La guerra de Ucrania desnuda a Europa: mucha retórica, poco poder real

La promesa de gastar más en defensa choca con electorados cansados, gobiernos frágiles y una industria incapaz de responder al ritmo de la guerra

07 de Enero de 2026
Actualizado el 08 de enero
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La Eurocámara advierte de que, sin un aumento sustancial de la inversión, no se alcanzarán los objetivos de seguridad y defensa de la UE. | Foto: Unión Europea

Europa ha vuelto a instalarse en una zona incómoda de la historia: aquella en la que las certezas estratégicas se descomponen más rápido que la capacidad política para reaccionar. Durante décadas, la autonomía estratégica europea en materia de seguridad fue un debate amortiguado por la garantía estadounidense y por la ilusión de un entorno geopolítico relativamente benigno. Hoy, ese debate ha dejado de ser académico para convertirse en una urgencia política y militar.

La guerra en Ucrania, la adaptación progresiva de Rusia como potencia en guerra prolongada y la ambigüedad creciente del compromiso estadounidense con la seguridad europea han transformado la defensa del continente en un problema inmediato. Ya no se trata de diseñar el futuro, sino de gestionar una vulnerabilidad presente.

OTAN, Bruselas y la brecha entre promesas y capacidades

La reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en Bruselas, celebrada el 3 de diciembre, expuso con claridad esta tensión estructural. El mensaje oficial fue ambicioso: reafirmación del apoyo a Ucrania, impulso a la producción industrial de defensa y el compromiso asumido en la Cumbre de La Haya de avanzar hacia un gasto del 5% del PIB en defensa y seguridad para 2035.

Sin embargo, la brecha entre los compromisos declarativos y las capacidades reales sigue ensanchándose. Europa promete en un contexto en el que el tiempo estratégico se acelera, mientras sus instrumentos industriales, fiscales y políticos avanzan con una lentitud incompatible con la dinámica del conflicto.

Ucrania, el termómetro del déficit europeo

Ucrania se ha convertido en el termómetro más preciso de esta disonancia estratégica. En el eje Pokrovsk–Myrnohrad, los combates se han intensificado, con infiltraciones rusas y una presión sostenida sobre el frente. Kiev insiste en la urgencia de reforzar su defensa aérea, especialmente antes de que el invierno complique la logística y la movilidad.

Las entregas adicionales de sistemas Patriot por parte de Alemania en 2025 son relevantes, pero también revelan una debilidad estructural: Europa carece de reservas suficientes y de una base industrial preparada para sostener una guerra de alta intensidad y larga duración. La producción de munición y repuestos avanza, pero a un ritmo inferior al que exige el campo de batalla.

Soluciones provisionales y fragilidad política

La iniciativa checa de adquirir munición fuera de Europa fue un parche eficaz: cerca de 1,8 millones de cartuchos entregados solo en 2025. Pero su fragilidad política expone uno de los males crónicos del proyecto europeo: la dependencia de voluntades nacionales cambiantes.

La llegada de un nuevo gobierno populista en Praga, liderado por Andrej Babiš, pone en duda la continuidad del programa y amenaza con interrumpir una línea de suministro crítica para Ucrania. La posible retirada del papel coordinador checo subraya una verdad incómoda: la solidaridad europea sigue siendo contingente, no estructural.

Integración industrial contra límites políticos

Desde Bruselas, París, Roma, los países bálticos y los gobiernos nórdicos se insiste en la necesidad de una contratación pública más coordinada y de una mayor integración de la industria de defensa europea. Pero estas propuestas chocan con restricciones fiscales, crecimiento económico anémico y electorados cada vez más sensibles al gasto social.

Incluso los avances (como el plan SAFE, con 19 Estados participantes y Canadá como socio) conviven con cicatrices recientes. El rechazo del parlamento neerlandés a ReArm Europe, un ambicioso plan financiado con deuda, sigue pesando como recordatorio de los límites políticos de la integración en defensa.

Rusia se adapta mientras Europa debate

Mientras Europa duda, Rusia se adapta. La profundización de su cooperación con Irán y Corea del Norte ha permitido a Moscú reconstituir arsenales, mejorar sus capacidades de drones y mitigar el impacto de las sanciones occidentales. Al mismo tiempo, los servicios de inteligencia europeos detectan un aumento de la actividad cibernética rusa, con intentos de sabotaje de infraestructuras críticas en Polonia y los Estados bálticos.

La guerra híbrida avanza incluso cuando el frente físico se mueve lentamente, explotando las vulnerabilidades estructurales de sociedades abiertas, fragmentadas y políticamente polarizadas.

Populismo y fatiga estratégica

El contexto político interno agrava el problema. Las elecciones en la República Checa y los Países Bajos, el repliegue eslovaco en su apoyo a Kiev, las divisiones de la coalición alemana sobre la sostenibilidad del gasto militar y los debates franceses sobre el ritmo de la integración reflejan una tendencia común: el auge de fuerzas populistas y euroescépticas que cuestionan los costos de la defensa colectiva.

La unidad estratégica europea se erosiona no por falta de diagnósticos, sino por la dificultad de traducirlos en consensos duraderos.

La sombra de Estados Unidos

A todo ello se suma la sombra alargada de Estados Unidos. Aunque Washington no ha reducido formalmente su presencia militar en Europa, la revisión de su postura global y el énfasis creciente en Oriente Medio y el Indopacífico refuerzan la percepción de que la garantía estadounidense ya no es incondicional ni eterna.

Incluso sin cambios explícitos, la imprevisibilidad percibida obliga a Europa a revisar supuestos fundamentales sobre su propia seguridad.

La decisión que definirá a Europa

La pregunta central no es si Europa reconoce el problema, sino si es capaz de cerrar la brecha entre retórica y capacidad. Los instrumentos industriales de la UE apuntan en la dirección correcta, pero son insuficientes a corto plazo. Décadas de subinversión no se corrigen en un ciclo presupuestario.

Europa afronta así un doble desafío: sostener a Ucrania en un momento crítico e invertir en las capacidades que definirán su seguridad futura. Ambos objetivos requieren algo más escaso que el dinero: claridad política y voluntad de asumir costos.

De las decisiones que se tomen ahora dependerá no solo el desenlace de la guerra en Ucrania, sino el lugar que Europa ocupará en el orden de seguridad global. Otras regiones, incluida Asia, observan con atención. La respuesta europea determinará si el continente está preparado para ser un actor estratégico o seguirá siendo, pese a su retórica, un espectador inquieto de su propia vulnerabilidad.

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