Saif Abukeshek aterrizó este domingo en Barcelona después de diez días detenido en una prisión israelí y lo primero que hizo fue hablar de futuro. No de venganza, no de derrota, ni siquiera de victoria. Futuro.
“Nuestro camino sólo acaba de empezar”, dijo ante los periodistas en el aeropuerto, todavía con el cansancio físico de la detención y con esa mezcla de serenidad y rabia que acompaña muchas veces a quienes regresan de un lugar donde la dignidad humana se pone constantemente a prueba.
Abukeshek fue interceptado el pasado 30 de abril por fuerzas israelíes cuando participaba en la Global Sumud Flotilla, la iniciativa internacional que intenta romper simbólicamente el bloqueo sobre Gaza mediante embarcaciones civiles con ayuda humanitaria y activistas internacionales.
Durante diez días permaneció retenido en la prisión de Shikma junto al brasileño Thiago Ávila. Ahora, recién llegado a Barcelona, anunció que en pocos días volverá a viajar a Turquía para reencontrarse con otros miembros de la flotilla y continuar la misión.
Porque lo que ocurrió estos días en el Mediterráneo no fue únicamente la detención de varios activistas. También fue otra demostración del aislamiento extremo al que continúa sometida Gaza mientras buena parte de la comunidad internacional oscila entre la impotencia diplomática y la resignación política.
La flotilla no transporta únicamente ayuda. Transporta también una denuncia moral.
Abukeshek insistió varias veces en que no se considera un héroe. “Lo que queremos es que se hable de Palestina”, explicó. Que no desaparezca del debate internacional una población que lleva décadas atrapada entre ocupación, bloqueo, bombardeos y desplazamiento permanente.
Sus palabras contienen algo incómodo para muchos gobiernos occidentales. La constatación de que el conflicto palestino ha dejado de ser únicamente una cuestión geopolítica para convertirse también en una crisis profunda de credibilidad democrática internacional.
Porque mientras Europa y Estados Unidos hablan constantemente de derechos humanos, legalidad internacional y defensa de la población civil, Gaza continúa funcionando bajo un régimen de bloqueo y devastación que numerosas organizaciones humanitarias consideran ya insostenible.
Abukeshek relató además algunos episodios de su detención. Dijo que dejó de hablar durante los interrogatorios y que incluso dejó de beber agua en señal de resistencia. Explicó también que durante las conversaciones con las autoridades israelíes escuchó repetidamente una frase que resume gran parte del conflicto contemporáneo.
“Palestina no existe.”
La frase posee una carga política y simbólica devastadora. Porque no se trata únicamente de una discusión territorial. Se trata de la negación sistemática de una identidad nacional, de una memoria colectiva y del derecho de un pueblo a existir políticamente.
En el fondo, toda la tragedia palestina gira desde hace décadas alrededor de esa disputa elemental sobre la propia existencia.
El activista denunció igualmente la “complicidad” de muchos gobiernos occidentales con las actuaciones israelíes y acusó a la comunidad internacional de permitir una situación de impunidad permanente.
Sus declaraciones llegan en un momento especialmente delicado para Israel, cada vez más cuestionado internacionalmente por la ofensiva sobre Gaza, el bloqueo humanitario y la situación en Cisjordania. También coinciden con una creciente movilización internacional de organizaciones civiles, universidades y plataformas humanitarias que intentan mantener viva la presión política sobre el conflicto.
Pero hay algo más profundo en las palabras de Abukeshek. Algo que va más allá incluso de la flotilla.
La sensación de que una parte importante de la sociedad civil internacional ha empezado a actuar precisamente porque considera que las instituciones internacionales han dejado de responder con eficacia ante la dimensión de la tragedia.
“Actuamos porque el sistema está fallando”, dijo.
Y quizá ahí resida una de las frases más importantes de toda esta historia.
Porque cuando ciudadanos particulares sienten la necesidad de embarcarse rumbo a una zona de guerra para intentar romper simbólicamente un bloqueo humanitario, lo que queda en evidencia no es solo la magnitud del sufrimiento palestino. También la fragilidad moral y política de quienes deberían impedirlo desde las instituciones internacionales.
Al terminar su intervención en Barcelona, Saif Abukeshek levantó la voz una última vez.
“¡Viva Palestina libre!”
Y durante unos segundos, en medio del ruido habitual de un aeropuerto europeo, aquella consigna sonó menos como un eslogan político y más como una forma desesperada de recordar que todavía hay pueblos enteros luchando simplemente por seguir existiendo.