Los minerales críticos serán la causa de más guerras y un pozo de gran corrupción

Estos minerales podrán ser, por primera vez, un motor de desarrollo sostenible y paz. De lo contrario, la tecnología que pretende salvar la atmósfera del carbono podría terminar asfixiando la paz mundial bajo el peso de la corrupción y el acero

09 de Marzo de 2026
Actualizado a las 12:14h
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minerales críticos

La economía mundial se encuentra sumergida en una transformación tectónica donde el petróleo cede su trono a una nueva aristocracia de recursos: los minerales críticos. En una reciente y urgente sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, la subsecretaria general Rosemary DiCarlo lanzó una advertencia que resuena como un eco de los errores del siglo XX. El litio de nuestros teléfonos, el cobalto de nuestros vehículos eléctricos y las tierras raras de nuestros imanes no solo están impulsando una revolución tecnológica, sino que están redefiniendo el mapa geopolítico y, en sus vertientes más oscuras, financiando conflictos sangrientos que amenazan la estabilidad global.

Las cifras presentadas son abrumadoras y explican por qué nos encontramos ante una nueva "fiebre del oro" de dimensiones industriales. Solo en 2023, el comercio de estos minerales superó los 2,5 billones de dólares, representando ya el 10% del comercio global. Las proyecciones indican que esta demanda se triplicará para 2030 y llegará a cuadruplicarse para 2040, impulsada por la carrera hacia la descarbonización. Sin embargo, esta bonanza esconde una paradoja cruel: mientras estos recursos tienen el potencial técnico de salvar el planeta del cambio climático y sacar a naciones enteras de la pobreza, su extracción irresponsable está alimentando guerras, facilitando abusos contra los derechos humanos y provocando una destrucción ambiental irreversible.

El análisis político de esta crisis tiene su epicentro en la República Democrática del Congo, país que atesora el 70% del cobalto mundial. En este territorio, la riqueza mineral se ha convertido en una maldición que debilita la gobernanza y perpetúa ciclos de violencia infinita. Informes de la ONU revelan que grupos armados como el M23 obtienen más de un millón de dólares mensuales mediante la minería ilícita, utilizando estos fondos para sostener insurgencias que desangran la región. Pero el problema no es un fenómeno aislado de África. En Myanmar, la explotación de tierras raras financia a milicias en un conflicto civil cronificado; en Ucrania, las reservas de litio y titanio permanecen paralizadas por la invasión rusa; y en el triángulo del litio de América Latina, las tensiones sociales crecen ante las denuncias de comunidades indígenas por la contaminación de acuíferos y el desplazamiento de poblaciones.

Ante este escenario de "riqueza con dos caras", la ONU propone un pacto global por una minería justa que rompa con los patrones de explotación colonial de la era del petróleo. La diplomacia preventiva se vuelve esencial para incluir la gestión de los recursos naturales en los acuerdos de paz, como se ha intentado en Colombia. La clave del éxito reside en la trazabilidad y transparencia, estableciendo sistemas globales similares al Proceso de Kimberley para los diamantes, que permitan certificar minerales libres de conflicto y cortar el flujo de capital que alimenta la maquinaria de guerra. Solo mediante un diálogo equilibrado entre los países productores y los grandes consumidores, como China, EE. UU. y la Unión Europea, será posible evitar que la transición energética repita los errores del pasado.

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