Limpieza étnica a fuego lento: La estrategia del terror diario con la que los colonos vacían Cisjordania

El confinamiento punitivo de tres familias palestinas bajo el acoso de colonos armados y la complacencia militar expone la estrategia sistemática para vaciar la Zona B y redefinir el mapa de la ocupación

17 de Agosto de 2026
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Cisjordania limpieza étnica
Mujeres y niños palestinos caminan en un pueblo de la Cisjordania ocupada, donde tienen que soportar contínuos ataques de los colonos judíos con la connivencia del Ejército de Israel | Foto: UNICEF/Alaa Badarneh

El calor sofocante de agosto en las colinas de Naplusa no es el único factor que vuelve irrespirable el aire en la localidad de Qusra. En el perímetro occidental de esta población palestina, el silencio que rodea a tres viviendas residenciales no representa la tranquilidad rural, sino el peso de un asedio deliberado. Quince personas, entre ellas al menos dos niños, permanecen atrapadas en el interior de sus propios hogares, transformados de la noche a la mañana en una prisión de piedra y hormigón. El mecanismo utilizado para someter a estas tres familias no ha requerido declaraciones formales de guerra ni despliegues de artillería pesada; ha bastado con la interrupción calculada de los suministros vitales y la imposición de un cerco humano e ideológico que neutraliza cualquier posibilidad de subsistencia.

El proceso de asfixia comenzó a gestarse semanas atrás, cuando un grupo de colonos procedentes del puesto de avanzada ilegal de Ras al Ein cortó los cables del suministro eléctrico y destruyó las conducciones de agua potable que abastecían a los inmuebles. Privadas de luz y de acceso al agua en pleno verano, las familias vieron reducida su existencia a un estado de supervivencia elemental. La escalada definitiva se consolidó cuando los agresores bloquearon físicamente los accesos y las puertas de salida de las viviendas, instalando una tienda de campaña en el espacio intermedio para garantizar un control constante sobre los movimientos de los residentes. Lo que en apariencia se presenta como una disputa territorial de baja intensidad es, en términos de análisis político y derecho internacional, una operación táctica de hostigamiento diseñada para provocar el colapso psicológico y material de la población civil.

Naciones Unidas, a través de la Oficina de Derechos Humanos en los Territorios Ocupados, ha denunciado que estas acciones han sobrepasado todos los límites tolerables bajo la normativa internacional. Las denuncias de la organización multilateral señalan que este episodio no constituye un hecho aislado ni una explosión espontánea de violencia comunitaria, sino que responde a un patrón sistemático de violación continua del derecho internacional que busca la alteración irreversible de la demografía en la Cisjordania ocupada.

Para comprender la gravedad del cerco a Qusra es necesario rastrear la cronología del asentamiento en la región. La génesis de esta crisis se remonta a finales de 2025, momento en que se estableció de forma no autorizada el puesto de avanzada de Ras al Ein en la gobernación de Naplusa. Ubicada formalmente en la denominada Zona B de Cisjordania, un área donde los acuerdos de paz transitorios atribuían el control civil a la Autoridad Nacional Palestina y el control de seguridad a las fuerzas israelíes, la localidad de Qusra ha visto cómo la fricción territorial se intensificaba de manera gradual pero inexorable.

Desde la instalación de esta infraestructura ilegal, el sector oeste de la villa se ha convertido en el epicentro de una campaña sostenida de presión sobre la comunidad local. Las informaciones recopiladas por los observadores de derechos humanos documentan una progresión vertiginosa en la tipología de las agresiones. Lo que comenzó como incursiones nocturnas y actos aleatorios de vandalismo escaló rápidamente hacia palizas dirigidas, robos de cosechas y ganado, incendios provocados en propiedades agrícolas e incluso el profanamiento de la mezquita local. Este abanico de tácticas destructivas persigue un objetivo geopolítico claro: erosionar la viabilidad de la vida cotidiana palestina hasta volver insostenible la permanencia en la tierra.

La transformación de los puestos de avanzada informales en puntas de lanza para la anexión de facto es un fenómeno ampliamente documentado en la dinámica de la ocupación de Cisjordania. A través de la intimidación directa y la apropiación progresiva de los recursos hídricos y agrícolas, estos núcleos de colonos logran desplazar las fronteras efectivas sin necesidad de decretos formales de expropiación. En el caso de Qusra, la neutralización de estas tres familias representa la eliminación del último obstáculo físico para unificar el puesto de avanzada con los terrenos de cultivo circundantes, consolidando un dominio territorial continuo sobre la periferia urbana.

El elemento más revelador desde el punto de vista del análisis político e institucional no radica únicamente en la audacia de los colonos de extremaderecha, sino en la conducta de las instituciones estatales encargadas de velar por el orden. Ante la situación de secuestro de facto que sufrían los quince habitantes de las viviendas cercadas, las familias recurrieron de forma reiterada a las fuerzas de seguridad israelíes presentes en el área para solicitar protección y la restauración de los servicios básicos. La respuesta institucional ante estas peticiones de auxilio fue la inacción absoluta, abriendo un severo debate sobre la complicidad estatal.

Lejos de intervenir para dispersar a los agresores o garantizar el suministro de agua y alimentos a los menores atrapados, la actuación del ejército sobre el terreno consistió en blindar el perímetro exterior contra cualquier intento de solidaridad externa. Testimonios sobre el terreno y reportes de organismos internacionales confirman que las tropas bloquearon activamente el paso a equipos médicos de emergencia, observadores de derechos humanos, activistas de la sociedad civil y periodistas que intentaban documentar los hechos o prestar asistencia humanitaria. La asimetría en la aplicación de la ley se hizo evidente: mientras los civiles palestinos permanecían incomunicados y privados de derechos fundamentales, los colonos armados gozaban de plena libertad de movimientos para mantener el asedio.

La difusión de material audiovisual registrado en la zona aportó una prueba gráfica de la sintonía ideológica entre ambos actores. Un vídeo filtrado mostró a efectivos militares participando en oraciones colectivas junto a los colonos en el propio emplazamiento del bloqueo, una escena que los analistas interpretan como un síntoma inequívoco de colusión entre el ejército y los colonos. Aunque la presión internacional obligó a que posteriormente se procediera al desmantelamiento de la tienda de campaña instalada entre las casas, la medida resultó ser puramente cosmética. Las fuerzas militares no retiraron a los agresores del lugar, permitiendo que la masa de colonos continuara rodeando los inmuebles y manteniendo el estado de terror sobre las familias.

Desde la perspectiva del derecho internacional humanitario, la situación que atraviesa la población de Qusra constituye una flagrante vulneración de los convenios internacionales que regulan las situaciones de ocupación beligerante. La Cuarta Convención de Ginebra establece con absoluta claridad que la Potencia ocupante tiene el deber imperativo de proteger a la población civil bajo su control, salvaguardar sus bienes privados, garantizar el acceso a los suministros médicos y de agua, y prevenir cualquier acto de violencia o intimidación por parte de sus propios nacionales en el territorio ocupado.

La denegación deliberada de agua y electricidad a familias vulnerables, combinada con la restricción de libertad de movimiento y el confinamiento forzado, encaja en las definiciones jurídicas de trato inhumano, degradante y castigo colectivo. La Oficina de Derechos Humanos de la ONU no ha dudado en calificar de criminales estas acciones, advirtiendo de que la tolerancia o el respaldo estatal a estos actos transforma la negligencia en una responsabilidad internacional directa para el Estado de Israel. El objetivo subyacente de estas prácticas, subraya el organismo, es la articulación de un entorno coercitivo que fuerce el desplazamiento forzado de la población autóctona, una figura tipificada como delito grave en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

La inoperancia de los mecanismos internos de rendición de cuentas dentro del sistema militar y judicial de la potencia ocupante ha dejado a las comunidades locales en una situación de absoluta indefensión. La falta de investigaciones imparciales y la ausencia de sanciones contra los colonos que ejecutan estos ataques consolidan un clima de impunidad estructural. Al no garantizarse la seguridad de la población palestina, las estructuras de la ocupación terminan actuando como un catalizador para la transferencia forzosa de poblaciones, alterando de manera irreversible el estatus jurídico y social de los territorios palestinos.

El drama humano que se desarrolla en las tres casas de Qusra refleja a escala microscópica la crisis existencial que atraviesa la sociedad palestina en Cisjordania. Atrapadas entre la agresión directa de los sectores más radicalizados del movimiento de colonos y la parálisis de una comunidad internacional que emite declaraciones de advertencia sin articular mecanismos de coerción o sanción efectiva, estas familias encarnan el coste personal de un conflicto que se profundiza día a día.

La advertencia lanzada por los observadores internacionales es perentoria: el margen de maniobra para evitar la expulsión definitiva de estas familias se agota a un ritmo acelerado. Si el cerco físico y el desabastecimiento de insumos básicos en Qusra se consolidan como una práctica impune y replicable, el modelo se extenderá de forma inevitable a otras localidades vulnerables de la gobernación de Naplusa y del resto de Cisjordania. La estrategia del agotamiento progresivo amenaza con desmantelar por completo la presencia comunitaria en amplias zonas del territorio.

El destino de las quince personas confinadas bajo el sol de agosto en Qusra no es únicamente una tragedia humanitaria individual; representa un test decisivo para la validez de las normas internacionales y la eficacia de la diplomacia multilateral. En la convergencia entre la violencia de los colonos y la inacción del aparato estatal de la Potencia ocupante, la línea que separa el derecho de la arbitrariedad se ha vuelto peligrosamente tenue. Mientras las horas transcurren sin una intervención efectiva que garantice la retirada de los agresores y el restablecimiento de los servicios vitales, el futuro de la población civil en los territorios ocupados continúa reduciéndose al espacio claustrofóbico de un asedio interminable.

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