León XIV y la ruptura definitiva de la Iglesia con la extrema derecha

El mensaje que León XIV ha lanzado desde el Palacio del Eliseo es absolutamente contrario a la islamofobia que se ha convertido en bandera de los partidos de extrema derecha europeos

25 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 17:58h
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León XIV y Macron

"España, cristiana, no musulmana", "Musulmán el que no bote", "Musulmanes terroristas", son algunos de los gritos que se escuchan en las concentraciones y manifestaciones de la extrema derecha española. Pero, esta islamofobia no es algo que se dé sólo en España, sino que es una plaga que se extiende por todo el orbe ultra mundial. No hay más que escuchar las declaraciones que salen de la Administración Trump. Sin embargo, el Papa León XIV está demostrando un conocimiento de la sociedad con el que pretende acercar la Iglesia Católica a la gente de a pie que, por ejemplo, convive y trabaja día a día con personas de distintos credos sin que haya ningún tipo de problema. 

Siete minutos de campanas sonando seguidos en las más de cien parroquias de París. Así, con ese estruendo cómplice, la capital gala rompía casi dos décadas de sequía pontificia.

Pero que nadie se engañe: el viaje de León XIV a la ciudad de la luz no ha sido una visita de cortesía ni un paseo para la foto. Nada de eso. El Papa puso a la República francesa frente a un espejo bastante incómodo. Vino a decirle, a la cara y en su propia casa, que tiene que ser la muralla moral de un continente que se está deshumanizando a pasos agigantados entre pantallas, algoritmos descontrolados y diplomacia de escaparate.

Delante de él, un Emmanuel Macron visiblemente serio, midiendo cada milímetro de la escena.

Y hay un detalle fino que no conviene pasar por alto: mientras en Madrid el Papa bajó al barro para atizar a la extrema derecha y hablar de los "fantasmas del identitarismo", en París prefirió mirar por encima del avispero electoral que se viene en 2027. Prefirió ir al fondo del asunto. Cuestión de estrategia. En un mundo donde la ley del más fuerte vuelve a mandar, el sucesor de Pedro vino a recordar que la gran urgencia de nuestro tiempo no es la tecnología, sino volver a formar la conciencia moral.

Luego vino el gran hueso de la jornada: la famosa laicidad francesa. Durante años, la separación entre Iglesia y Estado en Francia se usó casi como una trinchera para borrar todo lo que oliera a religión de la calle. Pues bien, León XIV le dio una vuelta de tuerca al asunto. Dijo, con mucha diplomacia pero sin rodeos, que la laicidad no puede significar cortar de raíz la fe de una sociedad. Un creyente, independiente de la religión que profese, que participa en la vida pública no es un peligro para la patria ni un pesado que viene a hacer proselitismo; es, sencillamente, alguien que suma a la convivencia.

Macron, rápido de reflejos, recogió el guante en el acto: la laicidad de la República, vino a decir, no es la negación de Dios. Faltaría más. Un apretón de manos pragmático, de esos que hacen falta en un país dividido por mil brechas sociales donde la educación se ha convertido en el último reducto de entendimiento.

Eso sí, el marco de cortesía no impidió que el Papa marcara sus líneas rojas. Vaya si las marcó.

Con el blindaje del aborto recién metido en la Constitución francesa y la ley de eutanasia sobre la mesa de la Asamblea, el mensaje en el Elíseo resonó como un aviso en toda regla. Nada de rodeos: condena tajante a los vientres de alquiler, a la manipulación genética, al comercio de órganos y a esa idea de "programar" la muerte a la carta. Para el Vaticano, la dignidad humana no es una mercancía que se pueda votar en un parlamento según sople el viento de la política.

Al final de su intervención, con el fantasma de la guerra volando otra vez sobre Europa, el Pontífice le dejó un encargo directo a la diplomacia de Macron: ser la arquitecta de una "paz desarmada y desarmante". Casi nada.

Queda por ver si Francia, con todo su orgullo republicano, es capaz de recoger este guante humanista o si, por el contrario, terminará dejándose llevar por la corriente de un mundo cada vez más frío, calculado y administrado por máquinas.

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