António Guterres utilizó este lunes un lenguaje poco habitual en diplomacia internacional. Directo, prudente y profundamente preocupado. “No hay una solución militar para Cuba”, afirmó el secretario general de Naciones Unidas mientras el Caribe vuelve a entrar lentamente en una zona de tensión que muchos creían enterrada en otro siglo.
La declaración no surge en el vacío. Llega después de semanas de creciente agresividad verbal por parte de Donald Trump, que ha vuelto a deslizar públicamente la posibilidad de que Estados Unidos “tome el control” de Cuba una vez finalizadas sus operaciones militares en Irán. Una frase que, pronunciada desde la Casa Blanca, deja de ser una simple provocación electoral para convertirse en un factor real de inestabilidad internacional.
Guterres eligió responder desde otro lugar. Desde el derecho internacional, desde la diplomacia y desde una evidencia histórica que América Latina conoce demasiado bien.
Cada vez que Washington ha intentado resolver políticamente un conflicto latinoamericano mediante presión militar o asfixia económica, el resultado ha sido más sufrimiento civil, más polarización y menos democracia.
El secretario general de la ONU insistió en que la situación humanitaria cubana es “dramática” y pidió abrir un “diálogo constructivo” que evite que la población siga pagando el precio de una confrontación geopolítica cada vez más peligrosa.
Sus palabras contienen además una crítica implícita muy clara a la estrategia de Trump hacia la isla. Especialmente después del endurecimiento de sanciones económicas y del bloqueo energético que atraviesa actualmente Cuba.
Porque detrás del lenguaje diplomático aparece una realidad difícil de ocultar. La crisis cubana ya no es únicamente política. También es una emergencia social y energética que afecta directamente a millones de personas.
La ONU volvió además a cuestionar las sanciones estadounidenses contra La Habana y recordó que la Asamblea General lleva años considerándolas contrarias al Derecho Internacional.
En los últimos meses, el discurso de Trump hacia Cuba ha recuperado una retórica que parecía propia de la Guerra Fría. Amenazas de intervención, presión económica extrema y referencias constantes al “cambio de régimen”. Un lenguaje que inquieta incluso a aliados tradicionales de Estados Unidos y que Naciones Unidas intenta ahora contener antes de que la escalada se vuelva irreversible.
La sensación de fondo es que el trumpismo ha convertido nuevamente América Latina en un tablero de confrontación ideológica y estratégica.
Guterres también fue preguntado por el precedente venezolano tras la operación estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro en Caracas. El secretario general evitó equiparar ambas situaciones y señaló que Venezuela respondía a dinámicas políticas completamente distintas.
Pero el simple hecho de que esa comparación haya llegado ya a las ruedas de prensa de Naciones Unidas revela hasta qué punto el clima internacional se ha deteriorado en apenas unos meses.
Porque hace no tanto tiempo resultaba impensable escuchar en organismos multilaterales debates abiertos sobre posibles intervenciones militares estadounidenses en países latinoamericanos soberanos.
La respuesta venezolana a las palabras de Guterres no tardó en llegar. Caracas acusó al secretario general de actuar con falta de imparcialidad y denunció el deterioro de la credibilidad de Naciones Unidas.
Sin embargo, más allá del ruido diplomático, la intervención de Guterres parece responder a una preocupación bastante más profunda.
La posibilidad de que el conflicto con Cuba deje de ser una disputa política para transformarse en una crisis regional de consecuencias imprevisibles.
Y ahí la historia pesa mucho.
América Latina conserva todavía demasiada memoria de invasiones, bloqueos, golpes de Estado y operaciones encubiertas como para escuchar con normalidad determinadas amenazas pronunciadas desde Washington.
Por eso las palabras de Guterres tienen también algo de advertencia histórica. Porque cuando la política internacional empieza a hablar demasiado de soluciones militares, suele ser señal de que la diplomacia está llegando peligrosamente tarde.