Donald Trump ha vuelto a hacer de Cuba un escenario simbólico de su política exterior, una isla convertida en advertencia. La orden ejecutiva firmada esta semana, que permite imponer aranceles a los bienes de cualquier país que venda petróleo a La Habana, no es solo una medida económica. Es una reformulación del bloqueo, extendido ahora a terceros, con una retórica de seguridad nacional que sirve de coartada para disciplinar alianzas, castigar disidencias y marcar territorio en un mundo donde Estados Unidos ya no dicta solo las reglas.
El petróleo como delito
El decreto es técnicamente sofisticado y políticamente brutal. No sanciona a Cuba de forma directa, eso ya está hecho desde hace más de seis décadas, sino que penaliza a quienes comercien con ella. Se trata de un arancel ad valorem adicional que puede aplicarse a importaciones procedentes de países que, directa o indirectamente, suministren crudo a la isla. El mensaje es claro: comerciar con Cuba tiene un coste global.
La novedad no está en el castigo, sino en el método. Trump convierte una relación comercial legítima en un acto hostil y eleva el suministro energético a categoría de amenaza. En la práctica, exporta el bloqueo, lo vuelve extraterritorial y obliga a terceros países a elegir entre el mercado estadounidense y el derecho a mantener relaciones económicas con La Habana. Es una lógica de guerra fría aplicada con instrumentos del siglo XXI.
El texto de la orden ejecutiva es revelador: mezcla sin matices a Cuba con Rusia, China, Irán, Hamás y Hezbolá, y construye un relato donde la isla aparece como nodo de conspiraciones globales. No hay pruebas nuevas, ni informes recientes, ni hechos verificables que sustenten ese salto. Solo una acumulación de enemigos que sirve para justificar lo que en realidad es una decisión política de castigo.
Sanciones que no buscan cambiar nada
La experiencia histórica es conocida. El bloqueo no ha provocado la caída del régimen cubano, ni ha generado aperturas democráticas, ni ha debilitado el control del Estado sobre la economía. Sí ha tenido efectos claros sobre la población: escasez, dependencia, deterioro de infraestructuras básicas y un empobrecimiento sostenido que luego se utiliza como argumento contra el propio sistema que se contribuye a asfixiar.
Trump lo sabe. Por eso su retórica ya no se disfraza de transición democrática, sino de colapso inevitable. “Cuba no podrá sobrevivir”, dijo horas después de firmar la orden. La frase no es una previsión, es un objetivo político explícito. La sanción deja de ser una herramienta para negociar y pasa a ser un instrumento para provocar el agotamiento.
Lo que cambia ahora es el alcance: la presión ya no recae solo sobre La Habana, sino sobre países que mantienen relaciones energéticas con ella. Es una forma de coerción indirecta que tensiona el comercio internacional y reabre un debate que parecía cerrado en Europa y América Latina: hasta qué punto puede Estados Unidos decidir qué intercambios son legítimos y cuáles merecen castigo.
Un bloqueo que se globaliza
La reacción cubana ha sido inmediata y previsible: denuncia de agresión, recordatorio del bloqueo histórico y advertencia de que no habrá negociación bajo coerción. Pero el efecto real de la medida se juega fuera de la isla. En las cancillerías que deberán calcular el coste de mantener relaciones energéticas con Cuba. En las empresas que operan en mercados mixtos. En los Estados que, sin estar alineados con La Habana, rechazan el principio de sanciones extraterritoriales.
Trump convierte así a Cuba en un campo de prueba para un modelo de política exterior que no busca consenso ni alianzas, sino obediencia. La emergencia nacional declarada no responde a una amenaza concreta, sino a una lógica: todo lo que no se alinea se penaliza. El petróleo es solo el pretexto. La señal va dirigida a un mundo cada vez más fragmentado, donde Washington quiere seguir siendo árbitro, aunque ya no sea mayoría.
La paradoja es que, al endurecer el bloqueo, Trump refuerza aquello que dice combatir. La isla se repliega, busca aliados, reorganiza sus flujos y vuelve a sobrevivir en la excepcionalidad. Lo ha hecho durante décadas. La novedad es que ahora el castigo ya no se aplica solo a Cuba, sino a cualquiera que decida no mirar hacia otro lado.