A veces los mercados reaccionan antes que los gobiernos. Desde enero de 2025, los flujos de capital estadounidenses muestran un patrón tan consistente como preocupante: una salida neta hacia Europa y Asia que recuerda, en magnitud e intensidad, a episodios anteriores de desconfianza estructural en la política económica de Washington. Esta vez, sin embargo, la señal es más nítida porque coincide con un giro drástico en la orientación fiscal, comercial y regulatoria de la Administración Trump. Los inversores, tanto institucionales como corporativos, han interpretado ese giro no como una estrategia de crecimiento, sino como un aumento del riesgo país. Y han respondido en consecuencia.
Diagnóstico incómodo
Estados Unidos llegó a 2025 con una economía todavía sólida, un mercado laboral resistente y unos tipos de interés altos que, en teoría, deberían haber reforzado el atractivo de los activos denominados en dólares. Pero el mercado no reacciona ante la teoría, sino ante los incentivos. Y los incentivos cambiaron bruscamente desde la toma de posesión de Trump.
La combinación de amenazas arancelarias indiscriminadas, tensiones con la Reserva Federal, intervenciones políticas en agencias regulatorias y un agresivo programa de recortes fiscales sin un plan creíble de consolidación presupuestaria generó un entorno incierto. Para los gestores globales, incertidumbre significa prima de riesgo, y prima de riesgo significa rotación fuera de Estados Unidos.
El resultado fue inmediato: un aumento sostenido de compras de activos europeos y asiáticos por parte de residentes estadounidenses observado en los informes trimestrales que recogen los flujos y posiciones internacionales.
Dólar debilitado por la política
La depreciación del dólar en la primera mitad de 2025 ha sido interpretada por la Casa Blanca como un problema técnico atribuible a “movimientos especulativos”. Pero los mercados saben leer el contexto. La presión sobre el dólar viene de la mezcla tóxica entre déficit crecientes, mensajes contradictorios sobre disciplina fiscal y una política comercial orientada hacia la confrontación.
Cuando el gobierno Trump anuncia la posibilidad de gravar importaciones europeas y asiáticas mientras estudia desincentivos a la inversión estadounidense en el exterior, las empresas no esperan a que esos planes se concreten: aceleran la diversificación de sus activos y reconfiguran su exposición cambiaria. Eso presiona al dólar aún más y alimenta una espiral en la que la divisa pierde atractivo incluso con tipos altos.
Intervención política en los reguladores
En el universo de la inversión global, la independencia regulatoria es un activo. Y cuando la percepción de esa independencia se erosiona, el capital busca otro refugio. Desde principios de año, varios episodios han generado inquietud: presiones públicas sobre la Reserva Federal, cambios abruptos en la cúpula de supervisores financieros y señales de que la SEC flexibilizaría ciertos estándares en nombre de la “competitividad nacional”.
Los grandes gestores no interpretaron esto como un estímulo, sino como un riesgo. Una regulación impredecible no solo complica decisiones de inversión: también introduce incertidumbre jurídica sobre la protección de accionistas y sobre el futuro de la gobernanza corporativa. De ahí que parte del flujo se haya dirigido hacia jurisdicciones donde el marco regulatorio es visto como más estable y menos politizado.
Europa y Asia recogen lo que Washington deja caer
Europa ha capitalizado este momento con una narrativa centrada en estabilidad institucional y madurez regulatoria. Sus mercados, que hasta hace poco eran percibidos como rentables pero dormidos, ofrecen ahora una combinación atractiva: activos infravalorados, costes financieros moderados y ausencia de turbulencias políticas comparables a las estadounidenses.
Asia, por su parte, ha aprovechado las tensiones comerciales de Trump para presentarse como contrapeso. Países con monedas relativamente fuertes y políticas industriales definidas han atraído capital que busca exposición a crecimiento sin exponerse directamente a la volatilidad de Washington.
Censura a Trump
Pueden discutirse las cifras, pero no la tendencia: el capital no está huyendo de la economía estadounidense, sino de su política. Los mercados han interpretado las medidas de Trump como señales de un país menos predecible, más intervencionista, más confrontacional y fiscalmente más frágil.
En términos más diplomáticos, Estados Unidos está poniendo a prueba su condición de refugio global. Y los inversores han empezado a actuar como si ese refugio ya no fuera incondicional.
Riesgo de autolesión estratégica
La fuga de capitales no conduce a una crisis inmediata. Estados Unidos sigue siendo el mayor mercado financiero del mundo y su deuda continúa siendo el ancla del sistema. Pero la tendencia señala algo más profundo: un deterioro en la credibilidad institucional.
Si la política se mantiene en el actual tono de confrontación con la Fed, de guerras arancelarias selectivas y de experimentos regulatorios, el reequilibrio de flujos hacia Europa y Asia no será una anomalía, sino la nueva normalidad. Y entonces la factura llegará, quizá no en forma de crisis, pero sí en forma de menor crecimiento, mayores costes de financiación y una influencia global más limitada.
El capital, al final, siempre acaba votando primero. Y en 2025 esos votos están saliendo de Estados Unidos.