta nuevas incertidumbres. Después llega la rectificación. Y poco después, un nuevo anuncio vuelve a reiniciar el ciclo.
El mundo atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Oriente Próximo continúa inmerso en una espiral de violencia, el comercio internacional vive bajo una tensión constante y la estabilidad energética sigue siendo una preocupación global.
En ese contexto, lo último que necesita la comunidad internacional es una diplomacia convertida en espectáculo. La seguridad colectiva exige serenidad, previsibilidad y respeto por las reglas compartidas. Exactamente lo contrario de gobernar el tablero internacional como si cada crisis fuera una subasta y cada decisión pudiera renegociarse al día siguiente.
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