La Fiscalía de EEUU sitúa a Maduro al frente de una maquinaria de tortura y represión

La acusación atribuye al dirigente venezolano decisiones personales sobre el trato a los detenidos, desde los métodos de interrogatorio hasta su puesta en libertad,y señala a Cilia Flores como parte de una estructura destinada a perseguir a los opositores

09 de Octubre de 2026
Actualizado a las 11:09h
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La Fiscalía de EEUU sitúa a Maduro al frente de una maquinaria de tortura y represión
Nicolás Maduro durante una reunión conjunta con el Consejo de Estado y el Consejo de Defensa de la Nación tras las elecciones. | Foto: Prensa Presidencia de Venezuela

La acusación presentada por la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York contra Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, describe un sistema en el que la represión política no habría sido una consecuencia ocasional de los abusos cometidos por determinados funcionarios, sino un mecanismo organizado desde las propias estructuras del poder venezolano. El escrito judicial sostiene que ambos dirigieron una red que utilizaba las detenciones arbitrarias, la violencia y las torturas para perseguir a sus adversarios, consolidar su posición política y proteger una estructura de enriquecimiento ilícito. La gravedad de las imputaciones reside tanto en los métodos empleados como en el grado de intervención personal que la Fiscalía atribuye al mandatario, a quien sitúa en la cúspide de una organización que habría convertido el sufrimiento de los detenidos en una herramienta de control.

El documento describe descargas eléctricas, asfixia, violaciones, desnudez forzada, aislamiento prolongado, privación de alimentos y amenazas contra familiares, incluidos menores de edad. Según los fiscales estadounidenses, estas prácticas formaban parte de un sistema sostenido mediante el control de las fuerzas militares, los organismos de seguridad y el aparato judicial, con la colaboración de altos cargos que habrían ejecutado órdenes de detención, persecución y tortura. Las acusaciones son de una extraordinaria gravedad, aunque corresponde distinguir entre los hechos que sostiene la Fiscalía y aquellos que puedan quedar acreditados mediante el correspondiente procedimiento judicial. Maduro, que ya afrontaba cargos relacionados con una presunta trama de narcotráfico, se ha declarado inocente de las imputaciones anteriores y ha denunciado la ilegalidad de su detención.

La tortura como instrumento de control político

Uno de los aspectos más relevantes del escrito es que atribuye a Maduro una participación directa en las decisiones sobre los detenidos. La Fiscalía sostiene que el dirigente venezolano no se limitaba a recibir información de sus subordinados, sino que intervenía en la elección de los métodos de interrogatorio y decidía, caso por caso, si una persona debía quedar en libertad o ser sometida a un procedimiento penal. La acusación recoge expresiones como «¿Qué podemos hacer para que hablen?» y referencias a instrucciones para impedir que los prisioneros durmieran o someterlos a determinadas formas de maltrato. También asegura que Maduro llegó a reírse después de escuchar relatos sobre los abusos sufridos por algunas víctimas.

La diferencia entre conocer la existencia de torturas y participar en su planificación resulta fundamental desde el punto de vista de la responsabilidad penal. La Fiscalía intenta establecer precisamente esa conexión entre las decisiones adoptadas en la dirección política y los actos ejecutados por los organismos de seguridad. El escrito atribuye al mandatario la aprobación personal de determinadas detenciones ilegales y episodios de tortura, además de señalar la existencia de una estructura en la que varios altos responsables habrían ordenado asesinatos y otras actuaciones represivas con su conocimiento. De confirmarse judicialmente, los hechos permitirían examinar responsabilidades que superarían ampliamente las de los autores materiales de los abusos.

Una estructura sostenida por el aparato del Estado

La acusación estadounidense sostiene que el sistema represivo descansaba sobre una concentración de poder que permitía utilizar instituciones públicas para perseguir a quienes eran considerados adversarios políticos. Las fuerzas de seguridad, determinados responsables judiciales y altos cargos militares habrían formado parte de una estructura que, según el escrito, también mantenía relaciones con organizaciones delictivas y grupos armados. La Fiscalía vincula esta organización con la obtención de recursos ilícitos y con su distribución entre personas próximas al poder, a las que se habría recompensado por su lealtad y participación en el entramado.

El alcance de estas imputaciones obliga a examinar la relación entre la ausencia de controles institucionales efectivos y la posibilidad de que las violaciones de derechos humanos se prolonguen durante años. Cuando los organismos encargados de investigar los delitos dependen de las mismas estructuras señaladas por cometerlos, las víctimas encuentran dificultades adicionales para denunciar, obtener protección y acceder a una reparación. La independencia judicial, el control de las fuerzas de seguridad y las garantías de las personas detenidas constituyen barreras esenciales frente a la arbitrariedad del poder, precisamente porque impiden que una autoridad política pueda decidir sobre la libertad y la integridad física de los ciudadanos sin rendir cuentas.

Los detenidos estadounidenses y la dimensión internacional del caso

La Fiscalía estadounidense sostiene que entre las víctimas se encuentran más de una docena de ciudadanos de Estados Unidos que habrían sufrido torturas durante su detención en Venezuela. El director del FBI, Kash Patel, ha presentado los nuevos cargos como una muestra del compromiso de las autoridades estadounidenses con la rendición de cuentas y la persecución de los delitos atribuidos a Maduro. Según su declaración, las víctimas fueron sometidas a agresiones sexuales, electrocuciones y otras formas de violencia física y psicológica. La inclusión de estos casos amplía el alcance de la acusación y permite comprender por qué Washington ha situado los presuntos abusos cometidos contra sus nacionales entre los elementos centrales del procedimiento.

Sin embargo, la defensa de los derechos humanos no puede depender de la nacionalidad de las víctimas ni de los intereses políticos de los gobiernos que denuncian las violaciones. Los venezolanos que hayan sufrido detenciones arbitrarias, torturas o persecución merecen las mismas garantías de investigación y justicia que los ciudadanos estadounidenses. La gravedad de los hechos descritos por la Fiscalía no aumenta porque algunas víctimas tengan pasaporte de Estados Unidos, del mismo modo que tampoco disminuye cuando quienes padecen la violencia son ciudadanos venezolanos sin capacidad para obtener protección internacional.

La justicia no puede confundirse con los intereses de Washington

El procedimiento judicial se desarrolla en un contexto en el que la política estadounidense hacia Venezuela ha estado marcada por las sanciones, las acusaciones de narcotráfico y una profunda disputa sobre la legitimidad del poder político venezolano. La gravedad de los delitos atribuidos a Maduro exige una investigación rigurosa, pero también obliga a separar la responsabilidad penal de las estrategias geopolíticas de Estados Unidos. Que la Fiscalía formule acusaciones de tortura no convierte automáticamente en legítimas todas las decisiones adoptadas por Washington respecto a Venezuela, ni permite sustituir las garantías judiciales por argumentos de conveniencia política.

La credibilidad de cualquier proceso contra Maduro y Flores dependerá de la solidez de las pruebas, del respeto a los derechos de la defensa y de la capacidad de los tribunales para determinar responsabilidades individuales. Una acusación judicial no equivale a una condena, por mucho que los hechos descritos resulten estremecedores. La obligación de investigar las torturas y exigir responsabilidades a quienes las ordenaron o ejecutaron debe coexistir con la presunción de inocencia y con el rechazo a cualquier utilización de la justicia como instrumento de presión política.

El escrito presentado en Nueva York introduce, en cualquier caso, una dimensión especialmente grave en las acusaciones contra el antiguo centro del poder venezolano. Ya no se trata únicamente de las presuntas conexiones con redes de narcotráfico o de las denuncias sobre la persecución de opositores, sino de una imputación que atribuye a Nicolás Maduro una intervención personal en decisiones relacionadas con el sufrimiento físico y psicológico de personas privadas de libertad. Determinar si esas conductas ocurrieron en los términos descritos por la Fiscalía y establecer quiénes participaron en ellas corresponde ahora a los tribunales.

Las víctimas deben ocupar el centro del proceso

En una causa de estas características existe el riesgo de que la dimensión política termine desplazando a quienes sufrieron los presuntos delitos. La atención internacional suele concentrarse en los nombres de los acusados, en las relaciones entre gobiernos y en las consecuencias diplomáticas de las decisiones judiciales, aunque el verdadero alcance de los hechos investigados se encuentra en las experiencias de las personas detenidas y de sus familias. Las amenazas contra los hijos, las agresiones sexuales, la privación de alimentos o las descargas eléctricas no pueden quedar reducidas a elementos de una disputa entre Washington y Caracas, porque constituyen conductas cuya investigación y eventual sanción responden a obligaciones fundamentales de protección de los derechos humanos.

La acusación contra Maduro y Flores abre una nueva fase judicial que deberá esclarecer hasta dónde llegaban las decisiones de los máximos responsables políticos y qué papel desempeñaron quienes ejecutaron las órdenes. También plantea la necesidad de garantizar que las víctimas puedan declarar sin intimidaciones, obtener reconocimiento y acceder a mecanismos efectivos de reparación. Si las acusaciones se demuestran, la responsabilidad no podrá diluirse en la obediencia jerárquica ni en la invocación de razones de Estado. Y si las pruebas no permiten acreditar determinados hechos, los tribunales deberán establecerlo con la misma independencia.

La justicia que reclaman las víctimas de la represión venezolana no debería quedar condicionada por la identidad de quienes gobiernan en Washington ni por la posición política de los acusados. Su fundamento debe encontrarse en los hechos, en las pruebas y en el principio de que ningún gobernante puede situarse por encima de la ley ni utilizar el aparato del Estado para torturar a quienes considera sus enemigos.

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