Nadie puede negar que el país que supone una mayor amenaza para España es Marruecos, hostilidad a la que se sumó Israel tras la acertada posición del gobierno español respecto a Palestina y su enfrentamiento frontal contra el genocidio israelí en Gaza. Sin embargo, los hechos conocidos hoy demuestran que los tiempos nunca son casualidad. Ninguna foto es gratis.
Y mientras en Madrid y Bruselas todavía se están limpiando el polvo del último ataque marroquí en la frontera de Ceuta... ¡pum! Foto de familia en Nueva York. De un lado de la mesa, Gideon Saar, el jefe de la diplomacia israelí. Enfrente, el marroquí Naser Burita. Y justo en medio, sonriendo para la foto como el padrino feliz de la boda, Mike Waltz, el hombre de Donald Trump en la ONU. ¿El titular del encuentro? Van a abrir embajadas de verdad. Con sus embajadores, sus banderas ondeando y todo el boato oficial.
Atrás quedaron las timoratas oficinas de enlace que pactaron allá por 2020 con los Acuerdos de Abraham. Aquello era solo el aperitivo. Pues bien, ahora van a por el plato fuerte.
Para Rabat, esto es un balón de oxígeno puro. Marruecos consigue que dos potencias militares le cubran las espaldas mientras la tensión con España por el control fronterizo sigue al rojo vivo. Trump, desde Washington, ya ha dejado claro quién es su favorito en el Magreb. Y no precisamente para disgusto del rey Mohamed VI, a quien en Nueva York llenaron de flores y elogios por su "valentía".
Pero vamos a los detalles, que es donde siempre se esconde el demonio. Más allá del discurso bienintencionado sobre la paz entre musulmanes y judíos, aquí lo que hay sobre la mesa son vuelos directos, acuerdos de inversión privada y, sobre todo, cooperación en inteligencia militar. Tecnología punta para la defensa marroquí con sello de Israel. Casi nada. Para Tel Aviv, Marruecos es la puerta de entrada perfecta a África. Para Rabat, un socio blindado.
¿Y España? En Moncloa miran el panorama con cara de pocos amigos y el margen de maniobra cada vez más estrecho. La diplomacia española se encuentra atrapada en una posición incómoda, rozando el papelón. Mientras intentas mantener el tipo en tu propia frontera sur, ves cómo tus teóricos aliados al otro lado del Atlántico le dan una palmadita en la espalda al enemigo con el que te estás midiendo el pulso. Un ajedrez complicado, de esos que se juegan a puerta cerrada y con las cartas marcadas desde el principio.
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