Si se pretende saber cómo anda de salud la democracia en Washington, no hay que mirar las banderas ni escuchar los discursos, sino descubrir quién lleva las llaves de los archivos secretos.
Pues bien, en el segundo mandato de Donald Trump, las llaves se las han entregado a sus dos lugartenientes más fieles. Y también a los más salpicados por la justicia.
Hablamos de Walt Nauta y Chamberlain Harris, dos nombres que a simple vista no dicen mucho, pero que hoy controlan el corazón del Despacho Oval. Dos escuderos que estuvieron en el centro del escándalo de las cajas de papel clasificado apiladas entre los baños y los salones de Mar-a-Lago.
En la capital política del mundo, el mensaje ha quedado transparente: la lealtad se paga, y si es ciega, se paga mejor.
La historia de Walt Nauta parece sacada de una novela de espías con toques de comedia negra. Empezó sirviendo aperitivos en el comedor de la Marina dentro de la Casa Blanca. De ahí pasó a ser el chico de los recados de Trump y, finalmente, su sombra en Florida.
Cuando el FBI empezó a investigar en Mar-a-Lago, ahí estaba Nauta. Según la acusación presentada ante la Justicia, ayudó a mover cajas de un lado a otro para que los agentes no encontraran los papeles guardados ilegalmente. Lo imputaron por conspiración, mentir a los investigadores y ocultar pruebas. Poca broma.
¿Y qué pasó al final? Trump volvió al poder. El Departamento de Justicia retiró corriendo los cargos contra el muchacho y al día siguiente Nauta amanecía como flamante Director de Operaciones del Despacho Oval. Por si fuera poco, lo colocaron en la junta de la Academia Naval. De mover cajas sospechosas a supervisar la élite militar. Cosas de Washington.
A su lado está Chamberlain Harris, su número dos en el Despacho Oval. El historial de Harris tampoco se queda corto: los investigadores la tuvieron en la mira por presuntamente escanear documentos confidenciales con un ordenador portatil y subir esa información sensible a la nube privada.
¿Su castigo? Ninguno. Trump la recompensó enviándola también a la Comisión de Bellas Artes.
El problema real no es solo que este par de leales maneje la agenda del presidente. El verdadero peligro es que son ellos quienes custodian los papeles que entran y salen de la mesa más importante del mundo.
Para colmo, la transparencia en la Administración Trump brilla por su ausencia. Mandos del calibre de Pam Bondi, Marco Rubio o Pete Hegseth prefieren despachar usando aplicaciones con mensajes que se borran solos. Cero rastro. Cero archivos para la historia. Sumemos a eso la promesa del propio Trump de repartir indultos a todo el que trabaje a pocos metros de su mesa... y el círculo de la impunidad queda totalmente cerrado.
En el nuevo Washington, los protocolos de seguridad nacional son cosa del pasado. Hoy mandan la obediencia, el borrado automático y el silencio.
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