La democracia peruana acaba de escenificar una de sus paradojas más desconcertantes. Ocurrió en el distrito de Queropalca, un enclave rural que parece vivir al margen del ruido acelerado del mundo moderno. Las urnas han hablado. Y el veredicto ha sido inapelable. Con un escaso pero suficiente treinta y cuatro por ciento de los votos, los vecinos le han entregado la vara de mando para los próximos años a un empresario local. Un resultado apretadísimo, la verdad: apenas cuarenta y dos votos de diferencia entre los tres aspirantes principales.
Sin embargo, lo que ha transformado una modesta contienda municipal de pueblo en un fogonazo de atención mediática a nivel internacional no ha sido el programa de gobierno ni las promesas sobre el alcantarillado. No. Ha sido un simple carnet de identidad. El nuevo alcalde se llama Hitler Mussolini Simeón Flores.
Si uno revisa el formulario oficial de postulación presentado ante los organismos electorales por el candidato del partido de centroizquierda Ahora Nación, encuentra muy poca luz sobre su trayectoria y absolutamente ninguna explicación sobre el origen de semejante combinación de nombres. Los papeles se limitan a consignar que el regidor electo dirige una firma comercial llamada Grupo de Inversiones Simeon Sac. Nada más.
Para cualquiera que observe la escena desde fuera, la simple reunión en un mismo documento de identidad de los dos personajes que encarnaron la barbarie y el colapso moral de la Europa del siglo veinte resulta un puñetazo en el estómago. Un insulto a la memoria histórica, vamos. Sin embargo, en la geografía profunda de los Andes, la resonancia trágica de esos apellidos cargados de sangre se desvanece en la nada. Se neutraliza por un fenómeno antropológico tan fascinante como chocante para el observador occidental.
"Yo soy el Hitler bueno"
Conviene aclarar algo para no llamarse a engaño: lo de Queropalca está muy lejos de ser un accidente aislado o una ocurrencia rara en los archivos electorales del Perú. La historia reciente de las zonas rurales del país está llena de episodios donde las etiquetas del horror europeo terminan convertidas en marcas de distinción familiar.
Imposible no recordar la contienda municipal de 2018 en el distrito de Yúngar. Aquello pareció escrito por los cronistas del realismo mágico más desatado: la victoria en las urnas de Hitler Guesclin Alba Sánchez frente a su rival directo, Lenin Vladimir Rodríguez Valverde. En aquel entonces, el Hitler candidato tuvo que patearse las emisoras de radio y los platós de televisión locales soltando una frase tan surrealista como aclaratoria para tranquilizar al personal. Decía, sin pestañear: "Tranquilos, que yo soy el Hitler bueno".
El origen de la costumbre: radios de onda corta y periódicos atrasados
Esta costumbre de bautizar a los recién nacidos con los nombres de autócratas o líderes extremistas no responde, en la inmensa mayoría de los casos, a una afinidad ideológica con el fascismo o el nazismo. Qué va. Estamos ante un proceso de descontextualización cultural pura y dura.
Durante décadas, en las comunidades más aisladas, los padres elegían los nombres que escuchaban a través de las ráfagas de la radio de onda corta o los que leían en trozos de periódicos viejos que llegaban con semanas de retraso. Sin una formación escolar que explicase los horrores del Holocausto o los campos de concentración, la ecuación mental era muy simple: si un nombre salía mucho en las noticias de la radio, debía de ser alguien importante, fuerte, con mando y determinación.
Así, el nombre quedaba despojado de su carga genocida y se convertía en un amuleto fonético para abrirse paso en la vida. Un nombre con garra, y a otra cosa.
De las alturas de Huánuco a las selvas de Namibia
El fenómeno, por cierto, tampoco es exclusivo de la cordillera andina. Se repite en otros rincones del mapa global donde la narrativa histórica eurocéntrica queda muy lejana.
Al otro lado del océano Atlántico, en el sur de África, el político Adolf Hitler Uunona encadena victoria tras victoria en las elecciones municipales de Namibia. Criado en una antigua colonia germana donde las denominaciones alemanas eran habituales, el propio edil confesó a los periodistas que de niño aquello le parecía un nombre perfectamente normal y corriente. Solo al hacerse mayor y estudiar historia descubrió la sombra del personaje con el que le tocó cargar en las cabeceras de la prensa.
Esta persistencia de la antropónima política en Perú saca a la luz el abismo cultural que separa a las élites urbanas de Lima de las poblaciones rurales olvidadas por el Estado. Mientras en los salones diplomáticos la noticia de la victoria de Hitler Mussolini en Queropalca produce escalofríos y titulares escandalizados, en el día a día del pueblo al candidato se le juzga por cosas mucho más terrenales: si es buen comerciante, si saluda a los vecinos o si va a arreglar de una vez el camino hacia la capital provincial. El peso de la historia global se ahoga ante las urgencias del pan diario.
Gobernar bajo la sombra de un nombre vacío
El triunfo del aspirante de Ahora Nación en el distrito nos deja una lección imprevista sobre cómo funciona la política en los márgenes. En un momento en que medio planeta mira con inquietud el resurgimiento de discursos autoritarios y movimientos de extrema derecha, el caso peruano nos recuerda que las palabras y las marcas pueden quedar completamente vacías de su significado original.
El nuevo alcalde tomará posesión de su cargo sin la más mínima intención de montar un régimen totalitario ni de aplicar doctrinas siniestras. Gobernará, con toda probabilidad, haciendo encaje de bolillos con un presupuesto modesto y atendiendo las quejas cotidianas de una población golpeada por el abandono de las instituciones.
Sin embargo, la anécdota quedará ahí registrada para el recuerdo. Una muestra más de que la historia humana es tan caprichosa que, en los pliegues más apartados de la cordillera, las mayores tragedias del pasado pueden terminar convertidas en la firma oficial de un alcalde elegido en democracia.
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