Mientras agentes del U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) ejecutaban redadas migratorias en vecindarios hispanos y aceleraban procesos de deportación contra migrantes sin antecedentes penales, un indultado por el presidente Donald Trump recibía un trato radicalmente distinto al salir de prisión. La escena condensa una tensión profunda en la política migratoria de Estados Unidos: severidad máxima para los vulnerables, flexibilidad extraordinaria para quienes cuentan con respaldo político.
El beneficiario del indulto presidencial fue el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en un tribunal federal por cargos de narcotráfico. En circunstancias ordinarias, cualquier extranjero que cumple condena por un delito grave es transferido de inmediato a custodia del ICE. El procedimiento suele ser automático: detención en instalaciones migratorias, activación de una orden de deportación y permanencia bajo custodia mientras se organiza la expulsión del país.
En este caso, sin embargo, la secuencia fue distinta. La orden de detención migratoria que pesaba sobre Hernández fue retirada con inusual rapidez tras su liberación. No hubo ingreso a un centro de detención estándar ni imágenes de traslado bajo custodia federal. En lugar de ello, el exmandatario fue alojado temporalmente en un hotel de lujo, una decisión que, más allá de su justificación logística, tuvo un poderoso efecto simbólico en medio del debate sobre la aplicación desigual de la ley migratoria.
El contraste es inevitable. En los mismos días, el ICE desarrollaba operativos migratorios masivos, deteniendo a personas por infracciones administrativas, visados vencidos o faltas civiles. Muchas de ellas no tenían antecedentes penales y, aun así, afrontaron una detención prolongada, separación familiar y procesos acelerados de deportación. Familias divididas, traslados nocturnos y centros con condiciones restrictivas forman parte de una rutina migratoria que se ha normalizado bajo la narrativa de “mano dura” contra la inmigración irregular.
La disparidad entre ese trato y el dispensado a Hernández no es un matiz menor. El perdón presidencial de Trump es una facultad constitucional incuestionable, pero no elimina automáticamente la dimensión migratoria de un caso. La aplicación de los mecanismos habituales del ICE revela el alcance de la discrecionalidad administrativa en materia migratoria. Y en este episodio, esa discrecionalidad operó en sentido opuesto al que experimentan miles de migrantes sin influencia política.
Durante su presidencia, Trump construyó buena parte de su capital político sobre la promesa de combatir a los “criminales extranjeros” y reforzar la frontera. El ICE se convirtió en el emblema operativo de esa promesa y en pieza central de su estrategia de control migratorio. Sin embargo, el tratamiento excepcional concedido a un exmandatario condenado por narcotráfico introduce una grieta en esa narrativa. Si la severidad del sistema se justifica como defensa de la seguridad nacional, la indulgencia selectiva plantea interrogantes sobre la coherencia del discurso migratorio.
El alojamiento en un hotel de cinco estrellas no es solo un detalle logístico; es un símbolo de estatus y diferenciación. En un sistema donde la mayoría de los detenidos migratorios pasan días o semanas en centros cerrados bajo vigilancia constante, esa excepción proyecta una imagen de trato preferencial a un indultado por narcotráfico difícil de ignorar. La ley migratoria parece operar con distinta intensidad según el perfil político del individuo.
Más allá de la legalidad formal del indulto, el episodio revela una dimensión política más amplia: el poder ejecutivo no solo puede perdonar una condena, sino también influir en la forma en que las agencias aplican o modulan las consecuencias administrativas posteriores. Esa capacidad amplifica la percepción de un doble estándar en la aplicación de las leyes migratorias.
En el debate sobre redadas del ICE y deportaciones, las cifras suelen ocupar el centro de la discusión. Pero los símbolos moldean la opinión pública con igual fuerza. Cuando la dureza del sistema recae sobre trabajadores sin antecedentes y la flexibilidad beneficia a un actor político de alto perfil, la narrativa de igualdad ante la ley en Estados Unidos pierde consistencia.
El caso Hernández no redefine por sí solo la política migratoria estadounidense. Sin embargo, cristaliza una tensión estructural: un aparato capaz de actuar con contundencia implacable en redadas masivas y, al mismo tiempo, extraordinariamente acomodaticio cuando interviene el peso del poder político.
