La decisión de Donald Trump de ordenar ataques militares contra objetivos en Irán este sábado ha reabierto un viejo debate en Washington sobre quién decide cuándo Estados Unidos va a la guerra. Más allá del impacto inmediato en Oriente Medio, la operación tensiona los límites constitucionales entre la Casa Blanca y el Capitolio y redefine el equilibrio político en un año electoral delicado.
Las primeras reacciones en el Congreso revelaron una fractura menos partidista de lo habitual. El representante Thomas Massie, republicano de Kentucky y crítico frecuente del presidente, calificó la acción como “acto de guerra no autorizado por el Congreso”. Junto con el demócrata Ro Khanna, planeaba forzar una votación para limitar la capacidad del presidente de emprender acciones militares unilaterales contra Irán.
El calendario, sin embargo, jugó a favor de la Casa Blanca. Los bombardeos se produjeron antes de que esa iniciativa pudiera prosperar. Para figuras como el senador Tim Kaine, veterano defensor de reforzar la supervisión legislativa sobre el uso de la fuerza, la respuesta es clara: el Senado “debería reanudar sus sesiones de inmediato”. No parece probable. El liderazgo republicano no tiene prisa en reabrir un debate que podría dividir a su bancada.
El trasfondo legal es la War Powers Resolution de 1973, diseñada para evitar aventuras militares sin el consentimiento del Congreso. Pero, como en episodios anteriores, la práctica ha demostrado que los presidentes pueden actuar primero y consultar después.
El fantasma de otra guerra en Oriente Medio
Entre los demócratas, la crítica evocó ecos de 2003. El senador Mark Warner advirtió que la decisión “corre el riesgo de arrastrar a Estados Unidos a otro conflicto de gran envergadura en Oriente Medio”, recordando “declaraciones de urgencia e inteligencia tergiversada”. El representante Jim Himes, demócrata de mayor rango en el Comité de Inteligencia de la Cámara, fue más lejos al describir la operación como “una guerra por elección sin un fin estratégico”.
El senador Rubén Gallego resumió el dilema moral: apoyar al pueblo iraní no implica necesariamente enviar tropas estadounidenses a combatir. La Casa Blanca, por su parte, sostiene que la acción responde a indicios de que Teherán avanzaba en la reconstrucción de su programa nuclear, acusación reiterada por Trump en su reciente discurso sobre el Estado de la Unión.
La administración buscó cubrirse políticamente notificando a líderes del Congreso, incluidos miembros del llamado Grupo de los Ocho, poco antes de los ataques. Pero la consulta de último minuto dista de una autorización formal.
Halcones y realineamientos bipartidistas
Si la oposición fue ruidosa, el respaldo republicano fue inmediato. El senador Lindsey Graham, uno de los halcones más persistentes contra Irán, celebró la operación como “necesaria y justificada desde hace mucho tiempo”, augurando incluso el colapso de la República Islámica. En su visión, el debilitamiento de Teherán abriría la puerta a una renovada normalización entre Arabia Saudita e Israel.
El presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, Roger Wicker, defendió la acción como parte de una “estrategia integral” para proteger intereses estadounidenses. Y en un giro llamativo, el demócrata John Fetterman cruzó líneas partidistas al elogiar la decisión presidencial como necesaria para una “paz verdadera”.
Este inusual alineamiento sugiere que, en política exterior, las divisiones tradicionales pueden diluirse cuando se invoca la seguridad nacional. Pero también deja a la oposición demócrata sin una postura unificada.
Cálculo electoral
La operación representa una apuesta arriesgada para Trump. Su doctrina de “América Primero” prometía evitar nuevas guerras en el extranjero. Sin embargo, una parte significativa de su base parece respaldar un uso más agresivo del poder militar, incluso en Irán. La Casa Blanca confía en que la demostración de fuerza refuerce la imagen de liderazgo en vísperas de las elecciones intermedias.
El precedente histórico es ambiguo. Las intervenciones breves y exitosas pueden fortalecer a un presidente; los conflictos prolongados tienden a erosionar capital político y cohesión nacional. La incógnita inmediata es si los ataques desencadenarán represalias iraníes y una escalada regional que obligue a Washington a profundizar su implicación.
En el Capitolio, el líder demócrata Chuck Schumer ha insistido en que la administración debe “presentar su caso ante el pueblo estadounidense”. Incluso el líder republicano John Thune subrayó la necesidad de consultar al Congreso antes de cualquier acción militar, aunque esa consulta, en esta ocasión, llegó cuando los misiles ya estaban en el aire.