Los centros de poder de los países de la Unión Europea han empezado a sudar frío. Mientras la vida cotidiana transcurre ajena a la tensión de los pasillos oficiales, el veterano agente de inteligencia aprende a reconocer el aroma inconfundible de las crisis verdaderas: no huele a grandilocuencia ni a discursos solemnes, sino a murmullos ansiosos, agendas despejadas a toda prisa y salones blindados donde está terminantemente prohibido introducir un teléfono móvil o acudir acompañado de asesores.
Durante las últimas semanas, los embajadores de la UE de los veintisiete países miembros han roto la monotonía burocrática para encerrarse a oscuras con una pregunta inquietante sobre la mesa. No se trata, desde luego, de un ejercicio académico sobre aranceles agrícolas o disputas sobre el presupuesto pesquero. La incógnita es mucho más cruda, más sangrienta: qué hacer exactamente cuando el próximo ataque híbrido en suelo europeo deje un reguero de cadáveres entre la población civil. La pregunta ya no es si ocurrirá. La pregunta real es cuándo.
La ruleta rusa
Hasta hace muy poco, la llamada guerra híbrida pertenecía al terreno de las molestias sutiles, casi abstractas. La narrativa oficial en Bruselas hablaba de granjas de troles manipulando elecciones en redes sociales, ciberataques a infraestructuras críticas o interferencias intermitentes en los sistemas de navegación GPS de los aviones comerciales. Molesto, sí, desde luego. pero a pesar de todo, tolerable dentro de la vieja lógica del espionaje moderno.
Sin embargo, la escala del desafío ha cambiado de forma drástica tras la invasión a gran escala de Ucrania. La sombra de Moscú sobre el continente se ha vuelto infinitamente más audaz... y letal. El hallazgo el pasado agosto de un dron con explosivos en el aeropuerto de Leipzig no fue una anécdota aislada o una simple falla de seguridad; actuó como una auténtica descarga eléctrica que desbarató la complacencia de los gobiernos europeos de un plumazo.
A ese episodio hay que añadir una cadena constante de alarmas que encienden las alarmas de inteligencia: incendios sospechosos en centros logísticos que gestionan comunicaciones estratégicas en Polonia, maniobras de sabotaje en rutas comerciales del Reino Unido y el reciente hundimiento de un buque en el Mar Negro con varios tripulantes desaparecidos.
En los centros de inteligencia la conclusión es unánime y aterradora. Ya no estamos ante simples avisos de advertencia; si no hay muertos sobre la mesa es por pura fortuna. La sensación imperante entre los analistas de seguridad y defensa de Europa es que el continente está jugando a una macabra ruleta rusa, y los tambores del revólver giran cada vez más rápido.
Respuesta colectiva
La perspectiva de un ataque con múltiples víctimas mortales colocaría a las instituciones en un abismo desconocido. La presión pública sobre las democracias para ejecutar una respuesta política y militar fulminante sería sencillamente sofocante. Por eso, el comisario de Justicia Michael McGrath y los estrategas comunitarios han pisado el acelerador para diseñar protocolos de emergencia que abarquen desde la movilización urgente de fondos de ayuda hasta el despliegue inmediato de equipos de rescate y la gestión de crisis de la UE. Pues bien, el intento de armar a la Unión para este tipo de escenarios ha vuelto a destapar las grietas estructurales de un bloque que, con demasiada frecuencia, tropieza con sus propias ambiciones de liderazgo.
Por un lado, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pugna por consolidar el perfil geoestratégico del ejecutivo comunitario. Sus propuestas para crear un protocolo de seguridad de emergencia y un futuro Consejo Europeo de Seguridad pretenden sentar las bases de una ansiada autonomía. Pero, en el terreno práctico, varios gobiernos nacionales contemplan estos movimientos con un velado escepticismo, cuando no con abierto recelo.
Fisuras de la desconfianza
El gran dilema de fondo, la gran piedra en el camino, es la clara duplicidad de funciones con la Alianza Atlántica. Durante ocho décadas, el verdadero escudo militar de Europa ha tenido su eje en los cuarteles de la OTAN. Crear ahora estructuras paralelas dentro del entramado burocrático de Bruselas corre el riesgo de ralentizar la toma de decisiones justo en el momento en que cada segundo cuenta. Si un sabotaje masivo provoca víctimas mortales en una gran capital, la confusión sobre quién debe apretar el botón de la respuesta puede resultar lisa y llanamente catastrófica.
Por si fuera poco, sobre las mesas de negociación planea un veneno aún más dañino: la falta de confianza interna. La inteligencia militar es una moneda sagrada que solo se intercambia entre amigos leales. Varias capitales del flanco oriental no ocultan su profunda paranoia a la hora de compartir información confidencial en las reuniones del Comité de Representantes Permanentes (Coreper).
El temor a que los datos clasificados terminen filtrados a la prensa o, peor aún, enviados directamente al Kremlin por la sintonía de ciertos gobiernos heterodoxos con Moscú, ha empujado a los servicios de inteligencia más expuestos a guardar sus mejores cartas únicamente para las salas blindadas de la OTAN. Ahí no hay margen para las dudas.
Respuesta política ante un enemigo que no distingue siglas
Ante este escenario de máxima tensión, los expertos en inteligencia sugieren un reparto de papeles tajante para evitar la parálisis institucional: dejar la respuesta militar y la disuasión en manos de los mandos aliados, mientras la máquina comunitaria se concentra en mitigar el impacto civil, garantizar la resiliencia económica y coordinar la protección sanitaria tras un atentado.
Al final del día, seamos claros, los matices jurídicos y las disputas competenciales entre los tratados de Lisboa y de Washington importan muy poco al agresor. Para los estrategas del Kremlin, la frontera entre una reunión diplomática en el centro de Bruselas y un consejo militar en Mons es completamente inexistente. Moscú no ataca siglas ni organigramas; busca fracturar la determinación de las sociedades libres mediante el terror y la incertidumbre.
Las capitales europeas se enfrentan a una carrera desesperada contra el reloj. El tiempo de los paños calientes y las salvedades burocráticas se agota mientras los diplomáticos regresan a sus salas blindadas, conscientes de que la pregunta ya no es si ocurrirá un ataque devastador, sino en qué rincón del continente saltará la chispa y si la respuesta llegará a tiempo.
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