Durante un cuarto de siglo, desde el 2001, en Washington y Bruselas miraban a la Organización de Cooperación de Shanghái por encima del hombro. Casi con risita condescendiente. La OCS fue ideada por China y Rusia junto a cuatro repúblicas del Asia Central. Sobre el papel, parecía un club de segunda fila... Un foro útil para hablar de fronteras y contener algún que otro susto extremista, pero condenado a vivir a la sombra de los BRICS. Mientras los gigantes emergentes presumían de banco propio y acaparaban portadas, los de Shanghái sesteaban en una cómoda penumbra burocrática. Pues bien, eso se acabó.
La reciente cumbre de Bishkek, en Kirguistán, ha dado un manotazo en la mesa. Nada de palabrería vacía. La diplomacia de moqueta ha empezado a traducirse en infraestructura pura y dura.
Tampoco nos engañemos: el grupo no se ha transformado de la noche a la mañana en una OTAN antioccidental con el cuchillo entre los dientes. Lo que pasó en Bishkek es más sutil, pero bastante más peligroso para el statu quo: la consolidación silenciosa de un espacio gigante que ha decidido montarse la fiesta por su cuenta.
Con la llegada fresca de Bielorrusia, sumada al ingreso de Irán y al empujón previo de India y Pakistán, el club suma ya diez socios. Nada menos que la mitad del planeta sentado a la misma mesa. Y esta vez no han quedado para hacerse la foto de familia. Han aprobado una hoja de ruta a diez años y han puesto sobre la mesa proyectos de inteligencia artificial, tecnología digital y redes de energía. De la teoría a la práctica. ¿Por qué ahora? Fácil: porque el mundo de fuera está ardiendo.
Las sanciones a Rusia tras la invasión de Ucrania forzaron al Kremlin a buscar oxígeno en los mercados asiáticos. Teherán, ahogado por el cerco económico de Estados Unidos, encontró en esta alianza un salvavidas perfecto mientras cruza disparos con Tel Aviv y Washington. Y, por si fuera poco, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha vuelto a sembrar dudas en medio planeta sobre la fiabilidad real de las promesas norteamericanas.
En medio de este río revuelto, la Declaración de Bishkek sonó con fuerza de cañonazo. Los diez países condenaron a una sola voz los ataques militares sobre suelo iraní y arremetieron sin contemplaciones contra las sanciones unilaterales. No hay un tratado de defensa mutua firmado, claro que no, pero ver a gobiernos tan distintos ponerse de acuerdo para plantarle cara al garrote económico de Washington dice mucho de por dónde va el viento.
Eso sí, siempre hay un "pero". Y en este caso se llama India. Nueva Delhi es el gran freno para quienes sueñan, o se asustan, con un bloque monolítico enfrentado a Occidente. Los indios juegan en varias pistas a la vez: colaboran con la Casa Blanca en el grupo Quad, le disputan el terreno a China en el Indo-Pacífico y rechazan de plano convertir estos foros en cruzadas antiestadounidenses. Lo suyo es puro pragmatismo. Colaboran con los americanos cuando les conviene y se buscan las castañas en Shanghái cuando no.
Además, las rencillas internas del club son de órdago. India y Pakistán se miran de reojo con las pistolas sobre la mesa, Pekín y Moscú compiten en secreto por el control de Asia Central y la regla del consenso obligatorio permite que cualquiera vete lo que no le gusta. Crear un banco común les sigue viniendo grande. De hecho, los grandes corredores comerciales de China siguen haciendo casi todo el trabajo pesado. Sin embargo, los estrategas de la inteligencia occidental harían muy bien en no bajar la guardia.
Para mover el orden geopolítico, a la Organización de Cooperación de Shanghái no le hace falta tumbar al dólar ni montar un ejército global. Le basta con ofrecer una vía de escape. Con tener listos canales de pago alternativos, rutas comerciales seguras y respaldo político, el coste de decirle "no" a Washington baja drásticamente. Las sanciones pierden mordiente.
Bishkek no ha borrado las grietas de una organización contradictoria, pero ha demostrado que el grupo sabe moverse en un mundo fragmentado. La hegemonía estadounidense no se ha evaporado, ni mucho menos... Solo que ahora le toca jugar en una cancha donde los rivales han aprendido a fabricarse sus propias reglas.
El club de Shanghái no ha venido a conquistar el mundo. Le ha bastado con salir de la cueva y eso ya es un aviso para navegantes.
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