Las comparaciones entre Europa y Estados Unidos suelen hacerse en términos de poder, crecimiento o influencia. Pero hay otra manera, menos espectacular y más reveladora, de observar las diferencias: mirar cómo vive la gente, cuánto tarda en caerse y qué ocurre cuando lo hace. Ahí el contraste es constante, casi monótono, y por eso mismo significativo.
La esperanza de vida es una de esas cifras que rara vez ocupan titulares, pero lo dicen casi todo. En la Unión Europea supera con holgura los 80 años. En Estados Unidos se queda varios escalones por debajo y, lo que es más llamativo, no consigue recuperar los niveles previos a la pandemia. La explicación no es un misterio: sanidad, trabajo, desigualdad, violencia. Ningún factor actúa solo, pero todos empujan en la misma dirección.
También la mortalidad infantil dibuja un paisaje distinto. En el país más rico del mundo mueren más recién nacidos que en casi cualquier Estado europeo. Es un dato incómodo, porque rompe el relato de la excelencia y obliga a mirar la estructura: acceso a cuidados, prevención, acompañamiento, ingresos.
El peso de la desigualdad
La desigualdad en Estados Unidos ya no se expresa solo en ingresos, sino en patrimonio. Una minoría muy reducida concentra una parte enorme de la riqueza total, mientras amplias capas de la población viven con márgenes mínimos. En Europa, esa concentración existe, pero no alcanza los mismos niveles. Las diferencias se notan en la educación, en la salud y en la estabilidad vital. También en la política.
La pobreza, además, es más persistente en Estados Unidos. No tanto porque haya más pobres, sino porque resulta más difícil salir de ahí. El ascensor social funciona mal cuando cada piso tiene peaje.
La deuda pública estadounidense supera con creces el tamaño de su economía. Europa, incluso con tensiones internas y países muy endeudados, mantiene un equilibrio distinto. Pero el contraste no es solo cuantitativo. En un caso, el endeudamiento convive con recortes fiscales a los tramos altos y con un gasto militar desbordado. En el otro, sostiene sistemas de pensiones, servicios sanitarios, educación y redes de protección que, con todos sus defectos, amortiguan los golpes.
Cárcel, violencia y orden
Estados Unidos encarcela a una proporción de población que Europa no conoce desde hace décadas. La prisión funciona como sustituto de políticas que fallaron antes. La violencia letal, por su parte, se mantiene en niveles estructuralmente más altos, sin que la política haya encontrado todavía una respuesta que no pase por el castigo.
Europa no está exenta de conflictos, pero sigue tratando el problema desde otro lugar: menos punitivo, más preventivo, más lento, también más frágil. Pero menos irreversible.
La participación de las mujeres en el mercado laboral es mayor en la UE, y los accidentes mortales en el trabajo, notablemente menores. Son indicadores que no se miden en discursos, sino en horarios, convenios, inspecciones, normas que no hacen ruido.
Y luego está la educación. En Estados Unidos, empezar la vida adulta significa, en muchos casos, hacerlo con una deuda elevada. En Europa, estudiar sigue siendo mayoritariamente un derecho colectivo. Esa diferencia condiciona decisiones durante décadas: qué empleo aceptar, cuándo marcharse, si se puede fallar.
Modelos que ya no se disimulan
Durante años, el relato fue que Europa protegía demasiado y Estados Unidos innovaba mejor. Hoy, los datos sugieren otra cosa: que proteger no es lo contrario de crecer, y que el riesgo permanente termina pasando factura. No es una cuestión ideológica, sino de diseño institucional.
Los números no explican todo, pero tampoco mienten. Y cuando se repiten año tras año, acaban contando una historia distinta a la que se grita en campaña. Más lenta, menos heroica, pero bastante más fiable.