La democracia alemana se asoma a un precipicio sin precedentes desde la refundación de la República Federal en 1949. El candidato a ministro presidente del estado de Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, se prepara para dar el asalto definitivo al poder regional al frente de Alternativa para Alemania (AfD). Ante las cámaras de televisión y en los debates de campaña, Siegmund despliega un populismo calculado, ensayado, de tono afable y sonrisa moderada, proclamando que las atrocidades del régimen hitleriano constituyen sin duda los capítulos más oscuros de la historia nacional. Sin embargo, tras esa fachada cuidadosamente pulida, el engranaje de su candidatura y la redacción de su programa de gobierno responden al dictado de una sombra del pasado: una élite ideológica educada hace dos décadas en las filas del extremismo neonazi prohibido por el Estado federal.
Una profunda investigación periodística de la red WELT ha sacado a la luz que cuatro de los colaboradores más estrechos de Siegmund formaron parte activa de la Heimattreue Deutsche Jugend (HDJ), una organización juvenil proscrita por el Ministerio del Interior alemán en 2009 tras determinarse que su objetivo fundacional era la instrucción de una cúpula militante imbuida de la doctrina de la raza, el odio antisemita y la nostalgia por el Tercer Reich. Inspirada abiertamente en el modelo de las Juventudes Hitlerianas, la HDJ fue declarada por los tribunales federales como una entidad agresiva y militantemente opuesta al orden libre y democrático. Pese a que los propios estatutos de AfD prohíben formalmente la afiliación de exmiembros de este grupo radical, la realidad operativa del partido en el este de Alemania desmiente sus propios mecanismos de contención.
El caso de Patrick Harr, actual portavoz de AfD en Sajonia-Anhalt y director ejecutivo de su grupo parlamentario, ilustra la porosidad de la formación ante la extrema derecha radical. Apuntado internamente para asumir la Jefatura de la Cancillería del Estado en un eventual gabinete de Siegmund, Harr ocupó responsabilidades en la dirección nacional de la HDJ a principios de los años dos mil, coordinando encuentros juveniles que incluían expediciones a lo que la organización denominaba los territorios separados del Imperio alemán. Tras calificar de simple anécdota su pasado entre tiendas de campaña, Harr ha sido uno de los cerebros encargados de redactar el manifiesto electoral del partido para las elecciones en Sajonia-Anhalt.
El documento programático resultante proyecta la matriz ideológica de sus redactores sobre el diseño del Estado. Entre sus medidas principales, el texto defiende la segregación de los hijos de solicitantes de asilo en aulas especiales bajo planes de estudio de sus países de origen, con el propósito explícito de evitar que los alumnos alemanes convivan con culturas ajenas. Asimismo, el manifiesto asevera que los niños con discapacidad paralizan el progreso lectivo, tilda el largo proceso de memoria histórica sobre los crímenes nazis como la perpetuación de una neurosis colectiva y califica la homosexualidad como una desviación sexual no reproductiva. La retórica amable de la campaña se disuelve así al examinar la letra pequeña redactada por viejos militantes del etnonacionalismo.
La estrategia de largo alcance desplegada por la Heimattreue Deutsche Jugend no fue un fenómeno errático, sino un plan premeditado de siembra generacional. Laurens Nothdurft, actual asesor jurídico del grupo parlamentario de AfD y miembro del tribunal de arbitraje de la formación, fue elegido vicepresidente nacional de la HDJ a finales de los años noventa. En 2003, Nothdurft entregó la insignia de honor del grupo a Lisbeth Grolitsch, antigua dirigente de la Liga de Muchachas Alemanas del régimen nazi, instando en los boletines de la organización a que los jóvenes extremistas perseveraran hasta ocupar posiciones decisivas en el ámbito académico, profesional y político de la nación.
Dos décadas después de aquella consigna, Nothdurft ejerce como abogado de cabecera de Siegmund y sitúa a su propio entorno en el corazón del aparato legislativo, mientras investigaciones periodísticas señalan que sus descendientes frecuentan colectivos sucesores bajo la lupa de los servicios de inteligencia. La profecía del extremismo decimonónico parece cumplirse: la constancia y la camaradería conspirativa inculcadas en las acampadas de la HDJ han encontrado en la estructura institucional de la extrema derecha en Alemania la plataforma perfecta para canalizar su influencia sobre las políticas públicas sin necesidad de renegar de sus principios fundacionales.
A este entramado de asesoría ideológica se suma Eric Kaden, analista del partido en materias de educación y cultura. Kaden, cuyo nombre figuró en las investigaciones policiales que precedieron a la prohibición de la HDJ, es autor de una biografía sobre Kurt Eggers, oficial cultural de las Waffen-SS. El libro fue retirado del mercado para menores por las autoridades federales tras concluir que constituía un homenaje al nacionalsocialismo, impregnado de un antisemitismo militante y una valoración positiva de las teorías raciales del régimen hitleriano. Completando este círculo de confianza se encuentra Felix W., hermano de Nothdurft y exresponsable técnico de la HDJ, quien hoy gestiona los asuntos europeos y de medios para la facción parlamentaria regional.
Frente al peso acumulado de estas revelaciones, la respuesta de Ulrich Siegmund ha sido la de levantar un muro de protección diplomática sobre sus colaboradores. Lejos de marcar distancias o aplicar las cláusulas de exclusión del partido, el candidato a la presidencia del estado ha alabado la trayectoria de su equipo, desestimando las alarmas al asegurar que se trata de profesionales impecables y que lo ocurrido hace dos décadas carece de relevancia ante las emergencias del presente. Esta táctica de normalización por omisión permite al liderazgo político de AfD nutrirse de la disciplina y el rigor técnico de la militancia radical sin asumir el coste político de sus antecedentes.
La politóloga Andrea Röpke, especialista en los métodos de adoctrinamiento de las ligas etnonacionalistas, advierte que presenciamos el éxito tardío de un modelo de infiltración silenciosa. Los grupos de juventud radical no buscaban la provocación veloz en la calle, sino la forja de una élite paciente, educada en la lealtad absoluta y en la percepción del adversario democrático como un enemigo a batir. La asimilación de estos cuadros en las estructuras de poder de Sajonia-Anhalt demuestra la permeabilidad de las instituciones democráticas cuando el descontento social eclipsa el rigor de los contrapesos antifascistas establecidos tras la Segunda Guerra Mundial.
El escenario que se abre con los comicios del 6 de septiembre desborda la política regional de un estado del este alemán para convertirse en un desafío de escala europea. Si las proyecciones electorales se confirman y el electorado valida la candidatura de Siegmund, Alemania no solo presenciará la llegada al poder del primer jefe de Gobierno de extrema derecha en Alemania de la era moderna, sino que observará cómo las riendas de la administración pública quedan bajo el control operativo de hombres formados en la veneración de la ideología más destructiva del siglo XX. La contienda en Sajonia-Anhalt deja de ser una batalla por el voto local para transformarse en el examen definitivo sobre la resistencia institucional de la República Federal.
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