Aquel otoño de 2001 prometió democracia a golpe de misil. Veinte años después, las imágenes de los aviones despegando a la desesperada del aeropuerto de Kabul dejaron al descubierto uno de los mayores ridículos geopolíticos de la historia reciente.
Hoy, con los talibanes instalados de nuevo en el palacio presidencial, la diplomacia occidental padece un atasco mental de campeonato.
Por un lado están los pragmáticos, que piden hablar con el régimen para frenar la inmigración y el terrorismo. Por el otro, los puristas, que exigen democracia antes de sentarse a la mesa. Ninguno parece ver la salida.
Sin embargo, ese dilema parte de un error de bulto: pensar que en Kabul manda un bloque de granito donde todos piensan igual.
Detrás de esa fachada de hierro hay un queso gruyère lleno de agujeros y rencillas internas. Mientras el núcleo duro atrincherado en Kandahar firma edictos medievales, en las provincias hay gobernadores, jueces y jefes de policía que dudan. Gente que echa sus propios cálculos de supervivencia antes de apretar las tuercas a sus vecinos.
En los papeles oficiales, la disciplina parece absoluta. Pues bien, sobre el terreno la historia es otra muy distinta.
En algunas zonas, la prohibición de que las mujeres trabajen o estudien se aplica a rajatabla; en otras, las autoridades miran para otro lado y permiten que las ONG mantengan clínicas o repartan comida con personal femenino. No es que se hayan vuelto moderados de la noche a la mañana. Es que los cargos intermedios saben lo que hay y sopesan los riesgos.
Ahí es donde Occidente tiene una rendija para meter la cabeza.
Apretara Haibatullah Akhundzada en su guarida es casi imposible. Pero a un jefe de policía provincial... a ese la cosa le cambia. Esos mandos locales tienen propiedades que cuidar, familia que colocar y aspiran a viajar al extranjero el día de mañana.
Por eso las órdenes de arresto de la Corte Penal Internacional y las investigaciones de la ONU no son papel mojado. Le envían un recado muy claro a la cadena de mando: la excusa de "cumplir órdenes" no te va a librar de la quema. Cuando las capitales extranjeras le ponen nombres y apellidos a los ejecutores de las palizas y los cierres de escuelas, el pánico individual empieza a funcionar.
Eso sí, para que esta presión sirva de algo hay que evitar el cinismo.
La impunidad en Afganistán no la inventaron los talibanes en 2021. Se alimentó durante dos décadas con la vista gorda de Washington frente a señores de la guerra brutales como Dostum o Asadullah Khalid, protegidos simplemente porque eran "nuestros bastardos". Si la justicia internacional persigue solo a los talibanes y deja pasear impunes por Europa a los antiguos verdugos, la jugada saldrá al revés y cohesionará al régimen.
Nadie espera que Kabul se convierta en una democracia modélica el mes que viene. Ni de lejos. Pero en un país ahogado por el hambre, arañar pequeños márgenes es cuestión de vida o muerte. Que un gobernador afloje la cuerda para que abra un ambulatorio con enfermeras ya es una victoria enorme.
La contienda en Afganistán ya no se decide con bombardeos, sino en una guerra de desgaste. Señalar con el dedo a los mandos regionales, investigar a todos los bandos sin distinción y recordarles que no habrá rincón donde esconderse es, hoy por hoy, la única manera realista de agrietar el muro fundamentalista desde dentro.
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