El mundo ya no coopera: se protege

En Davos, Mark Carney describe el final del multilateralismo como una ruptura y no como una crisis pasajera: cuando la economía se convierte en arma, la política deja de fingir

22 de Enero de 2026
Guardar
El mundo ya no coopera: se protege. Foto: Primer ministro de Canadá, Mark Carney

Davos suele ser el lugar donde las palabras se amortiguan con alfombra, pero este martes el primer ministro de Canadá decidió no hablar bajito. Mark Carney subió al atril para decir algo que en los foros globales se evita por educación: el mundo ya no está cambiando de fase, está rompiéndose. No hay transición, dijo. Hay fractura. Y, sobre todo, hay potencias que han aprendido a usar la economía como si fuera artillería.

No citó a nadie, pero nadie dudó de a quién se refería.

El comercio como amenaza

Carney dibujó un mapa incómodo: cadenas de suministro convertidas en trampas, infraestructuras financieras utilizadas como instrumentos de presión, aranceles como castigo político. Lo que durante décadas se vendió como integración se parece ahora a una red de dependencia gestionada por los más fuertes. El beneficio mutuo, vino a decir, solo funciona mientras es mutuo. Cuando deja de serlo, se llama subordinación.

Que ese diagnóstico se pronunciara en Davos, templo de la globalización feliz, tiene algo de aviso tardío. Pero no es retórica: los gobiernos ya están actuando como si el sistema hubiera dejado de protegerlos. Carney no lo presentó como una ideología, sino como una reacción defensiva. Si las normas no te cubren, te cubres tú.

Autonomía estratégica: la palabra que antes daba miedo

El primer ministro canadiense no habló de proteccionismo, pero tampoco lo evitó. Habló de autonomía alimentaria, energética, financiera. De minerales críticos. De industrias domésticas. Y, en el fondo, de algo que hasta hace poco sonaba a herejía liberal: soberanía económica como condición de supervivencia política.

Canadá, anunció, duplicará su gasto en defensa y está tejiendo una red de acuerdos bilaterales que esquivan el viejo multilateralismo. Unión Europea, Mercosur, ASEAN, India. Geometría variable, lo llamó. Una diplomacia de alianzas móviles para un mundo donde los pactos universales ya no valen.

El regreso de las potencias intermedias

En su discurso, Carney dejó una frase que resume la época: si no te sientas a la mesa, acabas en el menú. Las potencias intermedias —ni imperios ni satélites— empiezan a moverse juntas porque negociar en solitario frente a un hegemón es aceptar las condiciones del más grande. Y ese aprendizaje, que antes era teórico, ahora es práctico.

Canadá se reivindica como actor estratégico: energía, minerales, capital, talento. No como amenaza, sino como socio que ya no quiere depender de la buena voluntad ajena. No es un discurso de ruptura, pero sí de fin de la ingenuidad.

Ucrania, el Ártico y la geopolítica del frío

Carney también habló de Ucrania, de la OTAN y del Ártico, donde Canadá se alinea con Dinamarca y Groenlandia frente a las presiones estadounidenses. La mención no fue casual. El nuevo conflicto no está en las fronteras, sino en los recursos, y el hielo se ha convertido en territorio político.

La defensa del artículo 5 de la OTAN suena, en su boca, menos solemne que urgente. Radares, submarinos, presencia terrestre. La seguridad ya no se formula en abstracto: se construye, se paga y se despliega.

Davos escuchó en silencio. No hubo aplausos entusiastas ni titulares optimistas. Pero quedó claro algo que se intuía: el orden global ya no se sostiene por confianza, sino por capacidad de resistencia. Y esa es una mala noticia para un mundo que se acostumbró a llamar cooperación a lo que ahora se parece demasiado a una negociación entre desiguales.

Lo + leído