Donald Trump tiene un enorme curriculum de estafas. Lo hizo con su aerolínea, con los bancos que le financiaron durante décadas sus enloquecidas aventuras empresariales, con los proveedores, por ejemplo, de su fracasado casino Taj Majal en Atlantic City, con sus clientes en grandilocuentes proyectos como la Universidad Trump, con los trabajadores que le votaron. Ahora, con la guerra contra Irán, ha sido el movimiento político de ultraderecha supremacista que le sirvió de plataforma para recuperar el poder. En diciembre de 2016, en Fayetteville, a pocos kilómetros de Fort Bragg, Donald Trump prometió no más cambios de régimen ni guerras interminables. Aseguró que Estados Unidos dejaría de precipitarse a derrocar gobiernos extranjeros “de los que no sabemos nada”. Aquella declaración se convirtió en uno de los pilares del ideario “América Primero”, una ruptura con décadas de intervencionismo en Oriente Medio.
Una década después, la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, en un ataque militar estadounidense contra Irán, ha transformado esa promesa en una prueba decisiva de coherencia estratégica. El bombardeo no fue una operación menor: supuso, en la práctica, un acto de cambio de régimen en Irán. Y con ello, el trumpismo se enfrenta a su contradicción más profunda.
Las primeras grietas no surgieron entre demócratas, sino dentro del propio movimiento ultraconservador. Marjorie Taylor Greene recordó públicamente que la campaña republicana prometió “no más guerras extranjeras”. Otros aspirantes republicanos en Georgia advirtieron que cada intento previo de transformación forzada en Oriente Medio solo produjo mayor inestabilidad.
En el ecosistema mediático ultraconservador, figuras influyentes amplificaron el descontento. Tucker Carlson calificó el ataque de “repugnante y perverso”, según relató Jonathan Karl. Voces cercanas a Charlie Kirk alertaron sobre la frustración entre votantes jóvenes, más preocupados por la inflación y el coste de la vida que por la política exterior de Estados Unidos en Oriente Medio.
Activistas como Jack Posobiec subrayaron que la nueva generación conservadora prioriza la agenda doméstica frente a conflictos internacionales prolongados.
Sin embargo, otros aliados cerraron filas. Laura Loomer defendió el bombardeo como el golpe definitivo contra décadas de hostilidad iraní. El Comité Nacional Republicano respaldó oficialmente la operación. Por ahora, la disensión es audible, pero no constituye una rebelión organizada.
El cálculo de la Casa Blanca parece claro: si la operación militar en Irán es rápida y exitosa, la base republicana la aceptará. Si, en cambio, deriva en guerra prolongada, insurgencia regional o cierre del Estrecho de Ormuz, clave para el suministro mundial de petróleo, el coste político será elevado.
El vicepresidente J. D. Vance ha insistido en que no habrá otra guerra interminable en Oriente Medio. Pero la experiencia de Irak demuestra que los conflictos concebidos como intervenciones limitadas pueden convertirse en compromisos de larga duración.
En un contexto donde el aumento del coste de la vida en Estados Unidos domina las encuestas, el giro hacia la confrontación internacional altera la narrativa central que llevó a Trump de regreso al poder. El politólogo Michael Traugott advierte que, para muchos votantes de base, la intervención contradice una promesa esencial: evitar compromisos militares costosos y lejanos.
El episodio revela una tensión conceptual. “América Primero” nunca fue aislacionismo absoluto, sino una forma de hegemonía selectiva: evitar reconstrucciones nacionales interminables, pero aplicar fuerza decisiva ante amenazas directas.
La eliminación de Jamenei se presenta bajo esa lógica. No obstante, la línea entre disuasión estratégica y cambio de régimen es delgada. El precedente de la guerra de Irak sigue pesando en la memoria política estadounidense.
Más allá de la política doméstica, el impacto regional es profundo. Una escalada podría desestabilizar el Golfo Pérsico, alterar mercados energéticos globales y reconfigurar alianzas. Si Irán responde cerrando Ormuz o activando milicias aliadas, el conflicto podría ampliarse rápidamente.
Al mismo tiempo, un colapso acelerado del régimen iraní sin transición clara abriría un vacío impredecible, con riesgos para la seguridad regional y para los propios intereses estadounidenses.