Trump da por sumada a la UE a sus sanciones contra Irán pero Bruselas habla de presión y diplomacia

El Gobierno de Estados Unidos presenta una declaración europea como respaldo a su ofensiva para aislar económicamente a Irán. El texto de Bruselas comparte la presión sobre Teherán, pero mantiene la desescalada y la diplomacia entre sus objetivos

04 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 10:08h
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Trump da por sumada a la UE a sus sanciones contra Irán pero Bruselas habla de presión y diplomacia

La Administración de Donald Trump ha decidido que la Unión Europea ya forma parte de su ofensiva para aislar económicamente a Irán. Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, celebró este jueves que Bruselas se haya unido «oficialmente» a la denominada Operación Marginado Económico, una campaña lanzada por Washington para cortar las vías de financiación iraníes y amenazar con sanciones a quienes continúen facilitándolas.

La palabra «oficialmente» tiene bastante importancia porque no aparece en la declaración europea a la que Bessent atribuye esa adhesión. Tampoco aparece el nombre de la operación estadounidense.

Lo que la Comisión Europea anunció el 31 de agosto, coincidiendo con la reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20 en Estados Unidos, es que continuará trabajando estrechamente con Washington, los países del G7 y otros socios internacionales para mantener la presión sobre Irán. Bruselas reclama a Teherán que limite sus programas nuclear y de misiles balísticos, abandone sus actividades desestabilizadoras, deje de apoyar militarmente a Rusia y ponga fin a la represión interna.

La posición europea es, por tanto, muy dura con el régimen iraní y comparte con Estados Unidos la necesidad de aumentar la presión económica. Otra cosa es convertir automáticamente esa coincidencia en una incorporación formal de la Unión Europea a una operación diseñada, bautizada y dirigida por la Administración Trump.

Qué ha dicho realmente la Unión Europea sobre Irán

La declaración de la Comisión Europea no deja demasiado espacio para presentar a Bruselas como complaciente con Teherán. La UE considera que Irán debe frenar su programa nuclear y de misiles balísticos y acusa al régimen de mantener actividades desestabilizadoras tanto en Oriente Próximo como en Europa, además de señalar su apoyo militar a la guerra rusa contra Ucrania y la represión ejercida contra su propia población.

Europa también se compromete a trabajar con Estados Unidos y otros socios internacionales para mantener la presión. Pero la frase continúa.

El objetivo expresado por Bruselas es que esa presión contribuya a la desescalada, favorezca la estabilidad regional y permita regresar a la diplomacia. Esa última parte resulta bastante menos visible en la celebración de Bessent, que presenta la declaración europea como una incorporación a la estrategia estadounidense para estrangular financieramente al régimen iraní.

La diferencia no significa que Europa se encuentre a medio camino entre Washington y Teherán. La UE mantiene sanciones contra Irán y comparte buena parte de las preocupaciones occidentales sobre su programa nuclear, sus capacidades militares y su actuación regional. Significa algo bastante más sencillo y también importante en política exterior. Coincidir en la necesidad de presionar a Irán no convierte necesariamente en propia toda la estrategia diseñada por Trump para conseguirlo.

Las sanciones de Trump contra Irán van mucho más lejos

Estados Unidos lanzó la Operación Marginado Económico el 24 de agosto por orden de Trump y desde el principio dejó bastante claro que no pretendía limitarse a imponer nuevas sanciones directas contra entidades iraníes.

Washington quiere cortar las conexiones económicas y financieras que todavía permiten a Teherán obtener ingresos, con especial atención al petróleo, el transporte marítimo, el oro, la aviación, las criptomonedas y las redes utilizadas para eludir las sanciones internacionales. El Departamento del Tesoro sostiene que parte de esos recursos termina financiando a la Guardia Revolucionaria, los programas de armamento y las organizaciones aliadas de Irán.

Bessent ha anunciado además que Estados Unidos pretende imponer nuevas sanciones secundarias de manera prácticamente semanal y ha advertido a bancos, empresas y países de las consecuencias de continuar facilitando determinadas operaciones iraníes.

Ahí aparece una de las características fundamentales de la política económica exterior de Trump. Estados Unidos no se limita a decidir con quién comercian sus propias empresas, sino que utiliza el acceso al dólar, a su sistema financiero y a su mercado para condicionar las decisiones de compañías y gobiernos de otros países.

Bessent lo explicó con una claridad difícil de mejorar cuando presentó la operación. Quienes apoyen a Estados Unidos podrán beneficiarse de esa alianza y quienes mantengan vínculos con el régimen iraní deberán asumir el riesgo de compartir su aislamiento. No es exactamente una invitación a construir una posición internacional común. Se parece bastante más a una elección entre alinearse con Washington o exponerse a las consecuencias económicas de no hacerlo.

Trump convierte el dólar en una herramienta de presión política

Las sanciones secundarias constituyen una de las armas más poderosas de Estados Unidos precisamente porque buena parte del sistema financiero internacional continúa dependiendo del dólar y del acceso a los mercados estadounidenses.

Una empresa europea, asiática o de cualquier otra región puede no estar sometida directamente a la legislación estadounidense y descubrir, sin embargo, que mantener determinados negocios con Irán pone en riesgo su acceso al sistema financiero de Estados Unidos. La capacidad de Washington para extender de esa manera los efectos de sus decisiones explica buena parte de la eficacia de sus sanciones, pero también las críticas que suscitan entre quienes consideran que Estados Unidos convierte su poder financiero en una forma de jurisdicción económica sobre terceros países. La Administración Trump ni siquiera intenta esconder demasiado esa lógica.

El secretario del Tesoro ha advertido de que las entidades financieras que faciliten operaciones iraníes pueden quedar apartadas del sistema basado en el dólar y Washington ha empezado ya a utilizar la nueva campaña contra instituciones que considera vinculadas a los flujos financieros de Teherán.

La presión alcanza inevitablemente a China, uno de los grandes socios económicos de Irán y una pieza sin la cual cualquier intento de aislamiento total encuentra límites evidentes. Ahí la contundencia estadounidense empieza a convivir con una realidad bastante más complicada, porque sancionar indiscriminadamente a grandes empresas o entidades chinas tendría consecuencias económicas y diplomáticas que Washington tampoco puede ignorar.

Aislar completamente a Irán resulta bastante más sencillo de anunciar que de ejecutar cuando hacerlo obliga a enfrentarse también con algunas de las mayores economías del planeta.

La UE comparte la presión pero no necesita que Trump hable en su nombre

La reacción iraní tampoco se ha hecho esperar. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baqaei, acusa a la Unión Europea de abandonar los valores que dice defender y de ceder ante la coerción estadounidense.

Bruselas difícilmente necesita aceptar esa descripción para mantener una posición propia frente a Irán. Europa tiene razones suficientes para preocuparse por el programa nuclear iraní, sus misiles, su apoyo a Rusia y la represión interna sin necesidad de asumir el relato de Teherán ni convertirse tampoco en una prolongación automática de la política exterior de Trump. Precisamente ahí reside el problema de la celebración estadounidense.

Bessent no se ha limitado a agradecer que la Unión Europea comparta la necesidad de presionar al régimen iraní. Ha anunciado que Europa se ha unido «oficialmente» a una operación estadounidense cuyo propio nombre pretende convertir a Irán en un marginado de la economía mundial y cuya estrategia incluye amenazar con sanciones a terceros que mantengan relaciones económicas con Teherán.

La declaración europea permite afirmar que existe una coincidencia importante con Washington sobre la necesidad de mantener la presión. Lo que no dice es que la UE haya entregado a Trump la definición de su política hacia Irán ni que haya renunciado a la desescalada y a la diplomacia que continúa mencionando expresamente.

Europa lleva demasiado tiempo debatiendo sobre autonomía estratégica como para que cada coincidencia con Washington pueda presentarse desde Estados Unidos como una adhesión a la estrategia de la Casa Blanca.

El problema tampoco consiste en llevar la contraria a Trump por sistema. Irán es una dictadura que reprime a su población, mantiene un programa nuclear que preocupa desde hace años a la comunidad internacional y ha contribuido a la desestabilización regional. Europa tiene motivos propios para mantener una política exigente frente a Teherán. Lo que debería decidir también por sí misma es hasta dónde quiere llegar, qué sanciones considera eficaces, cuánto coste está dispuesta a asumir y qué espacio pretende conservar para una salida diplomática.

Porque una alianza entre Estados Unidos y Europa no debería consistir en que Washington anuncia la estrategia, establece las consecuencias para quien se aparte de ella y después comunica al mundo que sus aliados se han unido oficialmente. Eso se parece bastante menos a una alianza que a la política exterior que Trump lleva tiempo intentando imponer.

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