El síndrome de Vietnam amenaza a Donald Trump

Atrapada entre el desgaste económico, el rechazo de la opinión pública y las elecciones de mitad de mandato, la Administración Trump resucita los viejos fantasmas del síndrome de Vietnam

24 de Septiembre de 2026
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Donald Trump y Marco Rubio en una reunión del gabinete | Foto: The White House

El exceso de fuerza suele ser, en realidad, el primer síntoma de un enorme atasco. El pasado 17 de septiembre, cuando Donald Trump salió a la palestra para hablar con la prensa, la escena no pudo ser más elocuente. Dijo que estaban ante una "encrucijada crucial" para meter una marcha más en la guerra contra Irán.

Pero, ¡amigo!, lo que había detrás de ese discurso no era músculo militar. Era una duda que quema las manos a sus asesores sobre cómo diablos se sale de un avispero cuando no tienes ni la menor idea de qué significa ganar.

Teherán no son los arrozales de Vietnam. Eso está claro. Las cosas han cambiado. Pero la historia tiene una guasa macabra y le encanta rimar. El peligro hoy para la Casa Blanca no es que le destruyan un batallón en una batalla campal. Qué va. El peligro real es verse metido hasta el cuello en un pantano donde demostrar superioridad militar sea facilísimo, pero traducirlo en algo estable sea un auténtico imposible.

Al principio Trump intentó vender la moto de una campaña relámpago. Cuatro semanas, decían, y el régimen teocrático se doblega. Pues bien... van pasando los meses y los objetivos cambian según sople el viento. Un día exigen la victoria total; al otro, piden sentarse a negociar; a la semana siguiente, prueban con el asfixie económico, el bloqueo naval o un bombardeo de fin de semana. Cambian de rumbo a cada paso porque, sencillamente, nadie en Washington sabe cómo demonios es la foto del éxito final.

La diplomacia, mientras tanto, ha sido puro maquillaje. Aquel acuerdo marco de 60 días que firmaron en junio para calmar las aguas en el golfo Pérsico se fue por el desagüe sin dejar ni rastro. Fracasada la tregua estival, vuelta a empezar: más sanciones, más presión económica y más misiles esporádicos. Sí, a la economía iraní la están haciendo polvo, no hay duda; pero políticamente no han conseguido que muerda el anzuelo ni que firme la rendición.

Y mientras se juega a las misiones bélicas, no hay más que analizar lo que pasa en el estrecho de Ormuz. El comercio mundial, tiritando. Centenares de petroleros navegan hoy por esas aguas a oscuras, con los transpondedores satelitales apagados para que no los intercepten. Un caos opaco que pagamos todos cada vez que llenamos el depósito.

Para colmo, a la Casa Blanca le han entrado las prisas por las elecciones de mitad de mandato en noviembre. Han intentado echarle tierra al asunto para que la gente no mire mucho hacia Oriente Medio, pero los datos son los que son: tres de cada cuatro estadounidenses dicen ya sin rodeos que esta guerra no vale la pena. Veteranos de la vieja guardia, como el exsecretario de Defensa Leon Panetta, lo vienen gritando en los mentideros de la capital: nos metemos de cabeza en otra "guerra interminable".

El gran fantasma de Vietnam nunca fue perder una batalla; fue usar la fuerza sin un objetivo político inteligible. Cuando la guerra se convierte en un hábito, recoger velas cuesta un ojo de la cara políticamente. Y la opinión pública empieza a olerse la tostada: sospecha que a sus presidentes les cuesta cinco minutos meter al país en una guerra y una eternidad sacarlo de ella.

Qué paradoja para un mandatario que llegó al poder prometiendo, precisamente, liquidar las guerras absurdas del país. Estancarse en el golfo Pérsico es tirarle una piedra a su propio legado. Y encima, quemar miles de millones y recursos militares en ese rincón del mapa le deja las manos atadas en el Indo-Pacífico, que es donde de verdad se está jugando el pulso con Pekín.

Así están las cosas en Washington: atrapados en la lógica implacable de un atolladero. No pueden cantar victoria porque Teherán aún tiene munición para responder y sembrar el caos en las rutas comerciales. Pero tampoco pueden estirar el chicle indefinidamente sin achicharrarse en las urnas y perder el poco crédito que les queda entre sus aliados.

Para sentarse a hablar de paz de verdad habría que levantar sanciones y ceder en la seguridad marítima. Y hoy por hoy, nadie quiere dar el primer paso. El conflicto vuelve a dejar al descubierto esa incómoda verdad que la diplomacia norteamericana lleva décadas intentando esconder: que la maquinaria de guerra de Estados Unidos funciona a mil por hora para meterte en un lío, pero no hay diplomático capaz de encontrar la puerta de salida.

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