Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el Capitolio temblaba al paso de sus dirigentes. En Washington se daba por sentado una regla no escrita: enfrentarse abiertamente al AIPAC equivalía a firmar un suicidio político en toda regla. Pues bien, esa época de obediencia ciega parece haber llegado a su fin. El reciente anuncio del emblemático lobby proisraelí de que dejará de dar su respaldo público a candidatos y congelará las contribuciones directas a las campañas ha provocado un terremoto político. Sus detractores lo celebran ya como la rendición incondicional de una marca que se ha vuelto francamente tóxica.
Sin embargo, para quien conozca los vericuetos del dinero en la capital norteamericana, la maniobra se parece mucho más a la astucia de un depredador herido. Se retira a la sombra, sí... pero solo para no perder la iniciativa.
El giro táctico, desde luego, resulta innegable. Tras la devastadora guerra en Gaza, el apoyo automático hacia el Gobierno israelí se ha convertido en una patata caliente para el Partido Demócrata. Congresistas de perfil moderado devuelven ya por cientos de miles de dólares los cheques del grupo, aterrorizados ante la idea de que esa foto les arruine las primarias. Admitir que las elecciones de 2026 se presentan como un terreno minado es, para la cúpula de la organización, un ejercicio elemental de pragmatismo.
Borrar el sello, mantener el cheque
El mito de la invencibilidad, esa coraza con la que el AIPAC ganaba las batallas por incomparecencia del rival, ha saltado por los aires. Pero cuidado. Sería un error garrafal dar por amortiguado su enorme poder de presión. La renuncia a su comité de acción política tradicional es, en el fondo, una operación de camuflaje de manual. La organización renuncia alegremente a la calderilla oficial, apenas tres millones de dólares en entregas directas, mientras mantiene intacta su verdadera artillería pesada. Hablamos de su multimillonario super PAC, el United Democracy Project, una máquina capaz de inyectar decenas de millones de dólares en campañas de publicidad agresiva a través de marcas blancas.
Según fuentes del Partido Demócrata consultadas por Diario Sabemos, el movimiento no es otra cosa que la estrategia del submarino. Antes venían con la pancarta y la foto. Ahora te financian una campaña de acoso contra tu rival desde una plataforma con un nombre inofensivo sobre la democracia. El dinero es el mismo, pero el rastro se vuelve invisible.
Ahí están los casos recientes de Míchigan o Nueva Jersey. En esos estados decisivas, el grupo maniobra contra candidatos críticos con la política militar de Tel Aviv sin necesidad de poner su logotipo en los carteles. El objetivo ya no es sacar pecho en público, sino diluir el origen de los fondos para que las donaciones individuales de sus miembros sigan entrando en las cuentas de los políticos sin encender las alarmas del electorado progresista.
Mutilarse una pata para escapar de la trampa
En la cúpula del AIPAC han comprendido una lección brutal: en la política estadounidense actual, lucir el galón de todopoderoso puede volverse en tu contra. Al borrar su nombre de los formularios oficiales, el grupo intenta desesperadamente amputarse una extremidad comprometida antes de que el cepo de la irrelevancia se cierre del todo. Pero, no nos engañemos. No hay aquí un arrepentimiento ideológico ni una concesión a quienes exigen limpiar el dinero opaco de las urnas. Es pura supervivencia.
El grupo no se retira a casa a descansar; simplemente apaga los neones de la fachada principal para seguir moviendo los hilos desde la penumbra de los pasillos traseros. Saben de sobra que, en la carrera electoral de 2026, la influencia real en Washington ya no se exhibe con banderas, sino con la discreción absoluta de la financiación paralela.
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