En la política estadounidense tras el segundo advenimiento de Donald Trump se oye un crujido, un ruido sordo es el viejo consenso sobre la supremacía militar de Estados Unidos saltando por los aires. A plena luz del día. Lo que durante décadas nos vendieron en las escuelas de periodismo como un "liderazgo benévolo" ha quedado desnudo tras una racha interminable de intervenciones desastrosas, bloqueos económicos que solo castigan al que no tiene qué comer y masacres retransmitidas en directo por las redes sociales.
Pero a la nueva hornada de políticos y activistas progresistas que le está moviendo la silla al establishment en Washington la pataleta ya no le basta. La cosa ha cambiado. Ya no quieren salir a la calle a protestar contra esta o aquella guerra en concreto... Ahora van a por el motor del coche. Quieren rehacer desde los cimientos la política exterior del país.
Y tiene su miga. A diferencia de Europa o Latinoamérica, donde la izquierda se coció en partidos tradicionales con un discurso internacional súper estructurado, aquí los progresistas estadounidenses siempre habían jugado en la caseta de invitados de la diplomacia. Sus grandes batallas eran internas: la sanidad pública, el salario mínimo, cerrar los centros de detención de inmigrantes... Cosas de casa.
Sin embargo, el horror en Gaza y la peligrosa escalada bélica con Irán han volado por los aires esa frontera artificial entre lo doméstico y lo global. Hoy en día, si un candidato quiere convencer a los jóvenes de que representa un cambio de verdad, tiene que exigir abiertamente meterle la tijera al gigante militar norteamericano. Así de claro.
Lo de Gaza, desde luego, ha sido el gran detonante. La chispa que lo encendió todo. Por primera vez en la historia reciente de Estados Unidos, las protestas callejeras no solo le han cambiado el chip a la opinión pública sobre la ocupación palestina, sino que le han perdido el miedo al todopoderoso Lobby proisraelí. Exigir que Washington deje de enviarle armas y cheques en blanco a Tel Aviv ya no es una manía de cuatro radicales en un campus universitario; es una condición indispensable para miles de votantes jóvenes y para la base misma del Partido Demócrata.
Esta marejada se ha llevado por delante la credibilidad de unos y otros. Tanto del aparato demócrata de la vieja guardia como del entorno de Donald Trump. La gente ve a un gobierno que se tambalea entre la voracidad de las grandes corporaciones de la defensa y su total incapacidad para parar una tragedia humana, y desconecta.
Por eso surgen figuras con tanto tirón como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Tipos que han sabido conectar de maravilla la falta de dinero para las escuelas de su barrio con los billones que se gastan en fabricar bombas. Han demostrado que la causa de los derechos humanos fuera y la desigualdad dentro son, en el fondo, exactamente la misma pelea.
Pero claro, si la izquierda quiere mandar en Washington, necesita algo más que eslóganes: necesita una alternativa diplomática seria. Y eso pasa por bajarse del pedestal del excepcionalismo americano.
¿Qué proponen? Cosas que en los pasillos del Pentágono causan sudores fríos: cambiar la amenaza del garrote por la diplomacia de verdad, meterle un tajo histórico al presupuesto de la defensa —gastando ese dinero en hospitales, colegios y transición energética— y empezar a cerrar bases militares por el mundo. Por no hablar de acabar con las sanciones unilaterales a países como Cuba o Venezuela, un martirio para la gente de a pie que los nuevos movimientos ven, sencillamente, como actos de guerra encubiertos. Hay que jubilar la famosa "Doctrina Donroe" y olvidarse de pretensiones absurdas sobre tierras ajenas o rutas comerciales en el Ártico.
Luego está la factura humana que nadie quiere pagar: las migraciones. Washington lleva décadas sembrando tormentas en medio mundo mediante intervenciones y desestabilizaciones, y ahora se extraña de la tempestad de refugiados que llaman a su puerta. La nueva agenda exige no solo cerrar agencias policiales como el ICE y reformar las leyes de extranjería, sino asumir responsabilidades. Darle papeles y asilo a quienes huyen de los incendios provocados en Haití, Afganistán o Palestina, y crear fondos de reparación para reconstruir lo destruido.
Y nada de jugar con las reglas marcadas en las cartas. Si se defiende la ley internacional, se defiende para todos: Estados Unidos tiene que integrarse de una vez en la Corte Penal Internacional y acatar los fallos de los tribunales multilaterales, sin amenazar a países como Sudáfrica cuando denuncian abusos en la tribuna mundial.
No nos engañemos, la tarea que tienen por delante es colosal. Desmontar la maquinaria de la mayor potencia militar de la historia tras dos siglos y medio de inercia imperial no se hace de la noche a la mañana. Los grandes complejos industriales y los sectores de la defensa van a vender cara la piel. Pero el mapa del mundo está cambiando nos guste o no, y la multipolaridad se abre paso a empujones.
La gran oportunidad para la izquierda norteamericana está en convencer a sus paisanos de que la grandeza de su país no se mide por lo letal que sea su ejército. La verdadera fuerza está en volver a ser un vecino fiable, respetuoso con los demás y convencido de que los suyos solo vivirán seguros cuando haya paz y justicia al otro lado del charco.
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