Donald Trump vuelve a mirar el tablero internacional como si las alianzas fueran contratos sujetos a renegociación permanente y los adversarios pudieran medirse por la calidad de la relación personal que mantiene con sus dirigentes. Su decisión de ordenar una reducción sustancial de la participación estadounidense en las maniobras militares con Corea del Sur constituye algo más que una modificación del calendario del Pentágono. Revela una determinada manera de entender el poder norteamericano.
Las maniobras Ulchi Freedom Shield comenzaron este lunes y deben prolongarse hasta el 27 de agosto. Participan alrededor de 18.000 militares surcoreanos y están concebidas para mejorar la coordinación de los aliados ante las amenazas procedentes de Corea del Norte, incorporando escenarios relacionados con misiles, drones, operaciones cibernéticas y las lecciones derivadas de los conflictos recientes. Las propias Fuerzas estadounidenses en Corea definen estos ejercicios como un instrumento destinado a reforzar la defensa combinada y la capacidad de respuesta de la alianza.
Trump, sin embargo, considera que su coste es excesivo y que envían una señal hostil a Pyongyang. Ha ordenado al secretario de Defensa, Pete Hegseth, reducir la participación norteamericana y ha vuelto a invocar como argumento su buena relación con Kim Jong Un. También ha introducido en la disputa la negativa surcoreana a respaldar las acciones estadounidenses contra Irán.
Es difícil encontrar una síntesis más clara de la diplomacia trumpista. Un aliado histórico recibe un reproche público por no acompañar a Washington en otra guerra y un régimen nuclear autoritario obtiene una señal de distensión porque su dirigente mantiene una relación satisfactoria con el presidente de Estados Unidos.
El problema no reside en buscar una reducción de las tensiones en la península coreana. Sería absurdo reprochar a cualquier presidente estadounidense que explore una salida diplomática a uno de los conflictos potencialmente más devastadores del planeta. Corea del Norte posee armas nucleares y la estabilidad de la península afecta directamente a China, Japón, Rusia y Estados Unidos. La negociación no representa debilidad cuando existe una estrategia detrás. La cuestión es qué recibe Washington a cambio de sus gestos.
Corea del Norte no se ha convertido en el actor pacífico que sugiere Trump. Pyongyang ha continuado desarrollando su capacidad militar y realizando lanzamientos de misiles balísticos. El 4 de enero efectuó nuevos lanzamientos hacia el mar de Japón después del registrado el 7 de noviembre de 2025. Más recientemente ha vuelto a probar armamento balístico, y responsables militares estadounidenses han advertido además de que la participación norcoreana en la guerra de Ucrania está proporcionando a sus tropas una experiencia de combate que puede mejorar sus capacidades en ámbitos como los drones y la guerra moderna.
A ello se añade la creciente cooperación militar entre Moscú y Pyongyang. Corea del Norte ha enviado miles de soldados para apoyar a Rusia y su aproximación al Kremlin introduce una variable nueva en el equilibrio asiático. Trump responde a ese escenario reduciendo ejercicios con su principal aliado en la península sin que exista, por ahora, una concesión equivalente conocida por parte de Kim Jong Un.
Aquí aparece uno de los rasgos más desconcertantes de su política exterior. Trump tiende a interpretar las relaciones internacionales mediante categorías personales. Los dirigentes pueden ser fuertes o débiles, amigos o adversarios, respetuosos o desleales. Las alianzas construidas durante décadas quedan sometidas a esa gramática elemental.
La fotografía con Kim adquiere así una importancia política que excede su valor diplomático. Trump publicó este fin de semana una imagen de ambos tomada durante su encuentro de 2019 para recordar que se llevan bien. Una relación entre dos Estados dotados de armas nucleares termina explicándose parcialmente mediante la simpatía que sus dirigentes dicen profesarse.
Ese método ya produjo resultados limitados durante su primer mandato. Las cumbres de Singapur y Hanói ofrecieron algunas de las imágenes internacionales más espectaculares de aquella presidencia, pero no condujeron a la desnuclearización norcoreana. El diálogo se agotó y el programa nuclear continuó desarrollándose.
Ahora Trump vuelve a aproximarse a Kim desde una posición todavía más singular porque introduce en la relación con Seúl una lógica de premio y castigo. Corea del Sur no quiso participar en la estrategia estadounidense contra Irán y el presidente norteamericano lo incorpora públicamente a sus reproches sobre una alianza militar situada a miles de kilómetros de Oriente Próximo. La seguridad colectiva empieza entonces a parecerse demasiado a una transacción.
Europa debería observar con atención ese movimiento. Corea del Sur no constituye un episodio aislado. Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha insistido en que los aliados deben asumir mayores costes y ha tratado las estructuras tradicionales de cooperación estadounidense desde una perspectiva marcadamente económica. La pregunta que atraviesa Seúl es la misma que desde hace tiempo recorre las capitales europeas. Hasta qué punto puede considerarse incondicional una garantía estadounidense cuando el presidente que debe sostenerla calcula constantemente su precio.
Hay una contradicción profunda en esa concepción. Estados Unidos construyó buena parte de su poder después de 1945 precisamente porque consiguió algo que ningún otro país había logrado con semejante amplitud, una red de aliados dispuestos a vincular su seguridad a Washington. Japón, Corea del Sur, Australia y las democracias europeas multiplicaron la influencia norteamericana mucho más allá de su capacidad militar. Trump contempla con frecuencia esa arquitectura como una factura pendiente.
La reducción de las maniobras con Corea del Sur puede terminar facilitando una nueva negociación con Pyongyang. Si esa negociación produce garantías verificables, reducción del riesgo nuclear o algún mecanismo estable de distensión, habrá que juzgarla por sus resultados. La diplomacia exige comprobar antes que sentenciar.
Pero hoy el movimiento tiene otro significado. Estados Unidos ha enviado una señal tangible a Corea del Norte y una advertencia política a Corea del Sur sin que Pyongyang haya ofrecido todavía una contrapartida comparable.
Trump vuelve así a colocar una relación personal por encima de una arquitectura institucional que varias generaciones de presidentes estadounidenses consideraron parte esencial de su propia seguridad. Quizá crea que de ese modo está obligando a sus aliados a respetar más a Estados Unidos. El riesgo es conseguir exactamente lo contrario, que empiecen a aprender a confiar menos en él.
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