La guerra nuclear ya no es una utopía

Los autócratas que gobiernan las grandes potencias militares llevan al mundo al borde de una guerra nuclear

10 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:46h
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Trump Putin guerra nuclear

El Reloj del Juicio Final, creado en 1946 por el Boletín de los Científicos Atómicos, nunca había estado tan cerca de la medianoche como el 27 de enero de 2026, cuando sus editores movieron las manecillas a 85 segundos del final. El gesto, cargado de simbolismo y advertencia, no es una metáfora exagerada ni un ejercicio retórico para tiempos de titulares fáciles. Es, más bien, el resultado de una evaluación fría y técnica de un mundo que ha vuelto a coquetear con la aniquilación nuclear como si las lecciones del siglo XX se hubieran archivado junto a los tratados olvidados.

La expiración del Nuevo Tratado START el 5 de febrero de 2026 marca un punto de inflexión histórico. Era el último gran acuerdo de limitación y verificación de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia, las dos potencias que concentran alrededor del 86% del arsenal nuclear mundial, estimado en 12.321 cabezas nucleares. Su desaparición deja vía libre a ambos países para superar los límites sobre armas estratégicas y elimina los mecanismos de inspección mutua que, durante décadas, redujeron la probabilidad de errores de cálculo fatales. Casualmente, esto sucede con dos autócratas en el poder de ambas potencias, Donald Trump y Vladimir Putin.

El final del Nuevo START no ha sido fruto de un accidente diplomático, sino de una desidia política deliberada. No hubo intentos serios de renovación ni de sustitución. En un contexto de creciente rivalidad geopolítica, el control de armas ha pasado de ser un bien común a una moneda de cambio irrelevante. El mensaje implícito es inquietante: la estabilidad estratégica ya no es una prioridad.

Nueva carrera armamentística nuclear

Lejos de reducirse, la carrera nuclear global se ha acelerado. Las nueve potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte) están modernizando sus arsenales y desarrollando nuevas capacidades. No se trata solo de cantidad, sino de calidad: armas más precisas, sistemas de lanzamiento más rápidos y doctrinas que reducen el umbral de uso.

El caso de China es especialmente significativo. Su arsenal es el de mayor crecimiento relativo, impulsado por una estrategia de disuasión ampliada y por la percepción de cerco estratégico en Asia-Pacífico. Como advirtió Hans Kristensen, uno de los mayores expertos en desarme nuclear, "la era de la reducción del número de armas nucleares ha llegado a su fin". En su lugar, emerge una combinación peligrosa de acumulación, retórica agresiva y abandono de acuerdos multilaterales.

Trump, la normalización del exceso nuclear

Washington no ha sido un actor pasivo en esta deriva. El gobierno estadounidense está inmerso en un programa de “modernización” nuclear valorado en 1,7 billones de dólares, uno de los proyectos militares más costosos de la historia. El presidente Donald Trump no solo lo ha defendido, sino que lo ha celebrado como una demostración de supremacía estratégica.

Más preocupante aún fue la orden, en octubre de 2025, de preparar al Pentágono para reanudar las pruebas nucleares, suspendidas desde hace 33 años. Aunque Estados Unidos firmó el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares de 1996, nunca lo ratificó, manteniendo así una ambigüedad legal que ahora se traduce en hechos. La reanudación de pruebas no sería solo un retroceso técnico, sino un terremoto político que incentivaría a otras potencias a seguir el mismo camino.

Amenaza nuclear, el nuevo lenguaje político

Durante la Guerra Fría, la amenaza nuclear era implícita, envuelta en doctrinas y comunicados crípticos. Hoy ha regresado como lenguaje explícito, casi banal. Donald Trump, Vladimir Putin y Kim Jong Un han recurrido públicamente a la amenaza atómica como instrumento de presión política.

En el contexto de la invasión rusa de Ucrania, el Kremlin emitió 135 amenazas nucleares entre febrero de 2022 y diciembre de 2024. Aunque muchos analistas las interpretaron como chantaje, el riesgo no reside solo en la intención, sino en la normalización del discurso. Cuando incluso Xi Jinping se vio obligado a reprender a Putin por este comportamiento, quedó claro que la línea roja retórica ya había sido cruzada.

Nacionalismo y debilitamiento del multilateralismo

El riesgo nuclear no existe en el vacío. Está íntimamente ligado al aumento de los conflictos entre Estados y al declive de la cooperación internacional. Las Naciones Unidas, diseñadas para gestionar crisis existenciales, se ven cada vez más paralizadas por vetos cruzados y rivalidades sistémicas.

Como señalaron los editores del Boletín de los Científicos Atómicos, las grandes potencias se han vuelto "más agresivas, hostiles y nacionalistas". Los acuerdos globales se desmoronan y son reemplazados por una lógica de suma cero, donde la seguridad de unos se construye sobre la inseguridad de otros. En este contexto, la disuasión deja de ser un equilibrio estable y se convierte en una apuesta temeraria.

Lecciones del siglo XX

La historia ofrece un espejo inquietante. En la segunda mitad del siglo XX, el mundo estuvo varias veces a minutos del desastre, desde la Crisis de los Misiles de Cuba hasta errores técnicos que casi desencadenaron represalias automáticas. Y, sin embargo, fue precisamente entonces cuando emergió una movilización social global contra la guerra nuclear.

Esa presión ciudadana, unida a liderazgos políticos pragmáticos, logró frenar la carrera armamentística, reducir los arsenales en más de un 80% y establecer una arquitectura de tratados que, con todas sus imperfecciones, funcionó durante décadas. No fue idealismo ingenuo, sino realismo informado: la comprensión de que una guerra nuclear no podía ganarse.

Tratado sobre la prohibición de las armas nucleares

En el siglo XXI, ese legado encontró una nueva expresión en la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN) y en el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), adoptado en 2017 por 122 países. Aunque las potencias nucleares lo rechazaron, el tratado entró en vigor en 2021 y ha sido firmado por 99 Estados.

El TPAN no desmantela arsenales por sí solo, pero cumple una función crucial: deslegitima moral y jurídicamente las armas nucleares. Establece un nuevo estándar normativo y recuerda que la seguridad no puede basarse indefinidamente en la amenaza de exterminio masivo.

Irracionalidad estratégica

Más allá de tratados y campañas, existe un argumento incontestable: la guerra nuclear es intrínsecamente irracional. Una sola bomba puede matar a millones de personas. Un intercambio limitado podría desencadenar un invierno nuclear con consecuencias globales. Incluso una “victoria” sería una derrota civilizatoria.

La célebre frase atribuida a Nikita Jrushchov, "tras una guerra nuclear, los supervivientes envidiarían a los muertos", resume una verdad incómoda que la mayoría de la humanidad ha interiorizado, aunque no siempre quienes toman las decisiones.

El avance hacia el abismo no es irreversible. La historia demuestra que las tendencias pueden cambiar cuando convergen presión pública, liderazgo político y conciencia del riesgo. Aún hay tiempo para respirar hondo, reconsiderar prioridades y reconstruir mecanismos de confianza. El Reloj del Juicio Final no marca un destino, sino una advertencia. Ignorarla sería, esta vez, imperdonable.

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