Sánchez planta cara a Israel tras impedir el Domingo de Ramos en Jerusalén

El Gobierno denuncia una vulneración de la libertad religiosa en uno de los momentos más sensibles del calendario cristiano

30 de Marzo de 2026
Actualizado a las 12:06h
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Sánchez planta cara a Israel tras impedir el Domingo de Ramos en Jerusalén
Pedro Sánchez en una imagen de archivo

Lo ocurrido en Jerusalén este Domingo de Ramos de impedir que el patriarca latino acceda al Santo Sepulcro en plena Semana Santa no se explica fácilmente, por mucho que se invoquen razones operativas o militares.Y por eso la reacción de Pedro Sánchez ha sido tan directa.

El presidente del Gobierno no ha optado por la prudencia habitual en este tipo de escenarios. Ha señalado lo ocurrido por lo que es: una vulneración de la libertad religiosa que no encuentra una justificación clara y que, además, se produce en uno de los lugares más simbólicos del cristianismo y en un momento especialmente sensible.

Se trata del Domingo de Ramos en Jerusalén, con millones de fieles pendientes de lo que ocurre en los lugares santos. Cortar ese acceso, obligar a una comitiva religiosa a darse la vuelta, no es una decisión neutra. Tiene un peso político, religioso y simbólico que va mucho más allá de la seguridad inmediata.

Israel sostiene que actuó por razones de seguridad, en el contexto de la guerra con Irán. Es el argumento habitual. Pero hay momentos en los que ese argumento empieza a desgastarse, sobre todo cuando afecta a derechos tan básicos como el culto. Porque entonces la pregunta es inevitable: ¿todo queda subordinado a esa lógica?

El Patriarcado Latino no ha dudado en calificar lo ocurrido como desproporcionado. Y no es una reacción exagerada. Jerusalén es una ciudad donde cada gesto se mide al milímetro, donde la convivencia entre religiones es tan delicada que cualquier decisión de este tipo tiene consecuencias inmediatas. No es solo lo que pasa, es lo que transmite.

Y lo que transmite esta decisión es difícil de encajar con la idea de respeto a la diversidad religiosa que Israel dice defender. Sobre todo cuando no se ha dado una explicación convincente que justifique una medida tan extrema.Ahí es donde entra la posición del Gobierno español.

Sánchez ha puesto el foco donde tocaba: en el derecho a celebrar, en el respeto entre credos, en la necesidad de que incluso en un contexto de conflicto haya límites que no se crucen. No es una cuestión ideológica ni diplomática. Es una cuestión básica. Porque si ni siquiera eso se garantiza, ¿qué queda?

La respuesta israelí, acusando al presidente español de parcialidad, forma parte de un guion bastante conocido. Desviar el foco, responder con reproches, elevar el tono. Pero eso no cambia lo ocurrido ni reduce su impacto. Lo cierto es que este episodio vuelve a poner sobre la mesa una incomodidad creciente que es la sensación de que Israel está ensanchando cada vez más el margen de lo que considera aceptable, incluso en espacios donde ese margen debería ser mucho más estrecho. Y Jerusalén no es cualquier sitio para hacerlo. Porque allí, más que en ningún otro lugar, cada decisión resuena mucho más lejos de donde se toma.

 

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