Guerra en el exilio iraní por ganarse el favor de Donald Trump

Las distintas facciones del exilio iraní está compitiendo por ganarse a las principales figuras de la secta MAGA para ser las elegidas por Donald Trump para convertirse en los gobiernos títeres en el caso de que caiga el régimen de los ayatolás

11 de Marzo de 2026
Actualizado el 12 de marzo
Guardar
Donald Trump ilegal

La historia de las intervenciones occidentales en Oriente Medio suele escribirse con la tinta de la ambición y el desconocimiento profundo de las dinámicas locales. En los pasillos del poder de Washington, donde la memoria política es a menudo tan corta como el ciclo de noticias de veinticuatro horas, el fantasma de Ahmad Chalabi ha vuelto a materializarse, pero esta vez con un acento persa. La reciente operación militar de Donald Trump contra el régimen iraní no solo ha alterado el equilibrio de fuerzas en el Golfo, sino que ha desatado una competición feroz y, en ocasiones, surrealista entre las facciones del exilio que aspiran a heredar las cenizas de Teherán. Este fenómeno del síndrome del libertador externo plantea interrogantes fundamentales sobre la viabilidad de una democracia impuesta y la peligrosa seducción que ejercen los grupos de presión sobre la política exterior estadounidense.

Aquel noviembre de 2002, cuando los grupos de combate estadounidenses surcaban las aguas hacia Irak, los exiliados iraquíes se repartían un pastel que aún no había sido horneado. Chalabi, un exbanquero con un talento innato para la narrativa neoconservadora, convenció a la administración Bush de que sería recibido con vítores y flores. La realidad fue un descenso sangriento hacia la insurgencia y la fragmentación sectaria. Hoy, el escenario se repite con una fidelidad inquietante. Las facciones iraníes en el exilio, conscientes de que la ventana de oportunidad abierta por la Casa Blanca es estrecha, han iniciado una ofensiva de relaciones públicas que busca presentar a sus líderes como los únicos interlocutores válidos para un futuro Irán democrático. Sin embargo, tras la fachada de comunicados de prensa y conferencias en hoteles de lujo, se esconde una desconexión alarmante con la realidad social y política dentro de las fronteras iraníes.

El grupo que ha mostrado mayor capacidad de movilización en los círculos de la secta MAGA es, sin duda, el de los Muyahidines del Pueblo o MEK, liderado por Maryam Rajavi desde su base en París. La trayectoria del MEK es una de las más singulares y controvertidas de la política contemporánea. Fundado en los años sesenta como una amalgama de marxismo e islamismo, el grupo no solo luchó contra el Sha, sino que dirigió sus armas contra ciudadanos y militares estadounidenses en Teherán. Su posterior alianza con Saddam Hussein durante la guerra entre Irán e Irak les valió el estigma de traidores para una gran parte de la población iraní, un lastre que ni siquiera décadas de costosas campañas de imagen han logrado borrar del todo. No obstante, su metamorfosis en una organización que defiende formalmente la democracia y el laicismo ha sido recibida con entusiasmo por figuras como Rudy Giuliani y Mike Pompeo, quienes ven en su estructura cuasi-militar y su red de informantes una herramienta útil para la desestabilización del régimen clerical.

La influencia del MEK en Washington es un testimonio del poder del lobby profesional. Tras desembolsar millones de dólares a firmas de relaciones públicas, lograron que se les retirara de la lista de organizaciones terroristas en 2012, un movimiento que abrió las puertas a una legitimación política sin precedentes. Giuliani, actuando como un embajador informal de la causa de Rajavi, ha llegado a afirmar que el grupo tiene un "gobierno en la sombra" listo para tomar las riendas del país. Esta afirmación, sin embargo, choca frontalmente con los análisis de la CIA y de expertos en seguridad nacional que consideran al MEK una organización de tipo sectario con un apoyo interno prácticamente inexistente. Para muchos iraníes, la idea de sustituir una teocracia por una organización que exige una lealtad absoluta a sus líderes no representa una liberación, sino un cambio de carcelero.

En el otro extremo del espectro del exilio se encuentra Reza Pahlavi, el hijo del último Sha de Irán. Pahlavi encarna una nostalgia que ha cobrado fuerza en ciertos sectores de la juventud iraní, agotada por décadas de restricciones sociales y estancamiento económico. Su discurso, cuidadosamente diseñado para las audiencias occidentales y las redes sociales, se aleja del autoritarismo de su padre para abrazar valores de tolerancia, pluralismo y, significativamente, una relación pragmática con Israel. Su reciente viaje a Jerusalén y su recepción por parte de Benjamin Netanyahu marcaron un hito en su estrategia de posicionamiento internacional. Pahlavi se presenta como el unificador, el hombre que puede servir de puente entre el pasado monárquico y un futuro liberal, apoyado por una supuesta mayoría silenciosa que añora la apertura de los años setenta.

Sin embargo, la figura de Pahlavi también es objeto de un intenso escrutinio. Sus detractores, incluidos los portavoces del MEK como Ali Safavi, le recuerdan constantemente el legado de represión y tortura de la SAVAK, la policía secreta de su padre. Aunque Pahlavi se esfuerza por diferenciarse del régimen anterior, su dependencia del reconocimiento externo y su aparente falta de una infraestructura organizativa sólida dentro de Irán lo sitúan en una posición de vulnerabilidad. La reciente filtración de una videollamada donde fue engañado por humoristas rusos, en la que se mostraba dispuesto a apoyar bombardeos extranjeros sobre su propio país, ha dañado su imagen de líder patriótico y moderado. La política del exilio es un juego de espejos donde la percepción en los estudios de Fox News a menudo se confunde con la realidad en las calles de Teherán o Mashhad.

La administración de Donald Trump, fiel a su estilo de "América primero" y a su desconfianza hacia los compromisos a largo plazo, parece estar utilizando a estos grupos como peones en una partida de ajedrez más amplia. El presidente ha evitado comprometerse formalmente con ninguno de los dos líderes, sugiriendo que la solución preferible vendría de "alguien de dentro". Esta postura refleja una comprensión rudimentaria pero efectiva de que los gobiernos impuestos desde el exterior rara vez sobreviven al primer invierno de la posguerra. La cautela de Trump contrasta con el fervor de sus asesores más cercanos, creando una esquizofrenia política en la que el Departamento de Estado y la Casa Blanca a veces parecen hablar idiomas distintos respecto al futuro de Irán.

La lección que dejaron las guerras de Irak y Afganistán es que el vacío de poder es un imán para el caos. Cuando un régimen colapsa bajo el peso de la presión militar externa, las estructuras sociales preexistentes tienden a fragmentarse a lo largo de líneas étnicas, religiosas o tribales. En el caso de Irán, un país con una identidad nacional robusta pero atravesado por tensiones internas considerables, la imposición de un líder del exilio que ha vivido décadas en Washington o París podría ser el catalizador de una guerra civil. Los analistas de inteligencia, como Mark Fowler, advierten que los exiliados tienden a exagerar su influencia para asegurar el flujo de fondos y apoyo político. El peligro es que los responsables de la toma de decisiones en Estados Unidos basen sus planes de contingencia en estos informes sesgados, repitiendo el error de cálculo que llevó al desastre de 2003.

El papel de los medios de comunicación y de las redes sociales en esta contienda por el poder es fundamental. Figuras como Matt Gaetz y otros comunicadores del ecosistema mediático de la extrema derecha actúan como megáfonos para las promesas de los exiliados, creando una cámara de eco donde la victoria se presenta como inevitable y el apoyo popular como un hecho consumado. Esta propaganda no solo influye en la opinión pública estadounidense, sino que también llega a los hogares iraníes a través de la televisión por satélite y aplicaciones de mensajería, alimentando expectativas que difícilmente podrán cumplirse. La brecha entre la retórica de los salones de Washington y las necesidades de una población que sufre el impacto de las sanciones y la guerra es cada vez más profunda.

Desde una perspectiva de análisis geopolítico, la situación actual representa una encrucijada para la hegemonía estadounidense en la región. Si Washington opta por ungir a un líder sin base real, se arriesga a quedar atrapado en una ocupación indefinida para sostener a un gobierno títere. Si, por el contrario, permite que el proceso interno siga su curso sin una dirección clara, el vacío podría ser llenado por facciones radicales o por la influencia de potencias rivales como Rusia o China. La tragedia del exilio iraní es que sus dos rostros más visibles, Rajavi y Pahlavi, representan visiones de un Irán que quizás ya no existe o que la mayoría de los iraníes no desea recuperar. Uno ofrece un pasado imperial idealizado y el otro una estructura revolucionaria anacrónica; ninguno parece ofrecer un camino realista hacia la reconciliación nacional.

El legado de la interferencia estadounidense en Oriente Medio está jalonado de buenas intenciones que pavimentaron el camino al infierno. La creencia de que se puede seleccionar a un líder nacional como quien elige a un candidato en un reality show ignora la complejidad de las sociedades humanas. Irán no es un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven por voluntad divina o presidencial; es una nación con una historia milenaria y un sentido de la soberanía profundamente arraigado. Cualquier transición exitosa deberá nacer de las fuerzas vivas dentro del país, de aquellos que han sufrido las consecuencias del régimen y de las sanciones, y no de quienes han observado la tragedia desde la comodidad de la distancia.

En última instancia, el espectáculo de la oposición iraní en Washington es un recordatorio de la fragilidad del orden internacional. Mientras los exiliados compiten por la atención de la Casa Blanca, el pueblo iraní se enfrenta a un futuro de incertidumbre y dolor. La geopolítica de la era Trump, caracterizada por la ruptura de normas y la apuesta por el shock externo, ha puesto a prueba los cimientos de la estabilidad regional. La pregunta que queda en el aire no es quién será el próximo líder de Irán, sino si Estados Unidos ha aprendido algo de las cenizas de Bagdad. El riesgo de elegir la opción equivocada, o de imponer una opción que nadie en el país desea, es un error que el mundo no puede permitirse repetir. La subasta por Teherán continúa, pero el precio final lo pagarán, como siempre, quienes no tienen voz en las mesas de negociación de la capital estadounidense.

 

Lo + leído