El mundo desafía al rodillo imperial de Donald Trump

Una creciente coalición de potencias intermedias y aliados tradicionales teje en la sombra una red de alianzas para mitigar el impacto del unilateralismo norteamericano

23 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 11:29h
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Por primera vez en décadas, en Naciones Unidas se respira algo parecido a una resistencia abierta. El unilateralismo de Washington ya no se ve como una rabieta pasajera ni como un exceso temporal; en las cancillerías de medio mundo lo tratan ya como un dato estructural del problema. Una piedra en el camino a la que el resto del planeta se está adaptando a la fuerza, buscando atajos y alternativas al margen del histórico mandato estadounidense.

La gota que colmó el vaso cayó cuando la presidencia norteamericana amenazó abiertamente con "aniquilar" sectores enteros de Irán. La reacción de los socios tradicionales no se hizo esperar, aunque se expresara con cautela y en voz baja. El ministro noruego de Exteriores, Espen Barth Eide, lo dijo sin rodeos: amenazar con borrar del mapa a un país es una violación salvaje de los principios sobre los que se fundó la propia ONU.

Resulta paradójico —por no decir directamente trágico— que la sede diseñada para evitar las guerras sirva ahora de gran altavoz para anunciarlas. Ante este panorama, a los diplomáticos europeos no les ha quedado más remedio que buscar una red de contención para salvaguardar lo que queda del derecho internacional frente a la ley del más fuerte.

Uno de los que no ha tenido empacho en marcar distancias es el primer ministro canadiense, Mark Carney. El tipo le plantó un plantón en toda regla al mandatario estadounidense en los márgenes de la asamblea. Nada de fotos bilaterales. Hartos de chantajes comerciales y aranceles a traición, en Ottawa han empezado a teorizar sobre lo que llaman un "realismo basado en valores".

Menos poesía y más hechos. Ni el multilateralismo ingenuo de antes ni el cinismo geopolítico de no respetar regla alguna: la receta pasa por diversificar acuerdos comerciales y acercarse con pragmatismo a gigantes como China para no depender del vecino del norte.

Y el cabreo se extiende a las tecnologías del futuro. Washington se ha negado en redondo a someter el desarrollo de la inteligencia artificial a controles globales. ¿La respuesta? Noruega y Finlandia han armado una coalición de más de dos docenas de países —con Alemania y los Emiratos a la cabeza— para exigir un control humano estricto sobre los algoritmos, sean bélicos o civiles. Un nuevo frente de batalla ideológico donde el resto del mundo intenta poner límites éticos a lo que en Washington ven como un freno a su poder.

Incluso los trofeos que la administración estadounidense exhibe como victorias diplomáticas incontestables tienen bastante de cartón piedra.

Ahí estuvo la escenificación del acuerdo trilateral sobre Groenlandia junto a Dinamarca y las autoridades locales. Se vendió a bombo y platillo como el gran pacto que prohíbe a potencias ajenas a la OTAN extraer tierras raras o montar bases militares. Sin embargo, diplomáticos de la alianza atlántica lo reconocen en privado con una sonrisa helada: el texto final apenas toca una coma de lo que ya se firmó en 1951. Todo el espectáculo político no ha sido más que un peaje mediático para calmar el apetito de la superpotencia sin ceder soberanía real en el Ártico.

En el fondo, como bien apuntan algunos analistas del propio Senado norteamericano, no hay que confundir la palmada en la espalda con el respeto institucional.

Mientras en Nueva York se reparten halagos de cara a la galería, el verdadero movimiento tectónico ocurre muy lejos de los micrófonos. En Sudamérica, en Asia, en África... Ahí los gobiernos están acelerando tratados de infraestructuras y comercio con Pekín, mientras los acuerdos significativos con Estados Unidos brillan por su ausencia. El avance de la influencia china en el Sur Global no es magia: es el resultado directo de una política exterior estadounidense percibida como impredecible y puramente transaccional.

La diplomacia del garrote acaba chocando de frente contra la realidad cuando las cosas se complican en el mar. Las interrupciones del tráfico naval en los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb por las operaciones militares en Oriente Medio han dejado a los aliados en una encrucijada imposible. Mientras el británico Andy Burnham hace encajes de bolillos para ofrecerse como mediador y reabrir el paso de los mercantes, otros socios europeos como Noruega denuncian la trampa diplomática de verse arrastrados a un conflicto que no eligieron, que consideran ajeno al derecho internacional y que ha reventado las rutas comerciales.

La crisis del orden liderado por Estados Unidos no va a terminar con un portazo ruidoso, sino con un vaciado lento e inexorable de sus alianzas de siempre. El mundo multipolar ya no es un debate académico de universidad. Es lo que se negocia hoy, a empujones, en las esquinas de las Naciones Unidas. Al confundir el miedo coyuntural con la lealtad estratégica, la Casa Blanca solo está logrando acelerar lo que más temía: que el resto del planeta aprenda, de una vez por todas, a gobernarse sin pedirle permiso a Washington.

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