Torturar hasta matar: la barbarie contra el perro Orelha que ha sacudido Brasil

Los brasileños se levantan contra una crueldad intolerable: un adolescente señalado, miles de personas en la calle y un sistema legal incapaz de responder con la contundencia que exige la sociedad

05 de Febrero de 2026
Actualizado a las 23:28h
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El perrito Orelha en dos momentos — Foto Reproducción
El perrito Orelha en dos momentos — Foto Reproducción

La muerte del perro comunitario Orelha, torturado hasta quedar agonizante en una playa de Florianópolis, capital del estado de Santa Catarina, no es un suceso anecdótico ni una “gamberrada juvenil”. Es un acto de violencia extrema que ha provocado una ola de indignación en todo Brasil, con protestas masivas, presión política y un debate de fondo incómodo: qué hace el Estado cuando quien comete una barbaridad así es menor de edad.

Orelha vivía desde hacía años en la Praia Brava, una zona turística y acomodada. Era un perro comunitario: no tenía propietario, pero sí cuidados, alimento y afecto por parte del vecindario. La madrugada del 4 de enero de 2026 fue atacado brutalmente. Presentaba lesiones gravísimas en la cabeza provocadas por un objeto contundente. Pese a ser trasladado a una clínica veterinaria, su estado era irreversible y tuvo que ser sacrificado.

La crueldad del ataque —sin provocación, sin defensa posible, sin motivo— convirtió el caso en un símbolo nacional.

Por qué solo uno ha sido señalado como autor

Las primeras informaciones hablaban de cuatro adolescentes implicados. Sin embargo, tras semanas de investigación, la Policía Civil del estado de Santa Catarina concluyó que solo uno de ellos puede ser considerado autor material de la agresión mortal.

Esto no responde a un intento de minimizar los hechos, sino a un criterio estrictamente jurídico: solo contra ese menor existen pruebas suficientes para atribuirle directamente la paliza que causó la muerte de Orelha. La investigación incluyó la revisión de casi mil horas de grabaciones, análisis de geolocalización de teléfonos móviles y decenas de testimonios, a pesar de que no existen imágenes directas del momento exacto del ataque.

Otros adolescentes fueron investigados por casos distintos de maltrato animal ocurridos en la misma zona y en fechas cercanas —como el ataque a otro perro comunitario, Caramelo—, pero no por la muerte de Orelha. La instrucción separó los hechos, aunque para la opinión pública todo forme parte del mismo clima de violencia.

Por qué indigna tanto

Uno de los principales focos de incomprensión en España es el marco legal brasileño. El ECA es el Estatuto da Criança e do Adolescente, una ley estatal que regula cómo debe actuar la justicia cuando los responsables de un hecho grave son menores de 18 años.

Orelha, la mascota de la comunidad de Praia Brava, fue torturada y tuvo que ser sacrificada debido a la gravedad de sus heridas. Foto Reproducción Instagram Erich Douglas
Orelha, la mascota de la comunidad de Praia Brava, fue torturada y tuvo que ser sacrificada debido a la gravedad de sus heridas. Foto Reproducción Instagram Erich Douglas

Según el ECA, los menores no cometen delitos, sino actos infraccionales. Por tanto, no pueden ir a prisión. En su lugar, el sistema prevé medidas socioeducativas, que van desde una simple advertencia hasta la más severa: la internación en un centro cerrado.

La internación es lo más parecido a una privación de libertad, pero no es una cárcel. Tiene límites muy claros:

  • debe revisarse periódicamente,
  • no puede superar tres años,
  • y solo se aplica en casos de violencia grave o reiterada.

En el caso de Orelha, la Policía solicitó esta medida máxima, reconociendo implícitamente la gravedad extrema de lo ocurrido. Aun así, para una parte muy amplia de la sociedad brasileña, el castigo sigue siendo insuficiente frente a una tortura que muchos equiparan moralmente a un homicidio.

La calle responde justicia por Orelha
La calle responde justicia por Orelha

La calle responde: “justicia por orelha”

La reacción social ha sido masiva. El 1 de febrero, miles de personas salieron a la calle en Florianópolis, São Paulo, Belo Horizonte, Fortaleza, Porto Alegre y otras ciudades. Las protestas reunieron a protectoras de animales, familias, activistas y ciudadanía común bajo un lema unánime: Justicia por Orelha.

Las manifestaciones no solo exigían castigo, sino transparencia, rapidez judicial y un mensaje claro del Estado contra la violencia animal. Para muchas personas, el miedo no es solo que el caso quede impune, sino que siente un precedente peligroso: que torturar a un animal pueda salir barato.

El debate político

La presión social ha llegado al Parlamento. En los últimos días se han presentado propuestas para modificar el ECA y permitir la internación automática en casos de violencia extrema contra animales que cause lesiones graves o muerte.

Al mismo tiempo, sectores políticos han aprovechado el caso para reabrir un debate aún más delicado: la reducción de la edad de responsabilidad penal, actualmente fijada en 18 años, para incluir crímenes contra animales.

Este punto divide incluso a quienes defienden los derechos animales. Hay quien exige penas más duras sin matices, y quien advierte de que el castigo por sí solo no corrige la raíz del problema: adolescentes capaces de ejercer una violencia tan deshumanizada.

La edad no excusa la barbarie

Lo ocurrido con Orelha no admite relativizaciones. Torturar a un ser vivo es un acto indigno e intolerable a cualquier edad. Negarlo o edulcorarlo como “error juvenil” es una forma de complicidad moral.

Pero tampoco basta con la ira. Este caso obliga a una reflexión más profunda: sobre la educación emocional, la impunidad social, la normalización de la violencia y los fallos de un sistema que llega tarde, cuando el daño ya es irreversible.

Orelha no tenía voz, pero su muerte se la ha dado a millones. La pregunta que queda es incómoda y urgente: qué hace una sociedad cuando ni siquiera sus leyes están preparadas para responder con la contundencia que exige la crueldad.

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