La guerra tiene una capacidad devastadora que va mucho más allá de las víctimas que deja sobre el terreno. También destruye la política, reduce el espacio para la diplomacia y convierte la escalada en una dinámica que parece alimentarse por sí sola. Oriente Próximo vuelve a ofrecer una demostración inquietante.
Los nuevos ataques reivindicados por Irán contra instalaciones militares estadounidenses en Jordania, Kuwait y Bahréin llegan después de varios días de bombardeos consecutivos de Estados Unidos sobre territorio iraní. Washington sostiene que pretende degradar la capacidad militar de Teherán y proteger la navegación en el estrecho de Ormuz. Irán responde ampliando el radio de sus represalias y llevando la tensión a otros países de la región.
La geografía del conflicto ya no se limita a dos adversarios. Cada nueva operación incorpora a más actores, incrementa el riesgo de errores de cálculo y multiplica las posibilidades de que una acción localizada desemboque en una crisis regional de dimensiones imprevisibles.
Las guerras rara vez permanecen donde empiezan. Su lógica consiste precisamente en expandirse. Los ataques dejan de responder únicamente a objetivos militares inmediatos y comienzan a enviar mensajes políticos, estratégicos y psicológicos. Cada ofensiva pretende demostrar fortaleza. Cada respuesta busca impedir que el adversario interprete cualquier gesto como una señal de debilidad. Es una dinámica conocida desde hace décadas y casi nunca conduce a la estabilidad.
Donald Trump ha optado por una estrategia de presión máxima basada en la superioridad militar estadounidense. Su discurso insiste en presentar la fuerza como el principal instrumento para doblegar a Irán. Es una visión profundamente arraigada en una parte de la política exterior estadounidense, según la cual la capacidad de disuasión aumenta en proporción al volumen de los bombardeos. La experiencia reciente en Oriente Próximo ofrece pocos argumentos para sostener esa tesis.
Afganistán, Irak o Libia demostraron que la supremacía militar no garantiza la construcción de un orden más estable. Puede destruir infraestructuras, neutralizar capacidades militares o eliminar dirigentes, pero difícilmente resuelve los conflictos políticos que alimentan la violencia.
Irán, por su parte, tampoco parece dispuesto a explorar una salida distinta. Su respuesta consiste en extender el enfrentamiento hacia bases estadounidenses desplegadas por la región y reforzar la idea de que cualquier intervención tendrá un coste creciente para Washington y sus aliados.
Quienes quedan atrapados entre ambas estrategias son millones de ciudadanos cuya seguridad depende de decisiones tomadas a miles de kilómetros de distancia. Jordania, Bahréin o Kuwait no desean convertirse en escenarios permanentes de una confrontación entre dos potencias enfrentadas. Sin embargo, la presencia de bases estadounidenses los sitúa inevitablemente dentro del tablero.
El estrecho de Ormuz vuelve a ocupar un lugar central. Por esa vía marítima transita una parte esencial del comercio energético mundial. Cada ataque, cada amenaza y cada cierre parcial repercuten de forma inmediata sobre los mercados internacionales, el precio de la energía y la economía global. Lo que sucede en esas aguas deja de ser un problema exclusivamente regional para convertirse en una preocupación internacional.
La retórica bélica suele presentarse como una demostración de liderazgo. En realidad, casi siempre evidencia el fracaso de la política. Cuando los comunicados militares sustituyen a las negociaciones diplomáticas, las posibilidades de encontrar una salida razonable disminuyen con rapidez.
La comunidad internacional observa una escalada que ya ha superado varios umbrales considerados impensables hace apenas unas semanas. El intercambio de ataques directos entre Estados Unidos e Irán, las represalias sobre bases militares repartidas por distintos países y la creciente militarización del Golfo dibujan un escenario extraordinariamente inestable.
Cada nueva operación puede ofrecer una victoria táctica, ninguna acerca una solución estratégica.
La historia reciente de Oriente Próximo enseña que abrir una guerra suele resultar mucho más sencillo que cerrarla. Esa lección continúa siendo ignorada con una frecuencia alarmante.
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