Francia envía tropas a Groenlandia

No es casual que Macron haya convocado un Consejo de Defensa para analizar simultáneamente la situación en Groenlandia y la crisis en Irán. Ambos escenarios ilustran un mismo fenómeno: el retorno de la geopolítica territorial

15 de Enero de 2026
Actualizado a las 11:01h
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Francia Macron Frederiksen
Emmanuel Macron y la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen | Foto: Presidencia de la República Francesa

Durante décadas, Groenlandia fue para la geopolítica internacional algo parecido a un mapa en blanco: enorme, inhóspita y aparentemente marginal. Esa percepción ha quedado obsoleta. El anuncio del presidente francés, Emmanuel Macron, de que Francia participará en ejercicios militares conjuntos con Dinamarca en el territorio ártico marca un punto de inflexión: Europa empieza a tratar Groenlandia no como una remota posesión danesa, sino como un frente estratégico clave.

La decisión francesa, bautizada como Operación Resistencia Ártica, no responde a un vacío de seguridad inmediato, sino a una señal política deliberada. Los primeros militares franceses ya se encuentran en camino, y una quincena de soldados especialistas en alta montaña ha llegado a Nuuk, la capital groenlandesa. Es una presencia limitada en términos militares, pero relevante en términos simbólicos: Francia, potencia nuclear y miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, se involucra directamente en una disputa territorial dentro del perímetro de la OTAN.

La tensión que nadie quería

La tensión tiene un origen claro. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reactivado su idea de que Washington debe tomar el control de Groenlandia, presentándola como una necesidad estratégica para la seguridad occidental frente a Rusia y China. Esta semana, antes de una reunión trilateral en Washington, Trump fue explícito: con Groenlandia en manos de Estados Unidos, la OTAN sería “mucho más eficaz”. Cualquier otra opción, añadió, es “inaceptable”.

La reunión entre representantes de Estados Unidos, Dinamarca y el Gobierno autónomo de Groenlandia confirmó la profundidad del desacuerdo. Tras menos de una hora de conversaciones, el único resultado tangible fue la creación de un grupo de trabajo para gestionar “discrepancias fundamentales”. En lenguaje diplomático, una forma elegante de reconocer un choque frontal de posiciones.

Para Dinamarca y para el propio pueblo groenlandés la línea roja es clara: la integridad territorial, la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación no son negociables. Para Trump, en cambio, la cuestión se formula en términos de control estratégico, poder militar y ventaja geopolítica.

Europa descubre ahora el Ártico

La respuesta europea ha sido rápida, aunque cuidadosamente calibrada. Francia no está sola. Alemania, Suecia y Noruega han anunciado el envío de oficiales militares a Groenlandia para explorar fórmulas de cooperación en seguridad. Dinamarca, por su parte, ha incrementado de forma inmediata su presencia militar en el Ártico y ha convocado maniobras militares con aliados de la OTAN.

Este movimiento coordinado revela un cambio de mentalidad en Europa. Hasta ahora, muchos gobiernos europeos asumían que cualquier tensión en Groenlandia debía resolverse dentro del eje bilateral Washington-Copenhague. Hoy resulta evidente que ese enfoque ya no es suficiente. Si un aliado de la OTAN cuestiona abiertamente la soberanía territorial de otro, el problema deja de ser local y se convierte en un desafío estructural para la alianza atlántica.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha apuntado en esa dirección al señalar la necesidad de reforzar la presencia aliada en Groenlandia. Para varios países europeos, este refuerzo cumple además otra función: ofrecer a Trump una respuesta colectiva que atienda sus preocupaciones de seguridad sin concederle la anexión del territorio ártico que reclama.

El dilema de la OTAN

Groenlandia plantea una paradoja incómoda para la Alianza Atlántica. La OTAN se diseñó para defender a sus miembros frente a amenazas externas, no para gestionar conflictos territoriales internos generados por uno de sus socios más poderosos. La insistencia de Donald Trump obliga a los aliados a elegir entre aceptar una redefinición de fronteras por presión política o reafirmar principios que hasta ahora se consideraban intocables.

La respuesta europea, al menos por el momento, se inclina por lo segundo. La presencia de Francia, Alemania y los países nórdicos no busca una militarización acelerada del Ártico, sino subrayar que Groenlandia ya forma parte del espacio de seguridad occidental y que su defensa no requiere un cambio de soberanía.

Más allá de Groenlandia

No es casual que Macron haya convocado un Consejo de Defensa para analizar simultáneamente la situación en Groenlandia y la crisis en Irán. Ambos escenarios ilustran un mismo fenómeno: el retorno de la geopolítica territorial, en un mundo donde las normas internacionales se erosionan y el uso del poder duro vuelve a ser una herramienta explícita de negociación.

Groenlandia ya no es solo una cuestión de hielo, minerales estratégicos o rutas marítimas árticas. Es una prueba de estrés para Europa, para la OTAN y para la relación transatlántica. Si los aliados no logran gestionar esta disputa sin fracturas, el mensaje para actores como Moscú o Pekín será inequívoco.

Por ahora, el despliegue militar europeo es limitado y cuidadosamente simbólico. Pero el simple hecho de que exista confirma que el Ártico ha dejado de ser un margen estratégico. En la nueva cartografía del poder global, incluso los territorios más fríos pueden convertirse en epicentros de tensión internacional.

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