La crisis abierta tras la llegada masiva de más de 70.000 personas a Ceuta y las abiertas pretensiones anexionistas de Marruecos sobre las ciudades autónomas españolas han dejado al descubierto una vulnerabilidad estructural. Sin embargo, el mayor riesgo para la soberanía de España no procede únicamente de las declaraciones revisionistas formuladas desde el palacio real de Rabat, sino de la forma en que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está capitalizando la respuesta tibia del Gobierno de Pedro Sánchez para redoblar la presión diplomática y estratégica sobre Madrid.
Para la administración estadounidense, el contencioso en el Estrecho de Gibraltar ha dejado de ser un asunto bilateral entre dos vecinos para convertirse en una oportunidad de ajuste de cuentas geopolítico. La postura del Ejecutivo de Sánchez, marcada por la negativa a ceder el uso de las bases militares de Rota y Morón para las operaciones norteamericanas en Oriente Medio y por sus duras críticas a la gestión de los conflictos globales, ha situado a España en la diana de la Casa Blanca. En este escenario, la alianza privilegiada entre Washington, Tel Aviv y Rabat se erige como un instrumento de pinza perfecto: Marruecos ejecuta la presión sobre el terreno y la diplomacia de Trump utiliza esa debilidad para demostrar la irrelevancia estratégica de un socio transatlántico incómodo.
El origen de este acorralamiento descansa en la estrategia de apaciguamiento adoptada por el Palacio de la Moncloa. Ante episodios de manifiesta guerra híbrida (que combinan el desmantelamiento intencionado del control fronterizo marroquí con encendidos discursos religiosos e institucionales en Rabat reclamando la "liberación" de Ceuta y Melilla), la respuesta oficial de Madrid se ha limitado a adjetivar a Marruecos como un "socio leal y fiable". Este empeño por evitar la confrontación a toda costa, motivado por la dependencia en materia antiterrorista y migratoria, ha sido interpretado por la Casa Blanca no como prudencia diplomática, sino como una muestra inequívoca de flaqueza.
Analistas de inteligencia y observadores internacionales coinciden en que la estrategia de apaciguamiento produce el efecto contrario al deseado. Al constatar que la violación de los límites fronterizos españoles no genera una respuesta severa ni el repliegue de las concesiones previas, como el giro histórico sobre la soberanía del Sáhara Occidental, tanto el rey Mohamed VI como sus valedores en Washington han comprobado que el coste de presionar a España es prácticamente nulo. La falta de disuasión del gabinete de Pedro Sánchez ha transformado el flanco sur de Europa en una zona de erosión continua donde cada gesto de moderación es respondido con una nueva exigencia territorial o política.
En la visión transaccional que Donald Trump aplica a las relaciones internacionales, la alianza con Marruecos ofrece un rendimiento múltiple. Mientras el monarca alauita rinde pleitesía pública a la agenda de Washington e intensifica sus lazos defensivos y comerciales con Israel, España es percibida por el ala más dura de la administración estadounidense como un actor insumiso y prescindible.
Permitir, e incluso alentar tácitamente, que Rabat mantenga en vilo la estabilidad fronteriza de las ciudades autónomas permite a la Casa Blanca enviar un mensaje inequívoco al resto de los aliados de la OTAN: la protección de los intereses nacionales de un país depende de su alineamiento incondicional con Washington. El hostigamiento a la economía y a la seguridad española funciona así como una lección de diplomacia punitiva. Al dejar a España aislada frente a la embestida de un socio estratégico protegido por la superpotencia, Trump expone las costuras de la política exterior de Sánchez, demostrando que el apaciguamiento en el Magreb solo conduce a una posición de marginalidad internacional.
Expertos geopolíticos apuntan a que la manipulación de los flujos migratorios sobre Ceuta es interpretada en los círculos de poder de Washington como una prueba de concepto efectiva. Marruecos demuestra su utilidad logística como contrapeso regional, al tiempo que la administración norteamericana utiliza el desgaste del Gobierno español para forzar concesiones comerciales y de defensa, sabiendo que un Ejecutivo acorralado internamente por el descontento social y la presión fronteriza dispone de muy poco margen para negociar en pie de igualdad.
La confluencia de intereses entre la retórica expansionista de Rabat y la estrategia de coerción de Donald Trump coloca a la soberanía española ante una prueba decisiva. Mientras la oposición parlamentaria acusa al presidente de comportarse con la sumisión de un súbdito y los socios del propio bloque gubernamental denuncian la complicidad en un chantaje asimétrico, Marruecos continúa consolidando sus posiciones con el beneplácito del eje Washington-Tel Aviv.
El verdadero peligro para Madrid es que la combinación de la pasividad interna y la presión externa acabe por normalizar la erosión paulatina de la soberanía sobre el norte de África. Si el Gobierno español no es capaz de articular una política de disuasión firme, respaldada por la movilización de los mecanismos de defensa comunitarios y el refuerzo incondicional de los perímetros fronterizos, el margen de maniobra de la nación continuará estrechándose. Trump y Mohamed VI han certificado que la retórica del apaciguamiento no frena a los rivales estratégicos; únicamente los estimula a elevar el precio del siguiente movimiento en el tablero del Estrecho.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.