La arquitectura de seguridad europea atraviesa una metamorfosis forzada por la urgencia geopolítica y el realismo económico. En un escenario donde las certezas del siglo pasado se desvanecen, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha articulado, en una entrevista en CNN, una visión que busca redefinir el papel del continente. El diagnóstico es claro: Europa debe realizar la transición crítica de ser un consumidor de seguridad a consolidarse como un proveedor de defensa. Esta premisa, expuesta durante la reciente Cumbre de Gobiernos de Dubái, no es solo una declaración de intenciones, sino un imperativo para la supervivencia de la relevancia estratégica de la Unión Europea.
El imperativo de la base industrial propia
Para Madrid, la transformación requiere una apuesta decidida por la industria de defensa europea. No se trata simplemente de aumentar el gasto, sino de dónde y cómo se invierte ese capital. El enfoque de Sánchez sugiere que la dependencia externa es una vulnerabilidad que Europa ya no puede permitirse. Fortalecer el pilar europeo de la OTAN implica desarrollar capacidades tecnológicas y productivas propias que permitan al bloque actuar con una autonomía que, hasta ahora, ha sido más retórica que real.
Sin embargo, el camino hacia esta soberanía industrial se topa con la aritmética presupuestaria y las tensiones transatlánticas. España mantiene la postura de que un gasto en defensa del 2,1 % del PIB es suficiente para cumplir con los compromisos de capacidades alcanzados en la cumbre de La Haya de 2025. Esta cifra, aunque alineada con los objetivos históricos de la Alianza, choca frontalmente con las proyecciones de la propia OTAN, que estima necesario un suelo del 3,5 % del PIB para afrontar las amenazas contemporáneas.
La presión de Washington y el factor Trump
La discrepancia en las cifras no es solo un debate técnico; es el epicentro de una fricción política de alto voltaje. El regreso del discurso transaccional de Donald Trump ha vuelto a situar a España en el punto de mira. Las críticas vertidas en el Foro de Davos, donde el mandatario estadounidense calificó al país de aprovechado por no alcanzar los niveles de gasto del 5 % que otros aliados han comenzado a adoptar, subrayan una brecha de expectativas. Mientras Washington exige una carga financiera masiva, Madrid defiende una sostenibilidad económica que no comprometa la cohesión social interna.
El desafío para España radica en equilibrar su lealtad atlántica con una visión europea que priorice la eficiencia industrial sobre el simple volumen de gasto.
Mercados y geopolítica: Más allá de las fronteras
La estrategia de Sánchez no se limita a las fronteras del continente. Existe una comprensión profunda de que la seguridad europea está intrínsecamente ligada a su capacidad de influencia comercial. La profundización del mercado único y la apertura hacia nuevas regiones son piezas clave de este rompecabezas. La inminente firma de un acuerdo comercial con la India, sumada a las negociaciones con Malasia y otras economías del sudeste asiático, refleja una voluntad de diversificar las dependencias y fortalecer la posición negociadora de la Unión.
La propuesta española es un ejercicio de realismo pragmático. El éxito de esta visión dependerá de la velocidad con la que la Unión Europea pueda integrar sus mercados de defensa y de su capacidad para resistir las presiones de una Casa Blanca que demanda resultados inmediatos y tangibles. El camino está trazado, pero la velocidad de ejecución determinará si Europa logra, efectivamente, ser dueña de su propio destino estratégico.