El pasado 22 de septiembre en Nueva York, la diplomacia no se midió en discursos oficiales ni en apretones de manos, sino en silencios de los que escuecen. Lula da Silva subió al atril de la ONU con el paso cansado de quien ya las ha visto de todos los colores y soltó una frase que retumbó en Brasilia: «La democracia brasileña pertenece a los brasileños y Brasil no es el patio trasero de nadie». No hizo falta que nombrara a nadie. Todos en la sala sabían perfectamente a quién miraba.
Minutos después, Donald Trump tomaba el micrófono para dejar claro que Washington no piensa tolerar «amenazas en su hemisferio». A renglón seguido, reunió a su grupo de aliados regionales. ¿Adivinan quién no estaba invitado? Exacto: la mayor economía de América Latina. El choque fue el aperitivo helado de unas elecciones a vida o muerte. La cita en las urnas es la prueba de fuego del nuevo "Corolario Trump" a la vieja Doctrina Monroe. Pero claro, Brasil no es cualquier país. Es un hueso muy duro de roer. Tratar de someter al gigante de la región, socio fundador de los BRICS y principal aliado comercial de China, no se puede hacer con los métodos de antes.
Aquí el garrote abierto no funciona; hay que hilar mucho más fino. Al principio, en Washington intentaron la vía rápida: aranceles salvajes del 50% y sanciones directas al juez del Supremo Alexandre de Moraes para intentar frenar la condena contra Jair Bolsonaro. ¿El resultado? Un desastre para los estrategas norteamericanos. Aquella presión externa terminó reactivando el orgullo nacionalista brasileño y disparando la popularidad de Lula. Un tiro por la culata en toda regla.
Viéndose trasquilada, la Casa Blanca cambió de táctica. Bajó los aranceles al café y a la carne, sacó al juez de la lista negra... pero la letra pequeña venía con trampa. Exigieron al Gobierno brasileño que garantizara la participación de "disidentes políticos" en las urnas. O lo que es lo mismo: una amnistía encubierta para Bolsonaro y los suyos.
A la vez, en Washington empezaron a mimar al heredero. Flávio Bolsonaro, el hijo del expresidente encarcelado, se convirtió en un asiduo del Despacho Oval. Pasaba por allí como quien va a tomar un café. Tras una de esas visitas, EE.UU. declaró "organizaciones terroristas" a las dos principales bandas criminales de Brasil. Una medalla que Flávio no tardó en colgarse ante las cámaras.
Pero el verdadero pastel del conflicto está en las máquinas de votar. Washington quiso enviar observadores para supervisar la "integridad electoral" y en Brasilia les cerraron la puerta en la cara quitándoles los visados. La respuesta de la derecha no se hizo esperar: desempolvar las viejas teorías del fraude por si el recuento viene apretado. Por haber, hay hasta investigaciones por supuestas campañas de desinformación pagadas desde el extranjero a través de fondos vinculados a la órbita de JD Vance.
Hoy el país está dividido a la mitad. Las encuestas hablan de un empate técnico de infarto donde cada dólar, cada arancel y cada amenaza velada de Washington pesan en la cabeza del votante. Sin embargo, lo que de verdad quita el sueño en Brasilia no es la votación del domingo, sino la noche siguiente. Si el hijo de Bolsonaro pierde por la mínima tras meses sembrando dudas sobre el sistema electrónico, la tentación del desacato está servida. Y ahí, la voz que salga del Departamento de Estado norteamericano dirá si prima el respeto a las urnas o el viejo vicio de meter la mano en casa ajena.
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