En el ecosistema de las relaciones internacionales, la sobriedad suele ser el último refugio de la razón. Sin embargo, el actual ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, parece haber canjeado la alta política por el lenguaje abrasivo de las redes sociales, transformando la cancillería en una plataforma de hostigamiento digital. Su reciente andanada contra el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, tras la muerte del ayatolá Jameneí en Irán, no solo carece del decoro exigible a un diplomático de su rango, sino que revela una alarmante deriva hacia la caricaturización geopolítica. Al preguntarse mofándose qué hará ahora "el pobre Sánchez" tras haberle "quitado" a sus supuestos aliados, Saar cruza la línea que separa la discrepancia legítima del insulto institucional.
El uso de imágenes manipuladas o descontextualizadas —como la comparativa entre el líder iraní y un capturado Nicolás Maduro— busca trazar una falsa equivalencia moral que ignora la complejidad de la política exterior europea. La fijación del Gobierno de Israel con España ha escalado desde la tensión diplomática hasta una suerte de acoso sistemático en el que se intenta presentar cualquier apelación al derecho internacional como una connivencia con el terrorismo. Para Saar, que España prohíba el uso de sus bases militares para ataques contra Irán no es un ejercicio de soberanía o prudencia, sino una capitulación que sitúa a Madrid en lo que él denomina el "lado incorrecto de la historia".
Esta retórica del señalamiento se nutre de la simplificación absoluta. Al utilizar los agradecimientos públicos de actores como Hamás, los hutíes o la propia embajada de Irán para estigmatizar a Sánchez, el ministro Gideon Saar ignora deliberadamente que la posición española se fundamenta en el respeto a la legalidad internacional y la desescalada regional. El intento de presentar a España como un satélite de Teherán por el simple hecho de no plegarse a los dictámenes bélicos de la administración Trump o a la estrategia de represalias de Jerusalén, supone un ejercicio de miopía diplomática que solo contribuye a fracturar aún más la unidad de los aliados occidentales en el Mediterráneo.
Lo que resulta especialmente crítico es la ligereza con la que un ministro de Exteriores despacha asuntos de vida o muerte mediante memes y ataques personales. La seguridad de las bases militares y la gestión de la crisis en Oriente Medio requieren interlocutores capaces de tender puentes, no de dinamitarlos con retórica de barra de bar. Al insistir en preguntar si Sánchez está en el lado correcto de la historia, Saar parece olvidar que la historia también juzga con severidad a quienes, en momentos de máxima volatilidad, prefieren el aplauso fácil del populismo digital a la responsabilidad de una diplomacia constructiva.