Israel consolida el apartheid y acelera su maquinaria de anexión ilegal

El informe presentado por las Naciones Unidas ante el Consejo de Seguridad expone una política de desplazamiento forzado, confiscación de tierras e imposición colonial que desmantela las bases de un futuro Estado palestino

12 de Agosto de 2026
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Israel apartheid cisjordania
Una barrera de seguridad delimita una zona residencial en Cisjordania | Foto: Adobe Stock/Voddol

El lenguaje diplomático de las Naciones Unidas suele estar cubierto por una pátina de neutralidad formal, pero los datos presentados ante el Consejo de Seguridad por Ramiz Alakbarov, coordinador adjunto para el Proceso de Paz en Oriente Medio, dibujan una realidad devastadora que no admite eufemismos. Lo que sucede en el territorio palestino ocupado no es una crisis repentina ni una sucesión de incidentes aislados; es el resultado de un proyecto sistemático de despojo, una arquitectura colonial diseñada para estrangular la vida cotidiana de millones de personas y consolidar la ocupación sobre Cisjordania. La comparecencia en Nueva York dejó al descubierto la verdadera naturaleza de un proceso que avanza a marchas forzadas para erosionar cualquier posibilidad de soberanía palestina, hundiendo a la Autoridad Palestina en una asfixia presupuestaria calculada mientras se impone una soberanía de facto basada en la violencia estructural y el avance impune de las colonias.

La dimensión del drama cotidiano que enfrentan las comunidades palestinas se refleja en un goteo constante de violencia institucional y paramilitar. En lo que va de año, las incursiones de las fuerzas de ocupación y los ataques sistemáticos de los colonos se han cobrado la vida de decenas de palestinos, entre los que se cuentan numerosos niños, en una demostración implacable del desprecio por el derecho internacional. El patrón denunciado ante la diplomacia global revela una metodología precisa: las poblaciones son acosadas, hostigadas y desplazadas por la fuerza de sus hogares mediante la destrucción de sus medios de vida, la demolición de infraestructuras y la violencia directa de grupos de colonos armados que actúan bajo la protección y connivencia del aparato estatal. Este proceso de limpieza territorial, que durante años estuvo concentrado en el Área C, ha comenzado a devorar las Áreas A y B, reduciendo el mapa palestino a una serie de archipiélagos inconexos y desprovistos de viabilidad económica o política.

La expansión del proyecto colonial israelí en Cisjordania ha alcanzado niveles de aceleración que confirman el objetivo de borrar de forma definitiva la solución de dos Estados. La aprobación de más de doce mil nuevas viviendas en asentamientos ilegales desde principios de año constituye una afrenta directa a las resoluciones internacionales que condenan la alteración demográfica de los territorios ocupados. A esta masiva edificación en el Área C y en Jerusalén Este se suma una inyección presupuestaria multimillonaria destinada explícitamente a consolidar la presencia de los colonos y garantizar que la presencia israelí sea irreversible. El propio Gobierno de Israel ha dejado de ocultar sus intenciones, proclamando abiertamente que la inversión masiva en infraestructuras y seguridad colonial busca liquidar cualquier aspiración legítima a un Estado palestino independiente.

El traspaso de fronteras administrativas que antes se consideraban intocables evidencia la impunidad con la que opera la administración de ocupación. La incautación de tierras de propiedad privada palestina dentro del Área A, cerca de la localidad de Qabatiya, para construir redes viarias exclusivas que conecten asentamientos aislados, sienta un precedente alarmante. Por primera vez se documenta la expropiación directa en zonas que, según los Acuerdos de Oslo, debían estar bajo el control civil y de seguridad exclusivo de la Autoridad Palestina. Esta incursión en el corazón del territorio reservado para la población autóctona demuestra que las fronteras teóricas carecen de valor frente a la voracidad expansiva de las autoridades coloniales.

A este acorralamiento territorial se suma la profanación constante de los espacios comunitarios e internacionales. Las incursiones militares sin autorización en instalaciones de la Organización de las Naciones Unidas, como las registradas en centros de formación donde se imparte educación a niños y jóvenes refugiados, reflejan la absoluta falta de garantías jurídicas y la estrategia de amedrentamiento sobre cualquier institución que preste asistencia o testimonio de la realidad de la ocupación.

La agresión territorial se complementa con un estrangulamiento económico diseñado en las oficinas gubernamentales de Jerusalén. La retención arbitraria de miles de millones de dólares pertenecientes a los ingresos aduaneros de la Autoridad Palestina representa un chantaje financiero que la mantiene al borde de la quiebra absoluta. Al privar al Ejecutivo palestino de sus recursos financieros legítimos, el Gobierno israelí imposicilita el pago de los salarios de empleados públicos, médicos y docentes, desmantelando la red de servicios sociales básicos y provocando el colapso gradual del entramado institucional palestino.

Esta guerra económica se profundiza con la amenaza de desconexión del sistema bancario local. La negativa a renovar las garantias financieras que permiten a los bancos palestinos procesar operaciones en la divisa oficial busca aislar por completo a la economía palestina del circuito financiero regional e internacional, hundiendo a la población en una bancarrota artificial. Esta asfixia planificada pretende desarticular cualquier capacidad de resistencia institucional, forzando un escenario de dependencia absoluta que facilite el control coercitivo sobre la población sometida.

A pesar de este horizonte de demolición social y económica, la sociedad palestina intenta sostener sus procesos democráticos. Los preparativos para la celebración de elecciones legislativas representan un esfuerzo de legitimación política y de resistencia pacífica frente a la fragmentación impuesta. Sin embargo, la viabilidad de cualquier proceso electoral democrático se ve amenazada por las continuas restricciones a la libertad de movimiento, los arrestos arbitrarios de líderes sociales y la omnipresencia de un régimen militar que castiga cualquier atisbo de organización política o soberana.

El diagnóstico presentado ante el Consejo de Seguridad de la ONU confirma que la estrategia israelí en Cisjordania no es fortuita, sino la ejecución escalonada de un plan de anexión de facto que consagra un régimen de segregación racial y territorial. Al fragmentar el territorio, apoderarse de los recursos hídricos y agrícolas, e imponer un sistema legal dual donde los colonos gozan de plenos derechos civiles mientras la población palestina vive bajo la jurisdicción militar, la potencia ocupante ha transformado la ocupación en una estructura permanente de dominación colonial.

Las advertencias formuladas desde los organismos internacionales pierden eficacia en la medida en que no van acompañadas de sanciones diplomáticas o medidas coercitivas reales por parte de las potencias mundiales. La inacción de la comunidad internacional actúa como un aval implícito que permite al Gobierno israelí continuar la confiscación de tierras, la demolición de viviendas y el desplazamiento forzado de comunidades enteras sin asumir costo alguno. Mientras las denuncias se acumulan en las actas del Consejo de Seguridad, el terreno fértil de Cisjordania sigue siendo sustituido por el asfalto de las carreteras coloniales y el hormigón de los asentamientos, borrando día a día las bases geográficas de un futuro en paz y sellando el destino de millones de palestinos bajo el peso de una ocupación sin fin.

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