Trump fantasea con “tomar Cuba” y reabre la lógica de la intervención en América Latina

El presidente de Estados Unidos aprovecha la crisis energética en la isla para insinuar una posible injerencia mientras endurece el bloqueo que agrava la situación

17 de Marzo de 2026
Actualizado a las 12:52h
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Trump fantasea con “tomar Cuba” y reabre la lógica de la intervención en América Latina

Donald Trump ha vuelto a cruzar una línea que creíamos superada. Su afirmación de que sería “un honor” tomar Cuba no es una excentricidad retórica, sino la expresión de una política exterior basada en la presión, la asfixia económica y la tentación constante de la injerencia. Todo ello en un contexto en el que la isla atraviesa una grave crisis energética agravada, en buena medida, por las propias decisiones de Washington.

La escena no es nueva, pero sí inquietante. Un presidente de Estados Unidos habla de un país soberano como si fuera una propiedad disponible. “Tomar Cuba”, “liberarla”, “hacer lo que quiera”. Las palabras no son ambiguas. Son una declaración de poder sin límites. Y no llegan en el vacío.

Se producen en medio de una crisis profunda en la isla, marcada por apagones generalizados y escasez de combustible. Una situación que no es ajena a la política estadounidense. El endurecimiento del bloqueo energético ha dejado a Cuba sin suministro estable durante meses, empujando su sistema eléctrico al colapso .

Ese contexto convierte las palabras de Trump en algo más que una provocación. Las sitúa en una estrategia reconocible. Primero, la presión económica. Después, el señalamiento de la debilidad del adversario. Y finalmente, la insinuación de una intervención como desenlace “natural”.

La política de la asfixia

La crisis cubana no puede entenderse sin ese marco. La administración estadounidense ha intensificado las sanciones hasta niveles que afectan directamente al acceso a recursos básicos. La amenaza de penalizar a cualquier país que suministre petróleo a la isla forma parte de esa estrategia . El resultado es visible. Un país con graves dificultades para sostener su sistema energético, con apagones prolongados y una economía aún más debilitada.

En ese escenario, hablar de “tomar Cuba” no es una metáfora. Es la continuación lógica de una política que busca forzar cambios internos mediante presión externa. Trump no esconde esa lógica. Describe a Cuba como una nación “fallida” y debilitada. Y, a partir de ahí, construye un argumento que mezcla paternalismo y amenaza.

La historia de América Latina está llena de episodios similares. Intervenciones justificadas en nombre de la estabilidad, la democracia o la seguridad que terminaron respondiendo a intereses estratégicos y económicos. Lo preocupante no es solo el contenido del mensaje. Es su normalización.

Un discurso que tensiona el orden internacional

Las declaraciones del presidente estadounidense chocan con principios básicos del derecho internacional. La soberanía, la no injerencia, el respeto entre Estados. Conceptos que no son retóricos, sino pilares del equilibrio global. Sin embargo, el discurso de Trump los diluye. Reduce la política internacional a una relación de fuerza, donde el poder económico y militar legitima cualquier actuación.

Esa visión no solo afecta a Cuba. Envía un mensaje al conjunto del sistema internacional. Las reglas pueden reinterpretarse si se dispone de suficiente capacidad de presión.

Mientras tanto, en la isla, la crisis sigue su curso. El Gobierno cubano ha abierto incluso la puerta a reformas económicas y a la participación de capital exterior como vía de supervivencia . Al mismo tiempo, mantiene contactos con Washington en busca de una salida negociada . Ese contraste es revelador. Mientras una parte intenta explorar vías diplomáticas, la otra introduce el lenguaje de la intervención como opción legítima.

Puede tentarse la interpretación de que se trata de una exageración más. Una frase diseñada para consumo interno. Pero el problema es que la política exterior no se mide solo por intenciones, sino por efectos. Cuando el líder de la principal potencia mundial afirma que puede “hacer lo que quiera” con otro país, está redefiniendo los límites del discurso político.

Y en un contexto de tensiones internacionales crecientes, ese tipo de mensajes no se diluyen. Se acumulan.

La cuestión de fondo no es solo Cuba. Es el modelo de relaciones internacionales que se está consolidando. Uno en el que la presión económica se utiliza como herramienta de coerción y en el que la intervención vuelve a aparecer como posibilidad aceptable. Trump no inventa ese modelo. Pero lo expresa con una crudeza que lo hace imposible de ignorar.

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