La reciente ronda de conversaciones entre Estados Unidos y Ucrania en Ginebra ha producido un comunicado conjunto que suscribe lo que se describe como un “marco de paz actualizado y perfeccionado”.
Según el texto oficial, el diálogo fue “constructivo, centrado y respetuoso”, y permitió avanzar en la armonización de posiciones y la definición de próximos pasos claros. Ambas delegaciones coincidieron en un principio fundamental: cualquier acuerdo futuro debe respetar plenamente la soberanía de Ucrania y garantizar una paz justa y sostenible. La Casa Blanca destacó el compromiso personal del presidente Donald Trump por sus esfuerzos para poner fin a la guerra y limitar la pérdida de vidas humanas.
El optimismo diplomático contrasta, sin embargo, con la cautela expresada por expertos y algunos actores políticos. El plan inicial presentado por Washington había suscitado críticas por ser percibido como demasiado favorable a Moscú, al incluir cesiones sustanciales de Kiev: la reducción de su ejército, la entrega de territorio y el compromiso de renunciar a la adhesión a la OTAN. Tales concesiones, según analistas de seguridad, podrían debilitar no solo la posición estratégica de Ucrania sino también la credibilidad de la coalición occidental que la respalda.
La historia ofrece advertencias pertinentes. Las comparaciones con la década de 1930 son inevitables. El apaciguamiento aplicado a Adolf Hitler, encarnado en los Acuerdos de Múnich de 1938, cuando Francia y Reino Unido cedieron ante sus demandas territoriales en Checoslovaquia, resultó ser un fracaso estratégico. La lógica que llevó a otorgar concesiones con la esperanza de evitar un conflicto mayor terminó alentando la agresión y precipitó la Segunda Guerra Mundial. Aplicada a Vladimir Putin, una estrategia similar conlleva riesgos análogos: si Moscú percibe que puede obtener beneficios significativos sin pagar un precio estratégico real, podría interpretarlo como una señal de debilidad de Occidente y reforzar su conducta expansionista.
El riesgo no es meramente teórico. La experiencia reciente en Ucrania muestra que Rusia ha utilizado la diplomacia y los acuerdos provisionales como herramientas para ganar tiempo y reorganizar fuerzas, más que como instrumentos de construcción de paz. En este contexto, el desafío para Estados Unidos y sus aliados es doble: elaborar un marco de negociación lo suficientemente atractivo para Kiev, sin que se perciba como rendición ante las demandas rusas y, al mismo tiempo, enviar un mensaje inequívoco de disuasión a Moscú, demostrando que cualquier intento de transgredir la soberanía ucraniana encontrará límites claros.
El papel de la OTAN y de los socios europeos adquiere aquí una dimensión crítica. La coordinación multilateral no solo legitima las decisiones de Ucrania, sino que refuerza la postura de disuasión frente a Moscú. Cualquier percepción de aislamiento estadounidense o de concesión unilateral podría tener efectos adversos en la cohesión estratégica de la alianza, debilitando la presión sobre Rusia y socavando la seguridad colectiva.
Mientras tanto, Zelenski ha adoptado un tono más prudente que el de Washington. Reconoce que se han introducido cambios en la propuesta de paz, ajustándola a los intereses ucranianos, pero insiste en que la hoja de ruta final requiere la aprobación de ambos presidentes y coordinación con los socios europeos. Esta cautela refleja una comprensión implícita de que la negociación no puede confundirse con apaciguamiento: un mal acuerdo podría poner en riesgo la integridad territorial y política del país, al tiempo que enviaría un mensaje erróneo al Kremlin y a otros actores regionales.
El comunicado de Ginebra, más allá de su lenguaje diplomático, subraya la tensión central que afrontan Washington y Kiev: cómo avanzar hacia un acuerdo que reduzca el sufrimiento inmediato y permita la reconstrucción, sin repetir los errores históricos de los años 30. La historia enseña que la paz negociada bajo la amenaza implícita de la fuerza debe equilibrar incentivos y sanciones. Ceder demasiado en nombre de la estabilidad puede resultar en una paz ilusoria, que favorece al agresor y posterga, si no exacerba, la guerra futura. El apaciguamiento, en cambio, es una rendición bajo la ilusión de evitar el conflicto. La diferencia, aunque sutil en el lenguaje diplomático, puede resultar mortal en la historia real.