Trump, chips e inteligencia artificial, el verdadero nuevo orden mundial

Un telón de silicio divide el mundo. Analizamos la Pax Silica, la estrategia de Donald Trump y el futuro de la guerra tecnológica

16 de Enero de 2026
Actualizado a la 13:54h
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Trump en una imagen de archivo
Donald Trump en una imagen de archivo | Foto: The White House / Molly Riley

Donald Trump se ha encargado de demostrar que disfruta con la ampulosidad, la hipérbole y la épica. Por eso, no es habitual que haya elegido un término que rememora hechos de la historia para bautizar una alianza que reúne a Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Singapur, Países Bajos, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido y Australia, con Taiwán, la Unión Europea, Canadá y la OCDE como invitados: la Pax Silica, un nombre que pretende rememorar la Pax Romana o la Pax Britannica. 

No es un tratado vinculante ni inaugura políticas radicalmente nuevas. Es, más bien, una declaración de poder: quién manda, quién coopera y quién queda fuera en la industria que sostiene la inteligencia artificial y, con ella, la competencia económica y militar del siglo XXI.

Como toda “pax”, no promete ausencia de conflicto, sino orden bajo hegemonía. En este caso, el orden no se articula en torno a territorios o ejércitos, sino alrededor del stock de los semiconductores, la infraestructura invisible que alimenta desde los modelos de IA hasta los sistemas de armas avanzados.

Cadena global sofisticada y frágil

La industria de los microchips es el ejemplo paradigmático de hiperglobalización especializada. Ningún país controla el proceso completo, pero casi todos dependen de cuellos de botella críticos. Las materias primas se extraen y refinan en una constelación de países: China, Australia, Chile, la República Democrática del Congo o Canadá. El diseño de chips está dominado por empresas estadounidenses como Nvidia o AMD, apoyadas en software de automatización controlado por firmas de Estados Unidos y Europa. La fabricación avanzada se concentra peligrosamente en Taiwán (TSMC) y Corea del Sur (Samsung y SK Hynix). Japón lidera materiales ultrapuros y maquinaria esencial, mientras que ASML, en los Países Bajos, mantiene un cuasi monopolio en litografía extrema. El empaquetado y testeo, fases menos visibles pero imprescindibles, se realizan mayoritariamente en Asia y México.

El resultado es una cadena con más de 50 nodos donde una sola región controla más del 65% del mercado mundial. Eficiente en tiempos de estabilidad, extraordinariamente vulnerable en un contexto de pandemias, tensiones geopolíticas y rivalidad entre grandes potencias. Taiwán es el epicentro de esa fragilidad: cualquier disrupción en el estrecho tendría consecuencias sistémicas para la economía global.

“Friend-shoring” estratégico

Estados Unidos lleva años respondiendo a esta vulnerabilidad con una estrategia que combina controles a la exportación, subsidios industriales, vetos a la inversión, acuerdos mineros y alianzas tecnológicas. La CHIP 4, los pactos con Australia y Japón para asegurar minerales críticos, el alineamiento con Países Bajos y Japón en exportaciones sensibles, o los acuerdos industriales con Taiwán y Corea del Sur han ido dibujando un ecosistema claramente alineado con Washington.

La Pax Silica no introduce instrumentos nuevos; los consagra. Es la inauguración solemne de un “telón de silicio”: dos esferas tecnológicas separadas, con Estados Unidos como regulador de facto de una de ellas. El mensaje no es sutil.

La vanguardia importa más que el bloqueo

El primer mensaje de la Pax Silica es doctrinal. Washington ha asumido que frenar por completo a sus competidores ya no es viable ni necesariamente deseable. Lo crucial es mantener la ventaja en la frontera tecnológica, especialmente en los chips capaces de entrenar y ejecutar los modelos de IA más avanzados.

La autorización en diciembre de 2025 para exportar el chip H200 a clientes chinos seleccionados encaja en esta lógica de la “brecha móvil”: permitir acceso a tecnología puntera, pero siempre un paso por detrás. La superioridad no se define por la exclusión absoluta, sino por avanzar más rápido.

Aliados, no mercados neutrales

La pertenencia a la Pax Silica no depende solo de ser un socio comercial fiable, sino de controlar activos estratégicos: litografía, diseño, fabricación avanzada, materiales críticos o nodos logísticos esenciales. Es una alianza de capacidades, no de afinidades ideológicas abstractas.

Para los invitados la señal es ambigua: participación sin pleno control. Europa, en particular, aparece como actor imprescindible en algunos cuellos de botella (ASML, Siemens), pero sin una voz unificada ni una estrategia industrial comparable a la estadounidense. La Pax Silica subraya así una realidad incómoda: la soberanía tecnológica europea sigue siendo parcial.

El orden no es neutral

Como toda pax histórica, la Pax Silica se presenta como estabilizadora, pero no es neutral. Define ganadores y perdedores, establece jerarquías y limita el margen de maniobra de terceros. Para los países excluidos, sobre todo China, el mensaje es claro: el acceso a la frontera tecnológica estará condicionado políticamente.

Esto no elimina la interdependencia global, pero la reordena. El silicio se convierte en un instrumento explícito de poder estructural, comparable al control de rutas marítimas en el siglo XIX o al sistema financiero internacional en el XX.

Silicio, el nuevo cimiento del orden mundial

La Pax Silica no garantiza estabilidad perpetua, pero sí marca un punto de inflexión. La competencia entre potencias ya no gira solo en torno a territorios o mercados, sino a infraestructuras cognitivas: quién diseña, fabrica y controla los cerebros de las máquinas que decidirán la productividad, la defensa y la innovación del futuro.

En ese sentido, más que un tratado, la Pax Silica es una advertencia estratégica. El nuevo orden mundial no se escribe con tratados de paz, sino con nanómetros, litografía extrema y modelos de inteligencia artificial. Y, por ahora, Donald Trump pretende seguir escribiéndolo desde la vanguardia.

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