Trump convierte la economía mundial en un arma contra Irán

El presidente de Estados Unidos amenaza con castigar a cualquier país que mantenga una vía económica con Teherán y extiende así el conflicto iraní a gobiernos y empresas que Washington pretende obligar a elegir bando

20 de Agosto de 2026
Guardar
Trump convierte la economía mundial en un arma contra Irán

Donald Trump ha encontrado una nueva manera de describir la política exterior de Estados Unidos. La ha llamado «Día D económico», una comparación con el desembarco aliado de Normandía que revela bastante más que la habitual inclinación del presidente por la hipérbole. Esta vez no anuncia únicamente nuevas sanciones contra Irán. Anuncia la voluntad de castigar también a quienes se nieguen a participar en su aislamiento.

El presidente estadounidense ha prometido «la operación económica más devastadora jamás emprendida» contra un país y ha advertido de «tremendas consecuencias económicas» para cualquier Estado que permita a sus bancos, empresas, aeropuertos o instituciones proporcionar alguna vía de financiación o apoyo a Teherán. El anuncio apunta al endurecimiento de una presión que Washington ya ha extendido durante los últimos meses sobre redes financieras, exportaciones petroleras, navieras, criptomonedas y sociedades utilizadas por Irán para eludir las sanciones.

Hay en esa formulación una diferencia política considerable. Estados Unidos lleva décadas utilizando las sanciones como instrumento de poder internacional, pero Trump pretende convertir la capacidad de acceso al mercado norteamericano y al sistema financiero global en un mecanismo de obediencia para terceros países. Ya no basta con que Washington decida qué relación mantiene con Irán. Aspira a determinar qué relación pueden mantener los demás.

La doctrina resulta coherente con una concepción de las relaciones internacionales que Trump ha ido perfeccionando desde su regreso a la Casa Blanca. Las alianzas dejan de entenderse como compromisos estables y pasan a funcionar como relaciones condicionadas al grado de adhesión a los intereses inmediatos de Washington. El comercio sirve para premiar y castigar, los aranceles adquieren una función diplomática y la enorme centralidad del dólar proporciona al presidente una herramienta de presión que puede resultar más eficaz que muchas declaraciones militares.

La economía deja así de acompañar a la política exterior y se convierte directamente en su artillería.

La presión sale de las fronteras iraníes

La ofensiva llega además en un momento especialmente delicado. El conflicto alrededor de Irán se aproxima a los seis meses, las conversaciones diplomáticas permanecen bloqueadas y el estrecho de Ormuz continúa sometido a una grave inestabilidad que ha reducido el tráfico marítimo y elevado la inquietud sobre el suministro energético mundial. La Administración estadounidense parece ahora decidida a intensificar el cerco económico después de meses de presión militar y financiera.

Washington parte de una ventaja extraordinaria. Irán llega a esta fase sometido desde hace años a un entramado de sanciones que dificulta su acceso a los mercados internacionales y obliga a Teherán a recurrir a mecanismos alternativos para vender petróleo, mover divisas o financiar sus relaciones comerciales. El Departamento del Tesoro ha ampliado recientemente sus actuaciones contra redes clandestinas de cambio de moneda, plataformas de activos digitales y estructuras empresariales vinculadas al régimen iraní.

La presión se ha hecho todavía mayor después de que Emiratos Árabes Unidos suspendiera sus intercambios comerciales y transacciones financieras con Irán tras denunciar el lanzamiento de dos misiles desde territorio iraní, acusación que Teherán rechaza. La decisión tiene especial relevancia porque Emiratos ha sido históricamente uno de los grandes centros comerciales utilizados por empresas iraníes para mantener conexiones con el exterior.

Pero el verdadero alcance de la amenaza de Trump se medirá lejos de Abu Dabi. China continúa siendo el gran desafío de cualquier estrategia que aspire a cerrar las exportaciones iraníes de petróleo, y una aplicación extrema de sanciones secundarias puede trasladar parte del enfrentamiento con Teherán a la ya compleja relación entre Washington y Pekín. Reuters señala precisamente a China, principal comprador del petróleo iraní, como una de las dificultades centrales para convertir la declaración presidencial en un aislamiento verdaderamente global.

Ahí empieza el problema que la grandilocuencia presidencial procura ocultar. Castigar económicamente a Irán es una decisión norteamericana. Pretender castigar a cualquier país que comercie con Irán supone atribuir a Estados Unidos una capacidad de disciplina sobre el resto del mundo que sus aliados y competidores no tienen por qué aceptar indefinidamente.

Trump lleva años interpretando el poder norteamericano de una manera esencialmente transaccional. Allí donde otros presidentes procuraban construir coaliciones, él prefiere establecer condiciones. Donde la diplomacia tradicional buscaba convencer, Trump suele comenzar por calcular qué coste puede imponer al interlocutor. Su política exterior se parece cada vez menos a un sistema de alianzas y cada vez más a una sucesión de ultimátums respaldados por el tamaño de la economía estadounidense.

La diplomacia del ultimátum

El objetivo declarado sigue siendo impedir que Irán disponga de un arma nuclear, una preocupación legítima que comparte buena parte de la comunidad internacional. Pero entre perseguir ese objetivo y considerar que cualquier método utilizado para alcanzarlo queda automáticamente justificado existe una distancia considerable.

La experiencia iraní contiene además una ironía histórica difícil de borrar. Fue el propio Trump quien en 2018 retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo nuclear alcanzado tres años antes, pese a que el Organismo Internacional de Energía Atómica había certificado entonces repetidamente el cumplimiento iraní de sus compromisos. Desde aquel momento, la relación entre Washington y Teherán inició una espiral de sanciones, enriquecimiento de uranio, amenazas y enfrentamientos que ha terminado desembocando en el escenario actual.

Ahora el presidente presenta el cerco económico como la respuesta definitiva a una crisis cuya arquitectura también lleva su firma.

La cuestión no consiste en idealizar al régimen iraní, responsable de una larga trayectoria represiva en el interior y de una política regional que ha alimentado conflictos durante décadas. Criticar el autoritarismo de Teherán no obliga a aceptar la idea de que Washington pueda administrar unilateralmente el comercio internacional como prolongación de sus propios intereses estratégicos.

Ese es el salto que contiene el anuncio de Trump. El presidente ya no se dirige únicamente a Irán, sino al conjunto de países que conservan alguna relación económica con él. Su mensaje es sencillo y profundamente coercitivo. Pueden comerciar con Teherán o pueden evitar las represalias estadounidenses.

En esa lógica queda cada vez menos espacio para la autonomía de los aliados y todavía menos para una diplomacia capaz de reconstruir una salida negociada. Una potencia puede conseguir obediencia mediante el miedo a sus sanciones, pero resulta bastante más difícil convertir ese miedo en un orden internacional estable.

Trump ha bautizado su ofensiva recurriendo al Día D, uno de los grandes símbolos de la cooperación aliada frente al nazismo. La elección posee una extraña elocuencia. Normandía fue posible porque varias naciones decidieron combatir juntas una amenaza común. Ochenta años después, el presidente de Estados Unidos utiliza aquel recuerdo para anunciar que castigará económicamente a quienes no hagan exactamente lo que Washington les exige.

La diferencia entre ambas formas de ejercer el poder explica bastante bien el momento que atraviesa Estados Unidos.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído